Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8
Adriano
El silencio dentro del auto era insoportable.
Pesado.
Denso.
Como si el aire mismo se negara a moverse entre nosotros.
Lucio conducía sin decir una palabra.
Alina estaba junto a la ventana, mirando hacia afuera como si yo no existiera.
Y yo…
yo intentaba no pensar.
Pero el alcohol no hacía su trabajo.
No esa noche.
Porque, cada vez que cerraba los ojos, volvía a verla.
Su expresión.
El horror en su rostro cuando vio la marca.
Y no ayudaba en absoluto recordar lo que había pasado horas antes…
Cuando acompañé a mi madre al estacionamiento.
Me quité la chaqueta.
Me desabotoné la camisa buscando aire.
Y ella…
me miró igual.
Con ese mismo rechazo.
Con esa misma tristeza.
Había empezado a llorar, aferrándose a mí como si no supiera si abrazarme o alejarse.
—¿Por qué te hiciste eso? —repetía—. ¿Por qué te dejaste marcar así?
No supe qué responder.
Nunca lo sabía.
---
El estómago me dio un vuelco.
—Lucio… detén el auto.
Ambos me miraron.
—Me quedo aquí.
Alina frunció el ceño, sorprendida.
—¿Qué?
Me pasé una mano por el rostro.
—Me quedo en el este esta noche.
Lucio dudó.
—Señor Vassari, no creo que sea buena idea. Hoy la seguridad—
—A mí nadie se me acerca —lo interrumpí—. Huyen.
Silencio.
Alina giró completamente hacia mí.
—¿Me vas a dejar sola?
La miré por primera vez en todo el trayecto.
Directamente.
—Vas a estar segura. No te pasará nada.
Pausa.
—Mañana hablamos… con calma.
—No —respondió de inmediato—. No me parece.
Su tono ya no era contenido.
Era enojo.
Respiré hondo.
—No estoy en mis cinco sentidos, Alina.
—No es mi culpa que bebas como si no hubiera mañana.
Su respuesta fue rápida. Directa.
Y me atravesó más de lo que debería.
Cerré los ojos un segundo.
—Lucio… llévanos a la casa.
---
La mansión apareció ante nosotros como una sentencia.
Grande.
Impecable.
Vacía.
Perfecta para dos personas que no sabían qué hacer la una con la otra.
Pensé, con amargura, que al menos habría suficiente espacio para no matarnos.
---
Apenas el auto se detuvo, Alina bajó sin esperar ayuda.
Rápida.
Molesta.
La seguí con calma, aunque cada paso me pesaba más que el anterior.
Entramos.
La puerta se cerró.
Y entonces…
todo explotó.
—¿Qué se supone que significa esto? —su voz rompió el silencio—. ¿Así empieza todo? ¿Huyendo?
No dije nada.
La escuché.
—¿Sabes lo que ha sido esto para mí? —continuó—. ¿Sabes lo que sentí cuando te vi en ese altar?
Cada palabra era un golpe.
—Porque yo sí sé lo que sentí cuando vi esa marca en tu pecho —añadió—. Como si todo lo que viví contigo… hubiera sido una mentira.
Apreté la mandíbula.
Seguía sin interrumpirla.
—No sabes cuánto he llorado —su voz se quebró apenas—. No sé cómo manejar todo esto.
Se pasó una mano por el rostro, frustrada.
—Yo jamás pensé que…
Se detuvo.
La miré.
—¿Qué? —pregunté finalmente.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Que serías tú.
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Irrompible.
Di un paso hacia ella.
—Tú pudiste haberme dicho quién eras —respondí con voz baja—. Antes de huir.
Su expresión cambió.
—¿Decírtelo? —repitió—. ¿Cuándo? ¿Cuando me estaba enamorando de ti sin saber quién eras realmente?
Esa palabra.
Enamorando.
Golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.
—No lo sabías tú tampoco —añadió—. No puedes culparme.
Me acerqué un poco más.
—Pero huiste.
—Porque tenía miedo.
Su respuesta fue inmediata.
Real.
Demasiado real.
—De ti —añadió en voz más baja.
Eso… dolió.
Más de lo que esperaba.
—No soy lo que dicen.
Ella soltó una risa breve, amarga.
—¿No? Porque todo el mundo parece tener la misma versión de ti.
—Y tú me creíste a mí —respondí—. Hasta ayer.
Silencio.
Sus ojos bajaron un segundo.
Y luego volvieron a los míos.
—Porque contigo… eras distinto.
Ahí estaba.
El problema.
—Y ahora sabes quién soy —dije.
—Sí.
Pausa.
—Y no sé qué hacer con eso.
---
Nos quedamos así.
A pocos pasos.
Demasiado cerca.
Demasiado lejos.
La miré.
Realmente la miré.
Y ahí estaba otra vez…
esa contradicción.
El deseo.
La rabia.
La necesidad.
Todo mezclado.
Todo mal.
Di un paso más.
Ella no retrocedió.
Pero tampoco avanzó.
—Esto no cambia lo que pasó entre nosotros —murmuré.
Su respiración se alteró apenas.
—Lo cambia todo.
Pero no se movió.
No se alejó.
Mis manos se tensaron a los costados.
—Entonces dime que no significó nada.
Silencio.
Largo.
Peligroso.
—No puedo.
Ahí estaba.
La verdad.
Cruda.
---
Me acerqué lo suficiente para sentir su respiración.
—Yo tampoco.
Nuestros rostros a centímetros.
El mismo impulso.
El mismo error.
Pero esta vez…
sabíamos exactamente lo que estaba mal.
Y aun así…
nadie se movía.