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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: EL ECO DE LA SANGRE

El sexto día amaneció con un cielo cubierto de nubes grises que prometían lluvia pero no terminaban de decidirse. Alessandra lo sintió antes de abrir los ojos: la presión en el aire, la luz opaca que se filtraba por las cortinas, la forma en que las sombras se movían más lentas, como si también estuvieran esperando.

Se quedó un momento en la cama, escuchando. No el canto de los pájaros, no el viento en los árboles. Algo más profundo. Algo que venía de adentro.

Su sangre.

Desde que el sello se había debilitado, sentía cosas nuevas cada día. Pero esto era diferente. Era como si su cuerpo estuviera recordando algo que había olvidado hace mucho tiempo. Un latido que no era de su corazón. Un eco que venía de algún lugar que no podía nombrar.

Se levantó y se acercó a la ventana. El lago estaba quieto, casi negro bajo las nubes. El roble se alzaba en la orilla como un centinela, y junto a él, una figura.

Aeron.

Alessandra sintió que el corazón se le aceleraba. No era miedo. No era emoción. Era algo más antiguo. Algo que no sabía explicar.

Salió al jardín sin cambiarse, con el cabello aún suelto y los pies descalzos sobre la tierra fría. Las sombras la seguían, más densas que otros días, como si también sintieran algo en el aire.

Aeron estaba de espaldas a ella, mirando el lago. Cuando se acercó, se giró. En sus ojos dorados había algo que Alessandra no había visto antes. Alerta.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—No lo sé. Algo viene.

Alessandra sintió un escalofrío que no era del frío. Las sombras a sus pies se agitaron, inquietas.

—¿Algo malo?

—No lo sé. Pero algo ha cambiado. En el aire. En la tierra. En tu sangre.

—¿En mi sangre?

Aeron dio un paso hacia ella. Su mirada era intensa, como si estuviera viendo algo que ella no podía ver.

—El sello se está debilitando más rápido. Algo lo está acelerando.

—¿Eso es malo?

—No lo sé. Puede ser que tu magia esté despertando. Puede ser que algo la esté llamando.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Alessandra sintió que el corazón le latía con más fuerza, que las sombras se arremolinaban a su alrededor, que algo dentro de ella respondía a algo que no podía ver.

—¿Qué tipo de algo?

Aeron no respondió. Miró hacia el bosque que rodeaba la finca, hacia las montañas que se oscurecían bajo las nubes.

—Tendremos que averiguarlo.

El desayuno fue más silencioso de lo habitual. Fiorella no discutió con Clarissa. Sebastián no intentó mediar. Nicolás, que normalmente aparecía con alguna broma, estaba serio, con la mirada fija en la ventana que daba al bosque.

—¿Alguien va a decir qué pasa? —preguntó Fiorella después de un rato, dejando la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Sebastián y Nicolás intercambiaron una mirada. Clarissa puso una mano sobre el brazo de su prometido.

—Hay algo en el bosque —dijo Sebastián finalmente—. Algo que no debería estar ahí.

—¿Algo cómo qué? —preguntó Fiorella.

—No lo sabemos. Pero lo sentimos.

Alessandra sintió que las palabras de Sebastián tocaban algo dentro de ella. Algo que no sabía que estaba ahí.

—Yo también lo siento —dijo, y todas las miradas se volvieron hacia ella—. En la sangre. Como si algo me estuviera llamando.

Aeron, que estaba de pie junto a la ventana, se giró hacia ella.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana. Cuando desperté. Es como un eco. Algo que no puedo nombrar.

Clarissa y Fiorella intercambiaron una mirada. Luego, Clarissa se levantó de la mesa.

—Hay algo que tengo que mostrarles. Algo que encontré en el diario de la abuela.

La pequeña biblioteca parecía más oscura que otros días. Las sombras de Alessandra se adelantaron, como si quisieran iluminar el camino, y por un momento, las velas que decoraban la habitación se encendieron solas.

Fiorella soltó un grito ahogado.

—¿Eso fue tu magia? —preguntó Clarissa.

—No —respondió Alessandra, mirando sus propias manos—. No fui yo.

