En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 9. El Sonido de las Alarmas.
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La alarma resonó otra vez.
Grave. Metálica. Atravesando las piedras del castillo como un golpe de guerra.
Seraphine sintió el sonido vibrarle dentro del pecho.
Arriba, gritos distantes comenzaron a mezclarse con pasos apresurados y órdenes militares. Incluso desde las profundidades de la biblioteca subterránea podía sentirse el caos expandiéndose por la fortaleza.
Cassian reaccionó primero.
—Mierda.
Se volvió inmediatamente hacia la escalera.
Alaric, en cambio, permaneció inmóvil apenas un segundo más.
Sonriendo.
No ampliamente.
Peor.
Con esa expresión peligrosa que aparecía cada vez que algo impredecible ocurría.
Como si el desastre finalmente hiciera interesante al mundo.
—Parece que alguien decidió acelerar las cosas —murmuró.
—Esto no es un juego —dijo Cassian bruscamente.
—Nunca dije que lo fuera.
Corvus observó hacia arriba, inmóvil bajo la capucha.
Seraphine la estudió rápidamente.
No parecía sorprendida.
Eso la inquietó.
Mucho.
—¿Sabías que iba a pasar esto? —preguntó Seraphine.
Los ojos ocultos bajo la sombra de la capucha se dirigieron lentamente hacia ella.
—Sabía que el castillo ya estaba fracturándose.
No respondió la pregunta.
Otra vez.
Cassian ya comenzaba a subir las escaleras.
—Tenemos que salir de aquí ahora.
Alaric no se movió.
—Todavía no terminamos de hablar.
—No pienso discutir secretos familiares mientras el castillo entra en alerta.
—Yo sí.
Cassian giró violentamente hacia él.
La antorcha iluminó parcialmente su rostro agotado.
—¿Qué demonios te ocurre?
Alaric sostuvo su mirada con calma absoluta.
—Por primera vez en años está ocurriendo algo real dentro de esta familia.
Silencio.
Seraphine observó a ambos hermanos.
Y entendió algo incómodo: Cassian estaba cansado de sobrevivir.
Alaric estaba cansado de aburrirse.
Eso hacía al segundo mucho más peligroso.
Porque hombres aburridos con poder destruían cosas solo para sentir algo.
Otro sonido metálico resonó arriba.
Más cerca esta vez.
Gritos.
Seraphine tensó la mandíbula.
Aquello no era una simple intrusión.
Algo grave estaba ocurriendo.
—Si padre descubre este lugar antes que nosotros salgamos… —comenzó Cassian.
—Entonces tendrás que explicar por qué ocultabas secretos familiares —interrumpió Alaric.
Cassian dio un paso hacia él.
La tensión cambió de inmediato.
Más violenta.
Seraphine lo percibió enseguida.
Toda la frustración acumulada entre ambos estaba demasiado cerca de explotar.
—¿Crees que no entiendo lo que haces? —dijo Cassian en voz baja.
Alaric sonrió apenas.
—¿Respirar?
—Provocas caos esperando que eventualmente alguien te entregue poder entre los restos.
Eso hizo desaparecer la sonrisa.
Solo un poco.
Pero Seraphine lo vio.
Alaric avanzó también.
—Y tú pasas la vida obedeciendo esperando que padre finalmente te considere suficiente.
Silencio.
Pesado. Brutal.
Cassian no respondió.
Porque Alaric acababa de golpear exactamente donde dolía.
Seraphine sintió incomodidad inmediata.
Odiaba presenciar momentos sinceros en aquella familia.
Siempre parecían más violentos que los insultos.
Corvus observaba la escena sin intervenir.
Como alguien viendo patrones repetirse otra vez.
—Los dos hablan demasiado —dijo finalmente— y escuchan muy poco.
Alaric giró apenas hacia ella.
—Qué sabia.
—Más de lo que tú crees.
Otro grito atravesó el techo de piedra.
Esta vez claramente cercano.
Cassian maldijo entre dientes.
—Se acabó. Nos vamos.
Tomó a Seraphine del brazo antes de que pudiera reaccionar.
El contacto la sorprendió.
No fuerte. Pero urgente.
Protector.
Y eso la confundió más de lo que debería.
Cassian nunca actuaba impulsivamente.
Jamás.
—Vamos —dijo.
Ella lo siguió hacia las escaleras.
Alaric tardó apenas unos segundos más antes de avanzar detrás de ellos.
Pero Seraphine notó algo importante: antes de irse, él miró una vez más el nombre “Morvane” pintado sobre la pared.
Y sonrió apenas.
Mierda.
—
El corredor detrás de la capilla era un caos.
Guardias atravesaban los pasillos armados.
Sirvientes aterrados corrían cargando cofres o telas mientras órdenes contradictorias resonaban desde distintas direcciones.
El olor a humo comenzaba a extenderse lentamente por el aire.
