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La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15 – Diez minutos

El auto se detuvo frente a la casa como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. La familia Moya descendió poco a poco, primero el padre, luego la madre, y detrás de ellos los niños, uno tras otro, formando una fila desordenada pero completa. Diez en total, desde el más pequeño que apenas podía sostenerse, hasta la mayor, una niña de diez años que observaba todo con más atención que los demás. El cansancio era evidente en todos, no solo físico, sino algo más profundo, esa carga que dejan los problemas que no se resuelven, las deudas, las decisiones que no tenían otra opción.

—Es bonito… —dijo la madre en voz baja, más para convencerse que por otra cosa.

El padre asintió.

—Y barato.

Eso era lo único que realmente importaba.

No hicieron más preguntas.

No necesitaban hacerlo.

Desde las otras casas, los Oquendo, los Herrera y los Collen observaron. Nadie dijo nada, pero todos entendieron lo mismo. No podían evitarlo. Salieron. Saludaron. Sonrieron. Como si nada estuviera mal. Como si no supieran lo que iba a pasar.

El miedo era más fuerte que cualquier advertencia.

Los primeros tres días fueron tranquilos.

Demasiado.

La familia Moya descansó como no lo había hecho en mucho tiempo. Los niños dormían profundamente, sin interrupciones, sin pesadillas, sin llantos. La casa era silenciosa, cómoda, incluso acogedora. La oscuridad de las noches no incomodaba, al contrario, parecía protegerlos, envolverlos en una calma que no habían sentido en años.

—Aquí sí se puede vivir… —dijo el padre la tercera noche.

Y por un momento…

fue verdad.

Pero el cuarto día llegó.

En la casa de los Herrera, el cambio fue inmediato.

No hubo aviso.

No hubo transición.

Simplemente… empezó.

El hijo menor fue el primero en notarlo. Estaba sentado en la sala cuando vio algo en la esquina del techo, una forma que no encajaba con la sombra normal. Parpadeó, pensando que era su imaginación.

No desapareció.

Era una figura alargada, pegada al techo, con extremidades demasiado largas, dobladas en ángulos imposibles, como si no tuviera huesos normales. Su rostro… no estaba completo, solo una abertura oscura donde debería haber algo más.

—Mamá… —susurró.

La figura no se movió.

Pero estaba ahí.

En otra habitación, la hija mayor se detuvo frente al espejo.

Su reflejo… tardó en reaccionar.

Un segundo.

Dos.

Y luego se movió.

Pero no igual que ella.

Su sonrisa apareció antes de que ella la hiciera.

Lenta.

Demasiado lenta.

El padre escuchó pasos detrás de él en el pasillo.

Se giró.

Nadie.

Pero los pasos continuaron.

Y entonces…

todo ocurrió al mismo tiempo.

La figura del techo se deslizó lentamente, bajando sin hacer ruido, acercándose lo suficiente para que el niño pudiera sentir algo frío en la piel.

El reflejo en el espejo inclinó la cabeza de una forma imposible, manteniendo la sonrisa fija, observando a la niña como si la estuviera esperando.

En el pasillo, una sombra más oscura que la oscuridad misma avanzó, tomando forma de alguien que no estaba ahí antes, alto, sin rostro, con una presencia que no necesitaba definirse para ser entendida.

Duró diez minutos.

Solo diez.

Pero fueron suficientes.

El miedo no fue inmediato.

Fue creciendo.

Segundo a segundo.

Como si cada cosa estuviera diseñada para no atacar, sino para desgastar, para llenar cada rincón de la mente hasta que no quedara espacio para nada más.

El niño empezó a llorar.

No fuerte.

No desesperado.

Solo… constante.

La niña dejó de moverse frente al espejo.

No podía apartar la vista.

El padre retrocedió lentamente.

Sin saber hacia dónde.

Y entonces…

la sensación cambió.

No era solo miedo.

Era algo más.

Como si algo dentro de ellos se estuviera vaciando.

Lentamente.

Como si ese miedo estuviera siendo tomado.

Absorbido.

El padre cayó de rodillas primero.

No por dolor.

Sino por agotamiento.

La niña dejó de respirar con normalidad.

No por falta de aire.

Sino por algo más profundo.

El niño dejó de llorar.

No porque se calmara.

Sino porque ya no podía.

Y en el mismo instante…

todo desapareció.

Las figuras.

Las sombras.

Los sonidos.

Nada quedó.

Solo ellos.

En silencio.

Respirando con dificultad.

Sintiendo un vacío que no sabían explicar.

Pero que no era natural.

En las otras casas, nadie dijo nada.

Pero todos lo sintieron.

Como una presión que atravesó las paredes.

Como si algo hubiera tomado… lo que necesitaba.

Y en el bosque…

el fuego del caldero se agitó.

Como si respondiera.

Como si algo hubiera sido entregado.

Y en la oscuridad…

una voz suave.

satisfecha.

—Así está mejor.

Porque no era muerte lo que buscaban.

Era algo más lento.

Más preciso.

Más inevitable.

Y esos diez minutos…

eran solo el comienzo.

1
Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
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