Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Lo que no se dice
El bar estaba medio vacío, con luces bajas y música suave que no pedía atención. El tipo de lugar donde la gente iba a perderse un rato, no a encontrarse. Elegí una mesa al fondo, cerca de la ventana, con vista a la calle. Siempre me gustó saber por dónde salir.
Llegué antes que él.
No por ansiedad, me dije. Por control.
Pedí agua. Necesitaba la cabeza clara. Afuera, la ciudad seguía respirando con normalidad, como si no supiera que yo estaba a punto de enfrentar algo que llevaba meses evitando.
Cuando Adrián entró, lo sentí antes de verlo.
No fue dramatismo. Fue costumbre.
Se detuvo un segundo al localizarme y luego caminó hacia mí con esa calma suya que siempre escondía demasiadas cosas. Traje oscuro, camisa abierta en el cuello, la mirada más seria que en el evento.
—Gracias por venir —dijo, tomando asiento frente a mí.
—Gracias por invitar —respondí.
El mesero se acercó. Adrián pidió whisky. Yo me quedé con el agua. Observó mi elección, pero no comentó nada.
—¿Fue un día largo? —preguntó.
—Interesante —dije—. Supongo que el tuyo también.
Asintió.
—Encontré cosas que no me gustan.
El silencio se acomodó entre nosotros como si siempre hubiera estado ahí, esperando este momento.
—¿Sobre el trabajo? —pregunté, aunque ambos sabíamos que no hablaba de eso.
—Sobre el pasado —respondió—. Sobre alguien que creí haber enterrado.
Mis dedos se cerraron apenas alrededor del vaso. Nada visible. Nada delator.
—A veces el pasado no descansa —dije—. Solo aprende a esperar.
Me miró con intensidad.
—Eso mismo pienso yo.
Bebió un sorbo de su whisky y dejó el vaso en la mesa con cuidado, como si cada gesto estuviera medido. No parecía alterado. Eso me preocupó más que si lo estuviera.
—No te cité para interrogarte —continuó—. Ni para presionarte. Si aceptaste venir, fue tu decisión.
—Lo sé.
—Pero no puedo seguir fingiendo que no siento esto —dijo, señalando el espacio entre nosotros—. Que no me pasa nada cuando te miro. Que no me resulta familiar la forma en que te mueves, cómo eliges las palabras… cómo sostienes el silencio.
Tragué saliva.
—La familiaridad no siempre significa verdad —respondí—. A veces solo es proyección.
—O memoria —replicó.
Le sostuve la mirada. No había reproche en sus ojos. Ni exigencia. Solo una pregunta que no se atrevía a formular completa.
—Emilia —dijo despacio—. Si te pidiera que confíes en mí… ¿lo harías?
El mundo se encogió.
—Depende —respondí—. ¿Para qué?
—Para decirme si estoy loco —dijo—. O si de verdad hay algo que no encaja.
Apoyé la espalda contra la silla, obligándome a respirar. Había tantas respuestas posibles. Ninguna segura.
—No estás loco —dije al fin—. Pero tampoco tienes todas las piezas.
Sus labios se curvaron apenas, una sonrisa cansada.
—Eso ya es algo.
La música cambió. Afuera pasó un auto, reflejando luces en el cristal. Todo seguía igual… excepto nosotros.
—Isabella me invitó a almorzar hoy —añadí.
Su expresión se endureció.
—¿Y?
—Quiere acercarse —dije—. No por amistad.
—Ten cuidado —advirtió—. Cuando Isabella se acerca, nunca es sin intención.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué aceptas?
Lo miré directo.
—Porque a veces hay que dejar que crean que controlan la situación.
Sus ojos se oscurecieron. No de enojo. De entendimiento.
—Eres más peligrosa de lo que aparentas.
—Y tú más observador de lo que te conviene.
Nos miramos. Demasiado. La distancia entre nuestras manos se volvió tangible, eléctrica. No nos tocamos, pero el cuerpo lo pedía con una insistencia que dolía.
—No voy a besarte —dijo de pronto—. No así.
—Gracias —respondí, sincera—. Si lo hicieras, no sabría detenerme.
El silencio volvió, distinto. Más honesto.
—Sea lo que sea que estás cargando —dijo—, no tienes que hacerlo sola.
—A veces hacerlo sola es la única forma de sobrevivir.
—No esta vez —respondió.
Pagó la cuenta antes de que pudiera decir algo. Se levantó despacio.
—Te llevo —ofreció.
—No.
Asintió, respetando el límite.
—Entonces cuídate —dijo—. Y piensa en lo que no me dijiste hoy.
Lo vi alejarse y supe que algo había cambiado de forma irreversible.
Cuando salí del bar, la noche me recibió con aire frío. Caminé unas cuadras antes de sacar el teléfono.
Un mensaje nuevo.
Número desconocido: Sé que estuviste con Adrián. No juegues a dos bandos.
Isabella.
Guardé el teléfono sin responder.
Porque ya no se trataba solo de venganza.
Ni solo de amor.
Se trataba de resistir sin romperme…
el tiempo suficiente para que la verdad saliera a la luz.
Y cuando eso pasara,
nadie iba a estar preparado.