Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 21
La clínica privada se sumergió en la penumbra de las tres de la mañana. Francisco, incapaz de conciliar el sueño en la suite de Andrea, salió al balcón del pasillo para dejar que el aire frío de la madrugada le despejara la mente. El eco de su bastón sobre el linóleo pulido era el único sonido que acompañaba sus pensamientos, que giraban obsesivamente en torno al pacto de esperanza que acababa de sellar con ella.
Sin embargo, el silencio se rompió antes de que pudiera llegar al final del corredor.
—Es conmovedor, de verdad. El gran León Valdivia, reducido a un guardián nocturno por una mujer que se desvanece —una voz arrastrada, cargada de una ironía venenosa, emergió de las sombras cerca del ascensor de servicio.
Francisco se detuvo en seco. Sus músculos se tensaron, y su mano apretó la empuñadura del bastón con tal fuerza que sus nudillos blanquearon. Reconocería ese tono en cualquier lugar: era Elias.
—¿Qué haces aquí, Elías? —preguntó Francisco, su voz resonando con una amenaza gélida—. Seguridad tiene órdenes de sacarte a rastras si te acercas a este piso.
—Seguridad siempre tiene un precio, Francisco. Y yo tengo una curiosidad que me quema la garganta —Elias caminó lentamente hacia él. Francisco podía sentir el desplazamiento del aire, el olor a tabaco caro y a envidia que desprendía aquel hombre—. He estado pensando en vuestro pequeño "milagro". Andrea está muriendo, eso ya lo sabes. Y tú, casualmente, vas a recuperar la vista en menos de setenta y dos horas.
Francisco dio un paso hacia él, ciego pero imponente, su presencia llenando el pasillo.
—Vete. No voy a permitir que ensucies este momento con tus delirios de grandeza.
—¿Delirios? —Elias soltó una carcajada seca que sonó como cristales rotos—. Francisco, eres un hombre de negocios, un estratega. Haz los cálculos. Andrea tiene un tipo de sangre rarísimo, AB negativo. El mismo que tú. Ella necesita un corazón que no llega, pero tú... tú ya tienes un donante de córneas listo para la cirugía de pasado mañana. ¿No te parece mucha coincidencia?
Francisco sintió un pinchazo de frío en la base del cráneo. La mención del tipo de sangre, un detalle que él apenas había procesado en medio del caos, se sintió como una descarga eléctrica.
—¿De qué estás hablando? —murmuró Francisco, su voz perdiendo parte de su firmeza.
—Hablo de la generosidad extrema de Andrea —dijo Elias, acercándose tanto que Francisco podía sentir su aliento—. ¿De dónde crees que salió el donante tan rápido, Francisco? ¿Quién crees que firmó los documentos de "donación dirigida" hace apenas una semana, cuando supo que su propio corazón estaba fallando sin remedio? Ella sabe que no llegará al trasplante. Así que ha decidido que, si ella se apaga, tú serás quien recupere la luz. Literalmente.
Francisco retrocedió, chocando contra la pared. El mundo, que ya era oscuro, pareció colapsar sobre él. La mente de Francisco, siempre lógica, siempre analítica, empezó a unir los puntos de forma aterradora: el apuro de Andrea por su cirugía, su insistencia en que él fuera la prioridad, los videos que grababa en secreto, las cartas de despedida que él había detectado pero no comprendido.
—No... ella no haría eso —susurró Francisco, pero la duda ya había echado raíces en su pecho, creciendo como una hiedra venenosa.
—¿Ah, no? Ella te ama con una desesperación patética, Valdivia. Prefiere morir siendo tus ojos que vivir siendo tu carga. Ella es el donante, Francisco. Tus nuevas córneas llevan el nombre de Andrea escrito en el tejido. Mientras tú celebras volver a ver, ella estará en una caja bajo tierra, satisfecha de haberte "salvado" una vez más.
Elias se alejó un paso, saboreando el caos que acababa de desatar.
—Piénsalo. ¿Por qué Rossi aceptó operar tan pronto? ¿Por qué Andrea no permite que nadie más que Méndez toque su historial? Porque están preparando el intercambio. Una vida por una vista. Es un trato brillante, ¿no crees? Muy al estilo de los Valdivia.
Francisco sintió que el suelo se inclinaba. La sospecha extrema se convirtió en una náusea física. Recordó el beso de Andrea en el salón, esa pasión amarga que sabía a despedida. Recordó su frase: "Quiero que recuperes tu vista. Necesito que vuelvas a ser el hombre que no necesita a nadie".
No era esperanza lo que ella le ofrecía; era un sacrificio final. Ella estaba planeando su propia muerte para que él pudiera dejar de ser un ciego.
—Si le has mentido, Elías, te juro que no verás el sol de mañana —rugió Francisco, pero su voz temblaba de puro terror.
—No necesito mentir. Solo mira los papeles de consentimiento que ella guarda en ese bolso que no suelta nunca —Elias dio media vuelta hacia el ascensor—. Disfruta de tu luz, Francisco. Espero que cada vez que te mires al espejo, veas el fantasma de la mujer que se mató para que pudieras admirar tu propio imperio.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Francisco se quedó solo en el pasillo. El silencio de la clínica se volvió insoportable, roto solo por el pitido distante del monitor de Andrea que llegaba desde la habitación.
Cada latido de ese monitor ahora le sonaba a una cuenta atrás macabra. Francisco empezó a caminar hacia la habitación, pero sus pies pesaban como si estuvieran hechos de plomo. La sospecha extrema lo consumía. ¿Era posible que ella fuera tan noble, o tan cruel, como para regalarle la vista a cambio de su ausencia definitiva?
Entró en la suite sin hacer ruido. El aroma a vainilla y medicina lo golpeó. Andrea dormía, su respiración era un silbido tenue. Francisco se acercó al sofá donde ella había dejado su bolso negro. Sus manos temblaban mientras buscaba el cierre. No buscaba medicinas esta vez; buscaba la prueba del sacrificio.
Sus dedos tocaron un sobre doblado en el compartimento secreto. Al tacto, sintió el sello oficial del registro de donantes. Francisco cerró los ojos, apretando el papel contra su pecho. La furia y el dolor se mezclaron en una tormenta que amenazaba con destruir su cordura.
—¿Cómo te atreves, Andrea? —susurró hacia la cama, con las lágrimas rodando por su rostro nublado—. ¿Cómo te atreves a darme ojos para que vea un mundo donde tú no existes?
La sospecha ya no era una posibilidad; era una certeza devastadora. Francisco se dio cuenta de que el pacto de "operarse juntos" era la mentira más piadosa que ella le había contado. Mientras él soñaba con recorrer el mundo a su lado, ella estaba firmando su propia sentencia para que él pudiera verlo solo. El León había recuperado su garra, pero ahora sentía que esa garra estaba a punto de arrancarle el alma al descubrir que el precio de su luz era la oscuridad eterna de la mujer que amaba.
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