Seraphine frunció el ceño.
¿Fuego?
Cassian soltó su brazo finalmente.
—¿Qué ocurre? —preguntó a uno de los soldados que pasaban.
—Incendio en el ala este, mi lord.
Eso tensó el ambiente inmediatamente.
El ala este.
Cerca de los archivos.
Alaric apareció detrás de ellos ajustándose los guantes negros.
—Qué conveniente.
Cassian lo ignoró.
—¿Cómo comenzó?
—No lo saben todavía.
Otro guardia apareció corriendo por el corredor.
—¡El duque ordenó cerrar las puertas interiores!
Cassian giró inmediatamente.
—¿Padre dónde está?
—En la sala principal.
Seraphine sintió un pequeño nudo en el estómago.
El duque ya estaría reorganizando el castillo entero.
Y si descubría la biblioteca subterránea…
No.
Cassian probablemente tenía razón. Necesitaban mantener aquello oculto.
Por ahora.
El problema era otro: Alaric también lo sabía ahora.
Y él no parecía particularmente interesado en proteger secretos.
La mirada de Seraphine se movió involuntariamente hacia él.
Alaric lo notó enseguida.
Siempre lo notaba todo.
—¿Te preocupa algo, hermana?
—Siempre que sonríes demasiado.
Él soltó una risa baja.
Cassian interrumpió antes de que siguieran.
—Escuchen con atención. Nadie menciona la biblioteca. Nadie menciona a esa mujer.
—¿Y si padre pregunta? —dijo Seraphine.
Cassian sostuvo su mirada.
—Entonces mentimos.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Demasiado natural.
Seraphine sintió algo incómodo en el pecho otra vez.
Cassian estaba acostumbrado a proteger secretos familiares.
¿Cuántos más existirían?
Alaric apoyó una mano sobre la pared de piedra.
—Mentirle a padre. Qué experiencia novedosa.
—¿Puedes dejar de actuar como un imbécil cinco minutos?
La frase salió de Cassian con agotamiento genuino.
Y por un segundo algo cambió.
Alaric dejó de sonreír.
Pequeño instante.
Pero real.
—No eres el único cansado aquí, hermano.
Silencio.
Seraphine los observó cuidadosamente.
Toda aquella familia parecía sostenida por tensión acumulada.
Como vidrio agrietado esperando romperse.
Y quizás eso ya estaba ocurriendo.
Un grupo de sirvientes pasó corriendo junto a ellos.
Uno de ellos tropezó y dejó caer una bandeja metálica que resonó brutalmente contra el suelo.
El hombre se puso pálido inmediatamente.
—P-perdón…
Nadie respondió.
El sirviente recogió las cosas temblando antes de desaparecer.
Seraphine sintió rechazo inmediato.
El miedo dentro del castillo era constante.
Normalizado.
Todos caminaban aterrados esperando cometer un error.
Y aun así los nobles seguían preguntándose por qué existían traiciones.
Porque personas desesperadas siempre terminaban traicionando algo.
—Voy con padre —dijo Cassian finalmente—. Ustedes no se separen.
Alaric arqueó una ceja.
—¿Acabas de darnos una orden conjunta? Qué adorable.
Cassian simplemente se marchó.
Rápido. Tenso.
Seraphine lo observó alejarse entre guardias y sombras.
Luego quedó sola con Alaric.
Mierda.
Él también parecía darse cuenta.
—Bueno —murmuró—. Esto será incómodo.
—Solo si hablas.
—Entonces será muy incómodo.
Comenzaron a caminar por el corredor principal mientras más soldados avanzaban hacia el ala este.
El olor a humo aumentaba lentamente.
Seraphine mantenía el rostro tranquilo, pero por dentro la mente seguía girando demasiado rápido.
Corvus. La biblioteca. Morvane. Las familias protegidas.
Y ahora un incendio.
Demasiadas piezas moviéndose al mismo tiempo.
Alaric rompió el silencio.
—No pareces sorprendida.
Seraphine lo miró apenas.
—¿Por el incendio?
—Por todo.
Mala pregunta.
Ella mantuvo el paso estable.
—Creo que crecer aquí vuelve difícil sorprenderse.
—No. —Alaric sonrió ligeramente—. Creo que escondes pensamientos constantemente.
Eso hizo que Seraphine lo mirara directamente.
Peligroso.
Muy peligroso.
Porque hombres como Alaric convertían curiosidad en obsesión.
—Todos en esta familia lo hacen.
—Sí. Pero tú eres mejor.
El comentario le produjo incomodidad inmediata.
No halago.
Evaluación.
Alaric observaba personas igual que otros hombres observaban armas.
Midiendo utilidad. Riesgo. Potencial.
Seraphine desvió la mirada hacia las ventanas altas del corredor.
La lluvia seguía golpeando el vidrio oscuro.
