NovelToon NovelToon
Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 10

Camila

La rutina siempre vuelve.

Después de unos días de pausa, de silencio y de distancia necesaria, regresé a la empresa como lo había hecho tantas veces antes. Con paso firme, con la espalda recta, con esa seguridad que no se improvisa, que se aprende a fuerza de resistir.

Caminé por los pasillos saludando a quienes correspondía, revisando mentalmente la agenda del día. Ya no sentía las miradas clavarse en mí como antes. O, si lo hacían, no me afectaban.

Sabía quién era. Y sabía qué lugar ocupaba.

Fue entonces cuando lo vi.

Braulio venía en sentido contrario. Apenas me reconoció, redujo el paso.

Su expresión era distinta a la habitual. No había arrogancia, ni prisa. Había algo más… angustia, tal vez.

—Camila —me llamó.

Me detuve.

—¿Tienes un momento? —preguntó—. Necesito hablar contigo.

Dudé apenas unos segundos. No porque no quisiera escucharlo, sino porque aún quedaban restos de todo lo ocurrido. Aun así, asentí.

—Sí —respondí—. Vamos a mi oficina.

Caminamos en silencio. Al cerrar la puerta detrás de nosotros, Braulio se quedó de pie, inquieto, como si no supiera por dónde empezar. Se pasó una mano por el cabello y suspiró.

—Quería pedirte perdón —dijo finalmente—. Por cómo te hablé ese día. Por cuestionarte… y por meterme donde no debía.

Lo miré con atención, sin interrumpirlo.

—No estuvo bien —continuó—. Nada de lo que dije lo estuvo. Me dejé llevar por la frustración y descargué todo contigo.

Se sentó frente a mí.

—El proyecto de Tokio… —hizo una pausa—. Para mí era importante. Iba a ser el primer proyecto grande en el que tendría un rol relevante dentro de la empresa. Lo había planeado todo, lo había imaginado… y cuando se descartó, sentí que me quitaban algo que ya daba por seguro.

Bajó la mirada.

—Eso no justifica nada, lo sé. Pero quiero que entiendas de dónde vino mi reacción.

Guardé silencio unos segundos antes de responder.

—Aprecio que hayas venido —dije con calma—. No fue fácil lo que pasó, pero entiendo la frustración.

Levantó la vista, esperanzado.

—Te respeto, Camila —añadió—. De verdad. Crecimos juntos, compartimos historia, familia, sangre. Lo último que quiero es estar mal contigo.

Sentí cómo algo dentro de mí se aflojaba.

—Acepto tus disculpas —respondí—. Y espero que podamos dejar esto atrás.

Sonrió, aliviado. Se puso de pie y, tras un instante de duda, rodeó el escritorio y me abrazó.

 No fue un gesto largo ni incómodo. Fue sincero.

—Gracias —dijo—. De verdad.

Antes de irse, se detuvo en la puerta.

—Mi papá también vendrá a hablar contigo —añadió—. Solo dale un poco de tiempo. A él le cuesta más admitir cuando se equivoca.

Asentí.

—Lo entiendo.

Cuando Braulio salió, me quedé sola en la oficina, apoyando la espalda contra la silla.

Respiré hondo.

Por primera vez en días, sentí que las piezas comenzaban a acomodarse. No todo estaba resuelto, lo sabía. Pero al menos algo se había ordenado.

Volví a abrir la agenda y retomé el trabajo.

Por la noche, regresé a casa más temprano de lo habitual.

El día en la empresa había sido largo, pero distinto. Sentía una liviandad extraña, como si algo se hubiera acomodado por dentro después de hablar con Braulio. Estacioné, entré en silencio y dejé el bolso sobre la consola.

La casa estaba tranquila. Demasiado.

Caminé lento hacia el despacho de Nicolás para dejar mis cosas de trabajo.

Entonces, me percaté que sobre la mesa había una caja rectangular, pequeña, envuelta en papel oscuro, elegante. No era algo nuestro. No era algo que alguno de nosotros hubiera comprado. Y tampoco parecía algo casual.

Me detuve.

Durante unos segundos solo la miré.

—Ah, señora. Es usted. Creí que era el señor.

