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LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Magia / Mundo mágico / Acción / Espadas y magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Cristian David Leon

Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.

NovelToon tiene autorización de Cristian David Leon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UNA PELEA NATURAL

En el corazón del cuartel de los magos de la corte, un imponente bastión de piedra tallada con runas que brillaban tenuemente bajo la luz de las antorchas encantadas, la Profesora Jill esperaba con los brazos cruzados. El aire olía a pergamino antiguo y a ozono residual de hechizos recientes. Sus orejas élficas se movieron ligeramente al escuchar pasos familiares.

—Oye, Hitoka —llamó, su voz cortante pero cargada de alivio.

Hitoka, el mago de cabello azul plateado y mirada serena, acababa de cruzar el umbral. Su túnica estaba ligeramente desgastada por el viaje.

—Volviste —añadió Jill, casi como si necesitara confirmarlo en voz alta.

Hitoka inclinó la cabeza en saludo.

—Ah, Jill. Nuestra misión terminó, ¿ya te notificaron?

—Así es… —respondió ella, su expresión ensombreciéndose—. No puedo creer que Byron empezara a actuar ahora mismo.

Hitoka suspiró, compartiendo la incredulidad.

—Ni yo… El rey nos asignó a mí y a otros ocho para vigilar los alrededores.

Jill se enderezó de inmediato.

—Iré contigo.

—Lo siento —la interrumpió Hitoka con suavidad—, debes dar clases.

—Maldición… —masculló Jill. Su puño se estrelló contra la mesa cercana con un golpe seco que hizo vibrar los candelabros. Los pergaminos se deslizaron unos centímetros.

En ese preciso instante, el tañido grave de la campana resonó por todo el complejo: Ding dong… Ding dong… La señal inconfundible de que las clases estaban a punto de comenzar.

Mientras tanto, en uno de los salones amplios de la academia, los alumnos del curso avanzado se acomodaban en sus asientos. El segundo día de clases ya había empezado, pero el ambiente seguía siendo relajado, casi somnoliento.

Deila, con su cabello azul celeste y expresión fría, dejó escapar un suspiro.

—Segundo día de clases…

Blake, sentado a su lado con el cabello negro revuelto, bostezó sin disimulo.

—Tengo sueño…

Leónidas, el más entusiasta del grupo, se inclinó hacia adelante con los ojos brillando.

—Chicos, deben saber que esto es el primer paso para convertirse en los mejores.

Deila asintió con desgana.

—Lo sabemos. Pero nos esperan dos años más aparte de este.

Blake volvió a bostezar exageradamente, estirándose en su asiento. Algunos compañeros murmuraron algo ininteligible, medio dormidos.

De repente, un ruido fuera del salón llamó la atención de todos. Leónidas se levantó de un salto y abrió la puerta de golpe, solo para quedarse paralizado.

—¿Qué es todo ese escándalo? —preguntó, pero las palabras se le congelaron al ver quién estaba al otro lado.

Allí, con su túnica impecable y una sonrisa calmada, se encontraba el Director Bale.

—Justo a tiempo —dijo el director, entrando con paso firme.

Los alumnos se miraron entre sí, atónitos.

—¿El director? —susurró alguien.

Deila miró de inmediato a Blake con ojos acusadores.

—Ay no, ¿qué hiciste ahora, Blake?

Blake levantó las manos en defensa.

—No hice nada, tonta…

—¿Qué dijiste, tarado? —replicó Deila, ya inclinándose hacia él.

El Director Bale alzó una mano con autoridad.

—Basta.

Su voz cortó el aire como un hechizo de silencio. Luego, más calmado, continuó:

—Tomen asiento, por favor.

Blake y Deila obedecieron al instante, murmurando un “¡Sí!” casi sincronizado.

El director carraspeó.

—Hoy la profesora Jill se reportó enferma, por eso tendrán un profesor suplente. —Hizo un gesto hacia la puerta—. Adelante.

