Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Hola
Carlos se encontraba preparando un servicio para otro difunto. Uno más en una larga lista. Un hombre mayor, muerte natural. Rápido. Sin complicaciones. Pero aun así, el cuerpo le pesaba. Todo le pesaba estos días.
Sus manos se movían con oficio, pero su mente estaba en otro lugar. En ese policía de ojos verdes que aparecía cada cierto tiempo con excusas falsas y una sonrisa que no debería importarle. En el olor a cedro y pimienta que se quedaba pegados en su ropa después de cada visita. En la forma en que su corazón se aceleraba sin permiso cuando escuchaba esa voz grave diciendo "buenos días, Carlos".
Carlos.
Nadie lo llamaba por su nombre. Gabriel le decía "jefe". Los clientes "señor". Los muertos no le decían nada. Pero ese Alfa... ese Alfa había pronunciado su nombre como si fuera importante. Como si valiera algo.
Sacudió la cabeza. Tonterías. Estaba cansado. Llevaba días sin dormir bien.
Gabriel, desde la puerta de la sala, miraba la cara agotada de su jefe. Estaba bastante preocupado. Cada día al llegar en la mañana, su jefe ya estaba en el gimnasio del sótano, ejercitándose sin descanso. Las ojeras se le marcaban más profundas. Los gestos se le hacían más lentos. Y esa forma de hablar con los muertos, que antes era un susurro respetuoso, ahora parecía un réquiem.
Algo tiene que hacer, pensó Gabriel.
Recordó el pos-it amarillo. El número que le había dado a ese policía días atrás. El tal Darío. El que miraba a su jefe como si fuera un premio.
Ese tonto pidió el número, pero no ha hecho ningún movimiento.
Gabriel sacó su teléfono del bolsillo. Buscó el contacto. Darío Fuentes (el de la funeraria). Lo había guardado por si acaso. Por si su jefe se desmayaba. Por si algo malo pasaba.
Pero algo malo ya estaba pasando. Carlos se estaba apagando. Y nadie más parecía notarlo.
Respiró hondo. Presionó "llamar".
Un tono. Dos tonos. Tres.
—¿Hola? —la voz de Darío sonó al otro lado, con un dejo de confusión. No esperaba una llamada de un número desconocido.
—Soy Gabriel —dijo el muchacho, bajando la voz para que Carlos no lo escuchara desde la sala—. El auxiliar de la funeraria.
Silencio. Luego:
—¿Pasó algo? ¿Está bien Carlos?
Gabriel sonrió. Al menos preguntaba.
—No —respondió—. No está bien. Lleva días sin dormir. Está flaco. Se ejercita en el sótano a las seis de la mañana como si se estuviera castigando. Y habla solo con los muertos. Más de lo normal, digo.
—¿Y por qué me llamas a mí?
—Porque tú preguntaste por él. Porque le pediste su nombre. Porque tienes el número guardado y no has llamado. Y porque... —Gabriel dudó un segundo—. porque creo que mi jefe necesita a alguien que no sea yo. Alguien que lo mire como tú lo miras.
El silencio del otro lado se alargó. Gabriel pensó que había colgado.
—Estaré ahí en veinte minutos —dijo Darío al fin, con una voz que sonaba distinta. Más firme. Más decidida—. Pero no le digas que voy. Que sea... casualidad.
—Como quiera.
Gabriel colgó. Guardó el teléfono. Entró a la sala donde Carlos trabajaba.
—Jefe —dijo, con la voz más neutral que pudo—. Voy a preparar café. ¿Quiere?
—Sí —respondió Carlos, sin levantar la vista—. Gracias, Gabriel.
Gabriel salió. Fue a la cocina. Preparó dos tazas.
Una para su jefe.
Y otra para el policía que estaba por llegar.
---
Darío miró su teléfono con cara confusa después de colgar. Esa llamada lo había tomado desprevenido. Gabriel. El auxiliar. Llamándolo para decirle que Carlos no estaba bien.
Se quedó unos segundos en silencio, apoyado en su escritorio, procesando.