Tamara estaba en el umbral de la puerta.

—Buenas noches, Tamara. Regresé antes ¿Alvarito está dormido?

—Sí. Acabo de acostarlo.

—Bien —. Volví mi mirada a la pequeña caja. — Y ... ¿Esto?

—Dijeron que era para su esposo. Un mensajero la trajo esta tarde.

Solo asentí.

—Iré a preparar su cena, señora — dijo, dejándome a solas.

Me acerqué despacio observando la caja.

Al costado de ella había una tarjeta.

La tomé entre los dedos y la leí.

...Gracias por tu tiempo y por tu ayuda....

...Tus consejos fueron muy valiosos para mí....

...De verdad lo aprecio....

...Danna....

No decía más. No hacía falta.

Abrí la caja con cuidado. Chocolates finos, prolijamente acomodados. De esos que no se compran al pasar. De esos que se eligen.

Sentí una presión leve en el pecho.

No era enojo. Tampoco celos, al menos no en la forma en que siempre había entendido esa palabra. Era otra cosa. Una incomodidad silenciosa, persistente. Como si algo volviera a cruzar un límite que yo ya había intentado marcar.

Dejé la tapa apoyada a un lado.

Recordé la conversación del sábado. Mi tono calmo. Su “lo tendré en cuenta”. Su manera de no entender del todo.

No había nada incorrecto, objetivamente. Danna había sido agradecida. Nicolás había sido profesional. Todo era… correcto.

Y aun así.

Ese obsequio estaba ahí. En nuestra casa. Sobre su escritorio.

Respiré hondo.

Me repetí que no era para mí. Que no significaba nada más de lo que decía la nota. Que no debía exagerar.

Pero también sabía que no era una exageración sentirme así.

No se trataba de Danna.

Se trataba del espacio.

De los acuerdos.

De lo que yo necesitaba para sentirme tranquila.

Un rato después, llegó Nicolás.

Yo estaba en la sala, con mi laptop, viendo algunos vestidos en una tienda online.

—Buenas noches.

Saludó.

—Buenas noches — respondí, sin apartar la mirada de la pantalla.

Él apoyó su maletín en la mesa baja de la sala y se sentó en el sillón doble frente a mí.

Torcía su cuello de un lado a otro. Como alguien que busca relajarse elongando esa zona después de un largo día.

—Hay un paquete para ti. Está en tu despacho.

Se detuvo en seco.

—¿Un paquete?

Asentí.

—Al parecer Danna quiso ser agradecida contigo.

Mencioné mientras seguía con la mirada fija en mi laptop.

Él no dijo nada. Solo se quedó estático unos segundos, y luego fue hacia su despacho.

Levanté la vista para observar como se alejaba como su maletín.

Un poco después salió con la caja entre las manos. Fue hacia el comedor.

—Señora, la cena está lista.

Avisó Tamara y yo asentí.

Me ubiqué en la mesa.

Tamara comenzó a servir la cena. Nicolás y yo, en absoluto silencio.

—Tamara.

Él rompió el silencio.

—Puedes tomar esa caja de chocolates. Yo no los comeré.

Lo miré sorprendida.

—Está bien, señor. Se lo agradezco. Se los llevaré a mi sobrina. Se pondrá muy feliz, le encantan.

Ella sonrió agradecida mientras terminaba de servir.

—Ya puedes irte, Tamara. Gracias.

Le sonreí.

Ella asintió y su silueta pequeña desapareció hacia la cocina. No sin antes tomar la caja de chocolates.

—¿Ni siquiera vas a probarlos? — pregunté sin levantar la vista de mi plato.

—No están incluidos en la dieta que planificó mi nutricionista.

Dijo, llevándose un poco de verduras a la boca.

Solo asentí con una leve sonrisa.

De alguna manera, aquello me hizo sentir un extraño alivio.

—Hoy... Braulio se disculpó conmigo — comenté.

Me miró sorprendido.

—Bueno. Era lo mínimo que podía hacer después de haberte tratado como lo hizo.

Asentí.

—Valoro su gesto.

Él solo asintió.

Fue una charla extraña. Como si por parte de ambos cada palabra fuera pensada y medida con precisión antes de ser dicha.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play