La puerta se abrió de nuevo y entró una mujer de presencia serena y elegante. Su cabello largo ondulaba con un brillo casi sobrenatural, y su túnica parecía tejida con hilos de luz tenue.

—Mucho gusto —dijo con voz suave pero firme—. Seré su profesora por este día. Pueden llamarme profesora Freya.

Los alumnos la observaron con curiosidad renovada. Freya sonrió levemente y tomó el lugar frente al grupo.

Pero la sorpresa mayor llegó cuando Deila la miró fijamente y murmuró:

—Esto no puede ser…

—¿Hermana? —preguntó alguien confundido.

Todos los alumnos de la clase se giraron hacia Deila, visiblemente desconcertados.

Freya inclinó la cabeza con calma.

—Soy hermana de una de sus compañeras… pero tranquilos. Ella no tendrá ventajas.

Deila se quedó en silencio, con expresión entre incrédula y molesta, mientras el resto de la clase intercambiaba miradas.

El Director Bale, satisfecho, se despidió.

—Bien, te dejo a cargo. Tengo que ir a resolver unas cosas.

—Muchas gracias, director —respondió Freya con una inclinación respetuosa.

Una vez solo ella con los alumnos, Freya cruzó las manos frente a sí.

—En la clase de hoy me dijeron que iban a practicar el control de su magia… Pero prefiero que aprendan primero la historia del reino. Abran la página once…

Leónidas y Blake se miraron con incredulidad.

—¿Qué? —susurraron al unísono.

Algunos alumnos dejaron escapar risitas bajas. Deila solo puso los ojos en blanco.

Mientras tanto, lejos del bullicio de la academia, en las afueras del reino, el aire se volvía pesado y cargado de mana oscuro.

Un soldado envuelto en una armadura negra y con una máscara que ocultaba su rostro observaba las murallas distantes de Grand Village.

—Así que este es el reino de Grand Village… —murmuró para sí mismo.

De las sombras surgió Hitoka, su presencia serena contrastando con la tensión del lugar.

—Estás muy lejos de tu líder, ¿no? —dijo Hitoka con calma.

El soldado oscuro giró lentamente hacia él.

—Hitoka… Número diez de los magos de la corte.

Hitoka esbozó una media sonrisa.

—No sabía que era famoso.

—Cállate… —gruñó el soldado, su mano ya sobre la empuñadura de su espada.

La tensión estalló en un instante. El soldado se lanzó hacia adelante con velocidad inhumana, blandiendo su arma envuelta en energía negra. Hitoka esquivó con gracia, invocando escudos de luz plateada que chocaron contra la oscuridad con chispas violentas.

La pelea se volvió feroz: golpes que partían el suelo, ráfagas de mana que iluminaban el bosque cercano y destrozaban árboles centenarios. El soldado oscuro era fuerte, rápido, pero Hitoka mantenía la ventaja con su precisión y control.

De pronto, una figura apareció corriendo desde el sendero: Jill, con el cabello blanco ondeando y los ojos encendidos de furia.

—¡Hitoka! —gritó.

El soldado oscuro maldijo entre dientes al verla. Jill alzó la mano y lanzó un hechizo de contención: cadenas de luz pura que se enroscaron alrededor del enemigo, intentando inmovilizarlo.

Pero el soldado era astuto. Con un estallido de energía oscura rompió las cadenas y retrocedió varios metros, aprovechando la distracción para abrir un portal sombrío.

—No termina aquí… —siseó antes de desaparecer en la grieta, que se cerró tras él con un chasquido.

Hitoka respiró hondo, bajando la guardia solo un poco.

Jill llegó a su lado, jadeando.

—¿Estás bien?

Hitoka asintió.

—Se escapó… Otra vez.

Ambos miraron hacia el punto donde el portal se había cerrado, sabiendo que el enemigo había vuelto a su guarida… y que Byron, el verdadero titiritero, seguía moviendo los hilos desde las sombras. La verdadera pelea apenas comenzaba.

1
Camila Surita
me encantaaa
Yolanda Leon
muy bueno, me encanta
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