—Fueron las sombras —dijo Aeron, que había entrado detrás de ellas—. Son parte de ella. Cuando ella siente algo, ellas responden.

Clarissa asintió, como si eso tuviera sentido, y se acercó a uno de los estantes. Sacó un libro que no era el diario que Alessandra había estado leyendo. Era más pequeño, más antiguo, con una cubierta de cuero desgastado que apenas conservaba el color original.

—Esto es un registro de las brujas de nuestra línea —dijo Clarissa, abriendo el libro con cuidado—. La abuela lo escribió antes de irse. Aquí están todas. Desde la primera hasta nosotras.

Alessandra se acercó. Las páginas estaban llenas de nombres y fechas, de símbolos que no reconocía, de palabras en un idioma que parecía estar al borde de su entendimiento.

—Aquí —dijo Clarissa, señalando una página—. La primera. Nuestra tatarabuela. Dicen que fue ella quien hizo el pacto con los lobos. Quien prometió que una de sus descendientes rompería la maldición.

—¿Qué maldición? —preguntó Fiorella.

—La que separó a las brujas de los lobos. La que los convirtió en enemigos cuando antes eran aliados.

Alessandra pasó los dedos por las páginas. Sintió algo bajo la piel, una vibración, un eco. Las palabras parecían moverse, como si estuvieran vivas.

—La abuela escribió que la maldición no se rompe con magia —dijo Clarissa, mirando a Alessandra—. Se rompe con sangre. Con la sangre de la primogénita. Con tu sangre.

—¿Qué quiere decir con eso?

—No lo sé. Pero creo que lo que sientes en tu sangre… es la maldición. O lo que queda de ella.

Aeron, que estaba en la puerta, dio un paso adelante.

—Hay algo más. Algo que no les he contado.

Todas se giraron hacia él. En la penumbra de la biblioteca, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que Alessandra empezaba a conocer.

—La profecía que me dieron hace doscientos años no solo hablaba de mi compañera. Hablaba de una guerra. Una guerra que viene cuando la primogénita despierte. Una guerra entre los que quieren mantener la maldición y los que quieren romperla.

—¿Y quiénes son los que quieren mantenerla? —preguntó Fiorella.

—Los mismos que persiguieron a su abuela. Los mismos que pusieron el sello en Alessandra. Un aquelarre que ha esperado siglos para que la primogénita no despierte.

El silencio se hizo denso. Alessandra sintió que el corazón le latía con más fuerza, que las sombras a su alrededor se agitaban, que algo dentro de ella respondía a las palabras de Aeron.

—¿Y ahora? —preguntó, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. ¿Qué viene ahora?

Aeron la miró. En sus ojos había algo que Alessandra no había visto antes. Determinación.

—Ahora te preparamos. Porque si tu sangre está llamando, ellos van a venir.

El resto del día pasó en una niebla de preparativos que Alessandra no entendía del todo. Sebastián y Nicolás salieron a patrullar el bosque. Clarissa preparó algo que llamó “protecciones”, dibujando símbolos en las puertas y ventanas con un polvo plateado que brillaba en la penumbra. Fiorella, que no sabía qué hacer, se quedó en la cocina preparando comida que nadie tenía hambre de comer.

Alessandra se sentó en el jardín, junto al lago, con las sombras a sus pies y la mirada fija en el roble. El árbol parecía más grande que otros días, más imponente, como si también estuviera esperando algo.

Aeron se sentó a su lado sin hacer ruido.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—No. No sé lo que tengo.

—Eso es miedo.

Alessandra lo miró. En la luz gris de la tarde, sus ojos dorados parecían más humanos.

—¿Tú tienes miedo?

—Sí.

—¿De qué?

—De que vengan. De que te hagan daño. De que no pueda protegerte.

—Yo también puedo protegerme.

Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi triste.

—Lo sé. Pero igual me preocupo.

Alessandra sintió algo en el pecho. Ese calor otra vez. Ese calor que no era físico pero ardía igual.

—¿Qué sientes? —preguntó Aeron.

—No sé. Algo. Algo que no sé nombrar. Como si mi sangre estuviera cantando. Como si algo dentro de mí estuviera despertando.

Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos, con esa suavidad que Alessandra empezaba a necesitar como el aire.

