Lían Miller vive su vida social como arquitecto, pero es solo una fachada, su mayor trabajo es asesinar personas porque debe pagar una deuda con su vida.
Pero todo da un giro cuando conoce a Daisy Wilson. Empieza a desafiar a su superior y encontrar el camino a la venganza para redimir su futuro.
¿Quién es Daisy?
¿Qué sucederá cuando se encuentren?
+ dark romance
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Capítulo 10: El Secuestro
El turno en urgencias estaba tranquilo, lo cual era raro. Normalmente a esta hora ya habíamos tenido al menos tres paros cardíacos y una intoxicación, pero hoy todo estaba en calma. Demasiado en calma. Eso me ponía nerviosa.
—Daisy, ve a revisar al paciente de la cama doce —me ordenó Cora desde la entrada—. Lleva dos horas con dolor abdominal y los análisis no muestran nada.
—Sí, doctora.
Tomé el expediente y me dirigí a la habitación. Pero antes de llegar, una mano me agarró del brazo y me jaló hacia un rincón vacío del pasillo.
—¿Qué...?
—Shh —una voz conocida me calló—. Soy yo.
Levanté la vista y me encontré con esos ojos grises que no podía olvidar. Lían. Estaba parado frente a mí, con una sonrisa ladina y el cabello despeinado.
—¿Lían? ¿Qué haces aquí? —pregunté confundida—. ¿Cómo entraste?
—Tengo mis formas —respondió—. Ven, te llevo a almorzar.
—¿Almorzar? ¡Estoy trabajando!
—Sé que estás trabajando. Pero necesito hablar contigo.
—No puedo, tengo pacientes. Además, Cora me mata si me voy ahora.
Lían sonrió, y esa sonrisa me hizo olvidar por un segundo dónde estaba.
—Mira, nadie te ha visto. Dame una hora. Solo una hora.
—Lían, en serio, no puedo...
—Daisy, por favor.
Su voz se volvió suave, casi un susurro. Sentí un cosquilleo en el estómago.
—¿De qué quieres hablar?
—De nosotros —dijo, y mi corazón dio un vuelco—. De lo que pasó esa noche.
—Esa noche solo te salvé la vida. No hay un nosotros.
—¿Estás segura?
Me miró fijamente. Sus ojos parecían perforarme el alma. Sentí que las mejillas me ardían.
—Mira, si quieres verme, podemos quedar después de mi turno. Pero ahora no...
—Ahora —insistió, y antes de que pudiera reaccionar, me tomó de la cintura y me levantó como si no pesara nada.
—¡Lían! —grité, pero me tapó la boca.
—Tranquila, nadie nos ve. No haré ruido.
Empecé a forcejear, pero era inútil. Era demasiado fuerte. Me llevó por el pasillo de servicio, esquivando a las enfermeras y a los pacientes, hasta que llegamos a la salida trasera del hospital.
—¿Estás loco? —le dije cuando me soltó—. ¡Me van a despedir!
—No te van a despedir. Solo faltarás una hora. Le dirás a Cora que te sentiste mal.
—¡Eso no es verdad!
—Pero podría serlo.
Me agarró de la mano y me llevó hasta una moto negra estacionada en la calle.
—Súbete.
—No pienso...
—Daisy —su tono cambió, se volvió serio—. Por favor. Confía en mí.
Algo en sus ojos me hizo dudar. Tal vez era la adrenalina. Tal vez era la atracción que sentía por él desde que lo vi desangrándose en mi casa. Tal vez era simple locura.
Pero me subí a la moto.
—
El viaje fue una mezcla de viento frío y calor corporal. Lían manejaba rápido, esquivando el tráfico, y yo tenía que agarrarme de su cintura para no caerme. Podía sentir sus músculos bajo la chaqueta de cuero. Su olor, mezcla de gasolina y algo más, me envolvía.
No hablamos durante el trayecto. Solo el rugido del motor y el latido acelerado de mi corazón.
Después de media hora, la ciudad desapareció y el paisaje se volvió boscoso. Lían tomó un camino de tierra y se detuvo frente a una pequeña cabaña de madera.
—¿Dónde estamos? —pregunté bajándome de la moto.
—En mi lugar secreto —respondió, apagando el motor—. Vengo aquí cuando necesito alejarme de todo.
—Es... acogedor.
—Pasa.
Entramos. La cabaña era sencilla: una sala con chimenea, una cocina pequeña, dos puertas que supuse eran habitaciones. Olía a madera y a tierra mojada.
—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté cruzando los brazos.
—Porque quería estar solo contigo. Sin hospital, sin pacientes, sin nadie que nos interrumpa.
—Lían, yo tengo que volver. Cora me va a matar.
—No te matará. Eres su mejor residente.
—Eso no es cierto...