Lleva días sin dormir. Está flaco. Se ejercita en el sótano como si se estuviera castigando.
Lo que le dijo Gabriel era para tomarlo muy en serio.
Se puso de pie. Buscó a Marcos con la mirada. Estaba al fondo, revisando unos papeles.
—Oye —dijo, acercándose—. Necesito que me cubras una hora.
—¿Otra vez? —Marcos arqueó una ceja—. ¿Dónde vas?
—A la funeraria.
—¿Al embalsamador?
—Sí.
Marcos lo miró. Esa mirada de "ya sé algo que tú no me has dicho". Pero no preguntó. Solo sonrió.
—Una hamburguesa de esas de la esquina. La doble, con queso y tocineta.
—Hecho.
—Entonces anda. Pero date prisa. El jefe anda de mal humor.
Darío no necesitó que le dijeran más. Subió a su camioneta y arrancó. Iba de camino a la funeraria, pero no quería llegar con las manos vacías.
Al parar en un semáforo, se fijó en una pequeña pastelería. La reconoció al instante. Era de la que su hermano menor era fanático. Le encantaban los postres de allí. Siempre le pedía que le trajera cuando pasaba cerca.
Darío miró el semáforo. Luego la pastelería. Luego el reloj.
Entró.
Salió cinco minutos después con una caja pequeña, blanca, atada con un listón beige. No sabía qué le gustaba a Carlos. Pero pensó que algo dulce no podía hacer daño.
Llegó a la funeraria. La puerta estaba entreabierta. Entró sin hacer ruido.
Gabriel estaba en la recepción, ordenando unos papeles. Levantó la vista y sonrió al verlo.
—Llegó —dijo en voz baja.
—¿Dónde está? —preguntó Darío, también en susurros.
—En la cocina. Tomando café.
Darío sintió un pequeño alivio. Podría sentarse con él. Podría acompañarlo. Podría ofrecerle el postre.
—¿Le digo que llegó?
—No —respondió Darío—. Deja que sea sorpresa.
Gabriel asintió y volvió a sus papeles. Darío caminó por el pasillo hacia la cocina. La puerta estaba abierta.
Carlos estaba sentado en una pequeña mesa que había allí, pero de espaldas a la puerta. No se dio cuenta de que alguien entraba. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, una taza de café humeando entre sus manos. Estaba distraído. O cansado. O las dos cosas.
Darío tomó una silla de la esquina. La arrastró suavemente para no asustarlo. Se sentó frente a él. Con cuidado, puso la caja del postre cerca de la mano de Carlos, justo al lado de su taza.
Carlos levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Darío. Parpadeó. Confundido. Como si no supiera si era real o si el cansancio le estaba jugando una broma.
—Es para ti —dijo Darío, con una sonrisa de medio lado.
Esa sonrisa. La del hoyuelo en la mejilla izquierda. La que llevaba varios días rondando en la mente de Carlos. La que aparecía en sus sueños mezclada con el olor a cedro y pimienta.
Carlos miró la caja. Luego a Darío. Luego la caja otra vez.
—¿Qué es?
—Un postre. De esa pastelería que está en la carrera treinta. Mi hermano dice que son los mejores de la ciudad.
—¿Y por qué me traes un postre?
Darío se encogió de hombros. Como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Porque sí.
Carlos no respondió. Solo lo miró. Sus ojeras estaban más marcadas que la última vez. Sus mejillas, un poco más hundidas. Sus manos, alrededor de la taza, temblaban ligeramente.
Darío sintió un nudo en el pecho. Gabriel tenía razón. No estaba bien.
—A propósito —dijo Darío, rompiendo el silencio—. Hola.
Carlos parpadeó otra vez. Y entonces, algo ocurrió. Algo pequeño. Algo que ninguno de los dos esperaba.
Las comisuras de sus labios se levantaron. Solo un poco. Apenas un milímetro. Pero fue una sonrisa.
—Hola —respondió Carlos.
Su voz sonó más suave de lo que Darío recordaba.
Y la cocina, de repente, no se sintió tan fría.