El castillo parecía más sombrío que nunca.
—¿Sabes qué creo? —dijo Alaric de repente.
Ella ya sospechaba que iba a decir algo desagradable.
—No especialmente.
Él ignoró el comentario.
—Creo que padre te subestimó demasiado tiempo.
Eso la hizo tensarse apenas.
—¿Y tú no?
Alaric soltó una risa baja.
—No después de hoy.
Silencio.
Mierda.
Él había empezado a conectar cosas.
No necesariamente la verdad completa.
Pero suficiente para volverse problema.
—Escuchaste a Corvus —dijo Seraphine cuidadosamente—. Esa mujer manipula información.
—Claro.
—Entonces quizá solo intentaba provocar división.
—También claro.
Alaric se detuvo frente a una ventana.
La lluvia gris recorría el cristal detrás de él.
—El problema, Seraphine, es que las mejores mentiras funcionan porque contienen algo verdadero.
El corazón de ella golpeó lento.
Una vez.
Alaric se acercó apenas.
No amenazante. Peor.
Interesado.
—¿Quién era realmente tu madre?
La pregunta cayó pesada.
Seraphine sostuvo su mirada.
Pensar rápido.
Siempre pensar rápido.
—Una concubina muerta.
—Respuesta aburrida.
—Pregunta aburrida.
Él sonrió apenas.
Pero sus ojos permanecían atentos.
Demasiado atentos.
—Nunca te pareció extraño que padre permitiera que conservaras esos ojos?
Eso hizo que el estómago de Seraphine se tensara.
Instinto inmediato: peligro.
Porque era verdad.
Los ojos rojos heredados de su madre siempre habían generado rumores.
En otros nobles habrían sido vistos como deformidad o mal presagio.
Pero el duque jamás permitió comentarios públicos.
¿Por qué?
Alaric continuó observándola.
Esperando reacción.
No la obtuvo.
Seraphine había aprendido desde niña que el silencio incomodaba más que las respuestas apresuradas.
Finalmente habló.
—Quizá porque padre entiende que la belleza también tiene utilidad política.
Eso hizo sonreír a Alaric otra vez.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La parte honesta.
Seraphine sintió irritación real esta vez.
Odiaba hablar con él.
Porque parecía disfrutar arrancando capas a las personas.
—Crees que todos son manipuladores porque tú lo eres.
Alaric inclinó apenas la cabeza.
—Y tú crees que aún puedes ser distinta.
La frase golpeó demasiado cerca.
Seraphine apartó la mirada inmediatamente.
No porque él tuviera razón completa.
Sino porque una parte sí la tenía.
Ella ya estaba cambiando.
Lo sabía.
Cada secreto ocultado resultaba más fácil que el anterior. Cada mentira más natural. Cada manipulación más útil.
Y eso la aterraba más de lo que admitiría jamás.
Un estruendo resonó desde el ala este.
Ambos giraron inmediatamente.
Un grupo de soldados comenzó a correr por las escaleras cercanas.
—¡Se extendió al segundo piso!
Maldiciones y órdenes llenaron el corredor.
Alaric frunció el ceño.
—Eso no parece accidental.
No.
No lo parecía.
Seraphine sintió otro pensamiento frío abrirse paso lentamente.
¿Y si el incendio era distracción?
¿Distracción para qué?
Entonces recordó algo horrible.
La biblioteca.
La entrada seguía abierta.
El mecanismo bajo la capilla.
Mierda.
Si alguien más la encontraba…
Alaric notó el cambio mínimo en su expresión.
Por supuesto que lo notó.
—Acabas de pensar algo importante.
Seraphine se obligó a mantener calma.
—Acabo de pensar que el castillo está ardiendo.
—No. Fue otra cosa.
Él dio un paso hacia ella.
La tensión volvió inmediatamente.
—Empiezo a creer que eres mucho más interesante de lo que aparentas.
Y eso era exactamente lo que Seraphine no quería.
Porque interés significaba observación. Observación significaba riesgo.
Y hombres como Alaric jamás abandonaban un misterio hasta destruirlo o poseerlo.
Antes de que pudiera responder, pasos rápidos resonaron acercándose.
Cassian apareció otra vez acompañado por dos guardias.
Su expresión era peor que antes.
Mucho peor.
—Padre quiere a toda la familia en el salón principal ahora.
Alaric arqueó una ceja.
—Eso nunca anuncia nada agradable.
Cassian ignoró el comentario.
Sus ojos pasaron rápidamente de Alaric a Seraphine.
Evaluando.
Asegurándose de algo.
Seraphine entendió inmediatamente: le preocupaba haberlos dejado solos.
Curioso.
Incómodo.
—¿Qué ocurrió? —preguntó ella.
Cassian tardó apenas un segundo en responder.
Pero fue suficiente para que el mal presentimiento creciera.
—Encontraron otro cuerpo.
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