—Lo es. Y aunque no lo fuera, no me importa. Hoy vas a quedarte conmigo.
Su voz era firme, pero su mirada era suave. Demasiado suave.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —pregunté.
—Todo —respondió—. Pero por ahora, solo quiero que cenes conmigo.
—¿Cenar? Lían, son las once de la mañana.
—Entonces almorzaremos.
—
Él se fue a la cocina y empezó a preparar algo. Yo me quedé en la sala, mirando el fuego de la chimenea. El lugar era silencioso, solo se escuchaba el crujir de la leña y sus pasos.
No entendía qué estaba pasando. ¿Por qué me había traído aquí? ¿Qué quería de mí? Desde que lo salvé, no había dejado de pensar en él. Pero esto era demasiado. Me había secuestrado prácticamente.
—¿Tienes hambre? —preguntó desde la cocina.
—Un poco —mentí. En realidad, estaba nerviosa.
—Pues siéntate. Ya casi está.
Me senté en la mesa. Él trajo dos platos con pasta y una botella de vino.
—¿Vino? ¿A mediodía?
—Hoy es un día especial —dijo sirviendo dos copas—. Es el día en que te tengo para mí solo.
—Lían...
—No digas nada. Solo come.
Comimos en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio cargado de tensión. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía un escalofrío.
—¿Por qué me miras así? —pregunté al final.
—Porque eres hermosa —respondió—. Y porque quiero volverte loca.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
Dejó los cubiertos y se inclinó hacia mí. Su cara estaba a centímetros de la mía. Podía sentir su respiración.
—Daisy, desde que me salvaste, no he podido dejar de pensar en ti. En tus manos tocándome. En tus ojos mirándome. En tu boca...
—Lían, para —dije, pero mi voz tembló.
—¿Para? ¿Segura que quieres que pare?
Su mano rozó mi mejilla. Cerré los ojos. Mi cuerpo pedía más, pero mi cabeza gritaba que huyera.
—Tienes que comer —dijo de repente, apartándose—. La pasta se enfría.
Se levantó y se llevó su plato a la cocina. Yo me quedé sentada, con el corazón a mil por hora. Maldito. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Maldita sea —susurré para mis adentros—. Maldito, maldito, maldito.
Respiré hondo e intenté calmarme. Pero era imposible. Sus palabras, sus ojos, su olor... todo me tenía atrapada.
Terminé de comer en silencio. Luego, sin mirarlo, le pedí:
—¿Dónde está el baño?
—Al fondo, a la izquierda.
Me levanté y fui al baño. Me miré en el espejo. Tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes. Parecía una adolescente enamorada.
—Cálmate, Daisy. Solo es un tipo que te salvó la vida... bueno, al revés. Pero no significa nada.
Mentira. Significaba todo.
—
Después de cenar, me dio una toalla y una muda de ropa.
—La habitación de invitados está ahí —dijo señalando la puerta de la izquierda—. Si quieres, puedes darte un baño.
—Gracias.
El baño era pequeño pero limpio. El agua caliente me relajó. Mientras me lavaba, pensaba en todo lo que había pasado. En cómo había terminado en una cabaña en medio de la nada con un asesino que me había secuestrado.
Pero no sentía miedo. Sentía emoción.
Me sequé y me puse la ropa que me había dado: una camiseta suya, enorme, y unos pantalones cortos. Olía a él.
Salí del baño y caminé hacia la habitación. La cama era cómoda, con sábanas frescas. Me acosté y miré el techo.
—Cora me va a matar —murmuré—. Cuando vuelva, me va a despedir.
Pero en el fondo, no me importaba. Por primera vez en mucho tiempo, estaba haciendo algo por mí. Algo que no tenía que ver con el hospital, con los pacientes, con las responsabilidades.
Estaba viviendo.
El sueño comenzó a vencerme. Mis párpados se cerraban. Justo antes de quedarme dormida, escuché un ruido. La puerta de la habitación se abrió lentamente.
No tenía fuerzas para abrir los ojos. Sentí que alguien se acercaba a la cama. La sábana se levantó y un cuerpo cálido se deslizó a mi lado.
—Lían... —susurré, casi dormida.
—Shh, duerme —respondió su voz.
Lo sentí desnudo contra mí. Su pecho rozó mi espalda. Pasó un brazo por mi cintura y me atrajo hacia él.
—¿Qué haces? —pregunté, la voz pastosa por el sueño.
—Dormir contigo.
Y sin más, apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó dormido.
Yo, atrapada entre sus brazos, no pude evitar sonreír. Maldito. Me tenía completamente envuelta.
Y lo peor de todo: no quería escaparme.
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Gracias escritora por tu excelente novela .
Que tus caminos sean abonado con muchos éxitos.❤️