—Esa es tu magia. Está despertando. El sello no puede contenerla mucho más.

—¿Y si no puedo controlarla?

—Vas a poder. Porque no estás sola.

Alessandra cerró los ojos. Sintió sus dedos en su mejilla, sintió las sombras moverse a su alrededor, sintió algo dentro de ella que se abría, que crecía, que la llenaba.

Cuando los abrió, el roble estaba brillando.

No era una luz normal. Era una luz dorada, como la de los ojos de Aeron, que brotaba de la corteza del árbol y se extendía por las ramas, por las raíces, por el suelo.

—¿Qué es eso? —susurró.

—Es el árbol —dijo Aeron, y su voz era grave, como si también estuviera viendo algo que no esperaba—. Está respondiendo a tu magia. Está despertando.

Alessandra se levantó sin pensarlo. Caminó hacia el árbol con pasos lentos, sintiendo la tierra bajo sus pies descalzos, sintiendo el latido que venía de la tierra, de las raíces, de algo que había estado dormido tanto tiempo como ella.

Puso las manos sobre la corteza. Estaba caliente. Viva. Y bajo sus dedos, sintió algo que no podía explicar. Una historia. Una memoria. Algo que había estado esperando.

“Por fin”, susurró una voz que no era humana, que no era el viento, que no era nada que hubiera escuchado antes. “Por fin llegaste.”

Alessandra apartó las manos, con el corazón latiendo con fuerza. Las sombras a su alrededor explotaron en un remolino de oscuridad, y la luz del árbol se intensificó, iluminando el lago, el jardín, la casa.

—¿Qué fue eso? —preguntó, girándose hacia Aeron.

Él estaba de pie, mirándola con una expresión que no había visto antes. Asombro.

—El árbol te reconoció. Te estaba esperando. Como yo.

—¿Por qué?

—Porque eres la primogénita. Porque tu sangre es la que puede romper la maldición. Porque sin ti, el árbol moriría. Y con él, todo lo que protege.

Alessandra miró sus manos. Todavía brillaban, apenas, con un resplandor dorado que se desvanecía lentamente.

—¿Qué se supone que haga?

—Lo que has estado haciendo. Aprender a sentir. Porque ese es el único camino. La maldición no se rompe con poder. Se rompe con corazón.

Esa noche, después de que la luz del árbol se apagara y las sombras volvieran a su lugar, Alessandra se sentó en la terraza con sus hermanas. El cielo estaba despejado, las estrellas brillaban, y la luna, casi llena, se reflejaba en el lago como un ojo que todo lo veía.

—Hoy pasó algo —dijo Fiorella, con una voz que intentaba ser casual pero no lo era—. Con el árbol. Con tu magia.

—Lo sé —respondió Alessandra.

—¿Cómo te sientes?

—Como si algo hubiera cambiado. Como si algo dentro de mí hubiera despertado del todo.

Clarissa tomó su mano.

—Eso es bueno.

—No sé. Da miedo. Sentir. Saber que hay algo allá afuera que me está buscando. Que quiere usar mi sangre para algo que no entiendo.

—No estás sola —dijo Fiorella, tomando su otra mano—. Estamos nosotras. Está él.

—¿Él?

—Aeron. Te mira como si fueras la única luz en la oscuridad. Nunca había visto a nadie mirar así a alguien.

Alessandra sintió que las mejillas se le calentaban.

—No sé si voy a poder ser lo que él necesita.

—No tienes que ser nada —dijo Clarissa—. Solo tienes que ser tú. La que siempre ha sido. La que nunca dejó de protegernos. La que se levantaba cada día aunque no tuviera ganas. La que nos quería aunque no supiera decirlo.

—¿Yo los quería?

—Siempre. Desde el primer día. Por eso nos protegías. Por eso nos cuidabas. Por eso te rompías en silencio para que nosotras no tuviéramos que hacerlo.

Alessandra sintió algo en los ojos. Algo que no había sentido en años. Lágrimas.

—No sé si puedo llorar —dijo, con la voz quebrada—. No sé si el sello me deja.

—No necesitas permiso —dijo Fiorella—. Solo tienes que dejar que salga.

