Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 7
El aire en la mansión Rial siempre había sido denso, pero desde la aparición de Vincenzo, se había vuelto irrespirable. Isabella observaba a Arturo desde el otro lado del salón. Su prometido, el hombre que se jactaba de ser el futuro jefe, estaba bebiendo su tercer whisky con manos temblorosas. Arturo era el jefe oficial porque Vincenzo así lo había permitido; se había hecho a un lado años atrás para construir su propio imperio, una facción de la mafia tan oscura y eficiente que incluso su padre le temía.
Vincenzo no necesitaba el apellido Rial para ser poderoso. Él tenía su propio ejército, hombres que no seguían contratos, sino que le entregaban su lealtad por sangre. Se decía que su mafia era tan grande que podía hacer arrodillar a dos ciudades al mismo tiempo. Sin embargo, su desprecio por la burocracia familiar lo había mantenido alejado... hasta ahora.
Arturo lo sabía. Sabía que su posición era un castillo de naipes que Vincenzo podía soplar en cualquier momento. Si Vincenzo levantaba la mano y decía "quiero el trono de mi padre", sus padres no dudarían ni un segundo en quitarle todo a Arturo para dárselo al primogénito, al verdadero lobo.
—¿Por qué lo miras así, Arturo? —preguntó Isabella, acercándose a él con cautela—. Parece que hubieras visto a un fantasma.
—Es peor que un fantasma, Bella —masulló Arturo, sin mirarla—. Es el hombre que puede quitarnos el aire si se lo propone. Mi padre siempre dijo que yo era el cerebro, pero que Vincenzo... Vincenzo es el puño. Y el puño siempre termina rompiendo al cerebro.
Arturo intentaba convencerse de que era mejor no molestar a su hermano, dejarlo en sus sombras. Pero lo que Arturo no entendía era que el motor de Vincenzo ya se había encendido. Vincenzo ya no estaba de paso; la visión de Isabella, tan dulce y rota bajo el yugo de Arturo, había cambiado sus planes. Si para tenerla a ella debía reclamar la mafia de su padre y aplastar a su propio hermano, lo haría sin parpadear.
En ese momento, Vincenzo entró de nuevo en el salón, esta vez con una chaqueta de cuero que desentonaba con la elegancia del lugar, pero que acentuaba su aura de peligro. Se detuvo frente a un gran cuadro de su padre, el patriarca Rial.
—El viejo se está debilitando, ¿no crees, Arturo? —soltó Vincenzo, su voz retumbando como un trueno lejano.
Arturo dejó la copa sobre la mesa, el cristal chocando con un sonido seco.
—Él confía en mí, Vincenzo. He llevado los negocios con mano de hierro.
Vincenzo se giró lentamente, ignorando a su hermano para clavar sus ojos grises en Isabella. La recorrió con una lentitud pecaminosa, como si estuviera decidiendo por dónde empezar a devorarla.
—Has llevado los negocios como un contable, no como un líder. Un líder sabe proteger lo que es valioso. Y tú... tú estás dejando que esta joya se marchite.
Caminó hacia ellos, su figura alta y grandota proyectando una sombra que consumió por completo a Arturo. Se detuvo tan cerca de Isabella que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad de la casa.
—He cambiado de opinión sobre el retiro —susurró Vincenzo, y esta vez, sus palabras fueron una sentencia de muerte para las ambiciones de Arturo—. Me gusta lo que veo en esta casa. Tal vez sea hora de que el verdadero heredero tome lo que le pertenece por derecho de nacimiento.
Arturo retrocedió, el sudor frío perlaba su frente. Sabía que no era una amenaza vacía. Si Vincenzo decidía quedarse con la mafia de su padre por su "cuñada", no habría fuerza en la tierra capaz de detenerlo.
—Tú tienes tu propia gente, Vincenzo... no necesitas esto —alcanzó a decir Arturo con la voz quebrada.
Vincenzo se inclinó hacia Isabella, atrapando un mechón de su cabello entre sus dedos toscos y marcados por cicatrices de mil batallas.
—Antes no lo necesitaba. Pero ahora he encontrado una razón para quedarme. Y créeme, hermanito... soy muy posesivo con mis razones.
Isabella sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación oscura. Arturo la quería por contrato, pero Vincenzo... Vincenzo estaba dispuesto a quemar el mundo entero con tal de reclamarla como su caída, como su mundo. El miedo de Arturo era real, porque el depredador alfa finalmente había decidido que el trono de su padre era el lugar perfecto para sentar a su nueva reina.