Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
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El estrado de la tentación
Tras la salida de Marco, el despacho pareció quedarse en un silencio artificial, uno de esos vacíos cargados de electricidad que quedan tras una tormenta. Joana se obligó a sentarse, pero sus manos, usualmente firmes al redactar alegatos y recursos, temblaban imperceptiblemente sobre el teclado. El nombre de Marco D’Lorenzo no solo estaba ahora en su mente, sino que figuraba oficialmente en el organigrama del bufete, vinculado a su propia cuenta de correo y a sus casos más sensibles. Era una invasión en toda regla, una brecha en su sistema de seguridad que ninguna cláusula de confidencialidad podía reparar.
Esa noche, el sueño fue esquivo. Joana se encontró repasando las leyes del deseo frente a las leyes de la lógica. Se preguntaba cómo un joven de veintitrés años podía tener esa capacidad de desarmar a una mujer que había enfrentado a los fiscales más agresivos del país. Había algo en su audacia que no era arrogancia pura, sino una especie de certeza vital que ella había olvidado. La diferencia de edad, que en su mente racional funcionaba como un muro de contención, empezaba a sentirse más como una invitación a lo prohibido que como un impedimento real.
El jueves por la mañana, Joana decidió que la mejor defensa era un buen ataque profesional. Si Marco quería jugar en las grandes ligas del derecho, ella le daría el trabajo más arduo posible. Llegó a la oficina vestida con un traje sastre color borgoña, un tono que evocaba poder y determinación. Al cruzar el pasillo, lo vio de nuevo: él ya estaba allí, sentado en su nuevo escritorio, revisando una montaña de expedientes con una concentración que, por un segundo, la hizo detenerse a observarlo. La luz de la mañana resaltaba la línea de su mandíbula y la seriedad de su perfil. Marco no era solo una cara bonita; había una mente aguda trabajando detrás de esa fachada.
—Buenos días, Joana —dijo él sin levantar la vista, aunque una sonrisa ladeada delató que sabía perfectamente que ella estaba allí.
—A mi oficina, Marco. Ahora —respondió ella con la voz más gélida que pudo impostar.
Una vez dentro, ella le entregó una carpeta con el caso más denso de la firma: un litigio de propiedad intelectual que llevaba meses estancado.
—Si realmente eres tan bueno como dice el director, quiero un análisis detallado de la jurisprudencia de los últimos diez años para el lunes —sentenció ella, apoyando las manos sobre el escritorio de caoba—. Y quiero que te limites a los hechos, Marco. Nada de comentarios personales, nada de distracciones.
Marco tomó la carpeta, pero no se retiró. La miró fijamente, y por un momento, la abogada sintió que el estrado se invertía: era ella quien estaba siendo juzgada.
—Acepto el desafío, Joana —respondió él en un susurro—. Pero sabes que los hechos no lo son todo en un caso. A veces, lo que importa es la intención que hay detrás de las palabras. Y mi intención contigo sigue siendo la misma.
Durante el resto de la mañana, Joana intentó ignorar su presencia, pero era como intentar ignorar un incendio en la habitación contigua. A mediodía, se encontró con él en la sala de juntas durante una sesión de estrategia. Marco fue brillante. Sus intervenciones sobre la responsabilidad civil del cliente fueron precisas, audaces y aportaron una perspectiva fresca que incluso a los socios más antiguos dejó impresionados. Joana lo observaba con una mezcla de orgullo profesional y una inquietud creciente. Cada vez que él terminaba una frase, buscaba la mirada de ella, buscando una aprobación que Joana se negaba a darle públicamente, aunque por dentro sintiera que sus defensas cedían.
Al finalizar la reunión, mientras los demás salían, él se quedó un momento más.
—¿Te ha gustado mi análisis? —preguntó con esa naturalidad que la desarmaba.
—Ha sido... adecuado —respondió ella, recogiendo sus notas con rapidez.
—Sabes que ha sido mucho más que adecuado —replicó él, acercándose un paso—. No entiendo por qué te esfuerzas tanto en fingir que no te impresiono. ¿Es por tu esposo? ¿Por el miedo a que alguien vuelva a romper ese orden que tanto cuidas?
La mención de su pasado hizo que Joana se detuviera en seco. El dolor y la sorpresa se mezclaron en sus ojos.
—No tienes derecho a mencionar eso —dijo ella con un hilo de voz—. No me conoces.
—Te conozco más de lo que crees —dijo Marco, suavizando el tono—. Veo a la mujer que hay detrás de la abogada. Veo a alguien que tiene miedo de volver a sentir porque sabe que, si lo hace, será con una intensidad que no podrá controlar. Y eso es exactamente lo que me atrae de ti. Tu fuerza es tu escudo, pero también es tu prisión.
Joana sintió un nudo en la garganta. Nadie le había hablado así en años. Ni sus amigas, ni sus colegas, ni siquiera su familia. Marco había detectado la grieta en su armadura y estaba metiendo el dedo en ella sin piedad, pero con una ternura extraña que la hacía querer llorar y besarlo al mismo tiempo.
—Vete de aquí, Marco —ordenó ella, girándose para ocultar la humedad en sus ojos—. Tienes trabajo que hacer.
—Lo haré —respondió él, caminando hacia la puerta—. Pero recuerda que los mejores casos no se ganan con lógica, sino con pasión. Y tú y yo tenemos un caso pendiente que no se va a resolver con un simple archivo.
La tarde se deslizó entre la pesadez de los documentos y la constante conciencia de que él estaba a solo unos metros de distancia. Joana intentó llamar a su mejor amiga para distraerse, pero terminó hablando del "nuevo asociado" durante veinte minutos antes de darse cuenta de que estaba obsesionada con el tema. Su amiga, con la sabiduría que dan los años de confidencias, solo le dijo: "Joana, los muros están para protegerse, pero también tienen puertas. Quizás es hora de que revises quién tiene la llave".
Al caer la noche, Joana fue la última en irse, como siempre. Al pasar por el escritorio de Marco, vio que él seguía allí, con la luz de la lámpara de mesa iluminando su rostro cansado pero satisfecho. Tenía la camisa aún más desabotonada y el cabello revuelto. Por un segundo, la imagen de su esposo trabajando hasta tarde en la biblioteca de su casa se le vino a la mente, pero la sensación fue distinta. Con su esposo había paz; con Marco, había un incendio latente.
—¿Todavía aquí? —preguntó ella, sin poder evitar la curiosidad.
—He terminado el análisis de diez años —dijo él, entregándole un sobre—. Te dije que no te fallaría en lo profesional.
Joana tomó el sobre, rozando sus dedos con los de él. Fue un contacto de apenas un segundo, pero sintió una descarga eléctrica que le recorrió todo el brazo. Marco no retiró la mano de inmediato, permitiendo que la tensión creciera en el aire cargado de la oficina vacía.
—Buenas noches, Joana —dijo él finalmente, levantándose y recogiendo su chaqueta—. Intenta no soñar con leyes esta noche. Hay cosas mucho más interesantes que puedes soñar.
Ella lo vio alejarse por el pasillo, su figura recortada contra las luces de la ciudad que entraban por el gran ventanal. Joana se quedó allí, sola en el bufete, con el sobre en la mano y el corazón latiendo a un ritmo que ya no podía ignorar. Sabía que el lunes estaba lejos, pero que la batalla interna que libraba en su interior apenas estaba comenzando. La abogada que nunca perdía un juicio estaba a punto de enfrentarse al desafío más difícil de su vida: defenderse de sí misma y de la irresistible audacia de un joven llamado Marco D’Lorenzo.