Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 11
Perspectiva de Dante
Hoy devolvía a Marcus.
Y con él se iba algo más que un niño: se iba el ruido de la casa, la risa inesperada, la excusa perfecta para no pensar demasiado. Marcus no era mío, pero durante esa semana había sido una responsabilidad enorme… y una distracción peligrosa.
Tobías había llegado antes de lo planeado. Lo agradecí. Vera no estaba en la casa y, por una vez, el destino tuvo algo de decencia. No quería que se cruzaran. No aquí. No ahora.
Llegó tarde. Por supuesto que llegó tarde.
Entró hecho una furia mal contenida, con esa energía pesada que llenaba los espacios aunque no hablara. Marcus corrió hacia él con una sonrisa torcida, pero Tobías lo levantó con demasiada fuerza. El niño hizo una mueca, apenas un gesto… suficiente.
—Vuelve a levantarlo así y te rompo la cara —dije, sin alzar la voz, pero con cada palabra cargada—. El niño no tiene la culpa de tus rabias estúpidas. Si no te lo vas a llevar con amor y cuidado, lo dejas.
Tobías me miró. Sus ojos decían muchas cosas, ninguna buena. Por un segundo pensé que iba a responder, a escupir alguna de sus frases venenosas, pero no lo hizo. Ajustó el agarre, más cuidadoso, más correcto.
No dijo nada.
Se fue.
Cerré la puerta detrás de ellos y la casa quedó en silencio. Ese silencio raro que no es paz, sino espera.
Algo no estaba bien.
No supe qué era hasta más tarde.
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Perspectiva de Vera
Empujé a Tobías con todas mis fuerzas.
—No me vuelvas a tocar en la vida —le dije—. No eres nadie. Basura.
Él dio un paso atrás, sorprendido más por mi tono que por el empujón. Me limpié la sangre con el dorso de la mano, subí a mi camioneta y cerré la puerta de un golpe.
Tenía tanta ira que, por un segundo, pensé en arrollarlo.
Apreté el volante. Respiré.
No iba a regalarle eso también.
Compré analgésicos y helado. Sabía que ayudaría a desinflamar el rostro. Cuando llegué a la finca, los empleados me miraron. Yo aún no me había visto en un espejo. No quise hacerlo.
Tomé mi caballo y salí.
Necesitaba aire. Agua. Algo que no me juzgara.
Llegué al río y ahí, por fin, el nudo en el pecho cedió. Quería llorar. Por haber confiado. Por no haber visto venir el golpe. Porque no era la primera vez… y eso dolía más que el impacto.
Me sentía débil. Y no quería que nadie me viera así.
Y, por supuesto, la persona que menos esperaba estaba ahí.
Dante.
Sentado sobre una piedra enorme, a la orilla del río.
Pensé en darme la vuelta, pero él me vio. Así que seguí caminando. No tan cerca. No tan lejos.
—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó.
Cerré los ojos.
Él bajó de la piedra con un salto.
—No es nada —dije, alejándome.
Me tomó de la mano.
—¿Tan mal está? —pregunté, sin mirarlo.
—Sí —respondió—. ¿Quién te hizo eso?
Su voz no estaba elevada. Estaba contenida. Y eso era peor.
—Fue Tobías —admití.
Dante apretó la mandíbula.
—Lo voy a matar.
—No debes hacer nada por mí.
—Esto está mal, Vera. Muy mal. ¿Cómo no quieres que me meta? Hizo algo imperdonable.
No supe qué decir. Me sentó con cuidado sobre una piedra.
—Es mejor volver a la casa —dijo—. Ponerte algo frío, tomar analgésicos.
—Ya hice eso.
Metió la mano en el agua y la apoyó con delicadeza sobre mi rostro. El contraste me arrancó un suspiro.
—Algo ayudará —murmuró.
—Gracias.
Su tacto era gentil. Casi reverente.
—Cambiando de tema —dije—, ¿qué hacías aquí?
Dante sacó una pequeña bolsa. Dentro había tierra negra… y pequeños puntos dorados que brillaban incluso con la luz opaca del atardecer.
—¿No…? —susurré.
—Sí. Parece que sí.
Lo miré, incrédula.
—Estaba por irme cuando llegaste.
Volvió a meter la mano en el agua y la apoyó en mi mejilla.
—Gracias —repetí.
Nos levantamos con cuidado.
—Mañana llevo esto a la ciudad —dijo—. Conseguí una cita.
—Voy contigo.
—Bien.
Me ayudó a caminar entre las rocas, sosteniéndome con firmeza.
Mientras avanzábamos, supe algo con claridad dolorosa:
Tobías no era solo un recuerdo.
Y lo que acababa de encontrar Dante… podía cambiarlo todo.