Alessandra cerró los ojos. Las lágrimas que no había llorado en años, las que había reprimido, las que había enterrado, comenzaron a caer. No eran muchas. No eran un torrente. Eran unas pocas, calientes, que rodaron por sus mejillas y cayeron sobre sus manos.

Clarissa y Fiorella la abrazaron. No dijeron nada. No hacía falta.

Por primera vez en su vida, Alessandra Montenegro Valerius lloró.

Y no fue tristeza. Fue liberación.

Más tarde, cuando sus hermanas se fueron a dormir, Alessandra se quedó sola en la terraza. Las sombras descansaban a sus pies, quietas, como si también estuvieran cansadas después de un largo día.

Aeron apareció en la penumbra, como siempre, sin hacer ruido.

—¿Lloraste? —preguntó.

—Sí.

—¿Cómo te sientes?

—Más liviana.

Aeron se sentó a su lado. Dejó el espacio de siempre, esa distancia que ella empezaba a no querer.

—¿Sabes qué es lo más difícil de esperar doscientos años? —preguntó.

—¿Qué?

—No saber si valía la pena. No saber si la persona por la que esperabas existía. No saber si, cuando llegara, iba a querer quedarse.

—¿Y ahora lo sabes?

Aeron la miró. En la luz de la luna, sus ojos dorados parecían más suaves, más humanos.

—Ahora sé que valía la pena.

Alessandra sintió algo en el pecho. Ese calor otra vez. Ese calor que no era físico pero ardía.

—Hoy el árbol me habló —dijo.

—¿Qué te dijo?

—“Por fin llegaste”.

Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo.

—Eso es lo mismo que pensé cuando te vi.

—¿En el pasillo?

—En el pasillo.

Alessandra se quedó en silencio un momento. Las sombras a su alrededor se movían suavemente, como si estuvieran danzando.

—Ayer te pregunté por qué no me besabas —dijo.

—Lo recuerdo.

—Creo que ahora sé por qué no lo hiciste.

—¿Por qué?

—Porque no estaba lista. Porque necesitaba pasar por todo esto primero. Porque necesitaba saber quién soy antes de saber qué quiero.

—¿Y ahora lo sabes?

Alessandra se giró hacia él. En la luz de la luna, con sus ojos dorados mirándola como si ella fuera la única luz en la oscuridad, supo lo que quería.

—Ahora sí.

Se inclinó hacia él. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible. Pero Aeron lo vio. Lo sintió.

—¿Estás segura? —preguntó, con la voz ronca.

—Nunca he estado más segura de nada.

Aeron cerró los ojos. Por un momento, Alessandra pensó que iba a apartarse. Pero no lo hizo. Acercó su rostro al de ella, lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando sus labios se encontraron, Alessandra sintió que el mundo se detenía.

No fue fuego. No fue electricidad. Fue algo más profundo. Algo que había estado esperando veintiséis años para suceder.

Era como si todas las sombras que la habían acompañado toda la vida se hubieran convertido en luz. Como si el hielo que la había envuelto desde que tenía memoria se hubiera roto del todo. Como si, por primera vez, estuviera completa.

Aeron la sostuvo con una mano en la nuca, con la otra en su cintura, con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada. Alessandra sintió que su corazón latía al unísono con el de él, que su sangre cantaba, que algo dentro de ella se rompía para siempre.

Cuando se separaron, los dos estaban temblando.

—¿Eso fue real? —susurró Alessandra.

—Más real que nada en mi vida.

Alessandra apoyó la frente en su hombro. Las sombras a su alrededor estaban quietas, en paz. El lago reflejaba la luna, y el roble brillaba apenas, como si también estuviera celebrando.

—El sello —dijo ella, con la voz aún temblorosa—. Creo que se rompió.

Aeron la apartó apenas para mirarla. En sus ojos dorados había algo que no había visto nunca. No era la intensidad de siempre. No era la paciencia infinita. Era algo más.

Era el final de una espera de doscientos años.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Alessandra sonrió. Por primera vez, una sonrisa que no era calculada, que no era medida, que no era una máscara. Una sonrisa que venía de algún lugar que no sabía que existía.

—Como si por fin hubiera llegado a casa.

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