NovelToon NovelToon
Mi Amor El Guachimán

Mi Amor El Guachimán

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:720
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: Entre polas y miradas

Narra Ángel Pacheco

Cuando nos estábamos acomodando mi familia y yo en el apartamento nuevo, Gregorio apareció en la puerta del cuarto con esa sonrisa fastidiosa de siempre.

—Ajá, parcero… vamos a parchar, vamos por unas polas.

Yo lo miré cansado.

—Oiga, usted sí es borracho. Recién llegué y ya quieres ir a beber.

Gregorio soltó una carcajada.

—Nojoda, tampoco así. Vamos a despejar la mente.

—Usted lo que quiere es emborracharme.

Él me señaló riéndose.

—Vamos, no seas aguafiestas.

Yo terminé soltando una sonrisa.

—Dale, vamos pues.

Me levanté y fui donde mi mamá.

—Viejita, ya vengo sí.

Ella levantó la mirada enseguida.

—¿Dónde vas, hijo?

—Voy por unas polas con Gregory.

Mi mamá suspiró.

—Ay Ángel, no demore sí.

—Tranquila, ma.

Gregorio gritó desde la puerta:

—¡Yo lo cuido!

Mi mamá se rio un poquito.

—Más bien cuídense ustedes mismos.

Salimos caminando por Barranquilla mientras hablábamos tonterías como antes en Santa Marta. El calor seguía pegando duro aunque ya era de noche. Había música por todos lados y gente riéndose en las calles.

Llegamos a una discoteca bastante llena.

La música sonaba fuerte, las luces se movían por todas partes y el ambiente estaba prendido.

Nos sentamos en una mesa.

—Dos polas bien frías —pidió Gregorio.

Empezamos a tomar y hablar de todo un poco. Yo ya me sentía más relajado después de varias cervezas.

Hasta que noté algo raro.

Gregorio estaba mirando hacia un lado como bobo.

Le pegué suave en el brazo.

—Ehh, ¿qué le pasa?

Él medio reaccionó.

—¿Qué?

—¿Por qué mira así?

Gregorio señaló discretamente.

Miré hacia donde él veía y vi a una muchacha hermosa. Cabello castaño claro, ojos verdes claritos y una cara elegante. Estaba sentada con otra chica que llevaba un vestido morado ajustado.

—La conocí trabajando de guachimán —me dijo Gregorio.

Yo abrí los ojos.

—¿A la ojiverde?

—Sí.

Yo me reí.

—Ay parcero, ¿y qué? ¿Va a quedarse mirando toda la noche o qué? Vaya y sáquela a bailar.

Gregorio tomó otro trago.

—Sabes que no puedo bailar por mi papá… y mi mujer.

Yo entendí enseguida lo que quería decir.

Todavía sentía culpa.

Yo suspiré.

—Ah parcero… usted va a guardar duelo toda la vida o qué. Ellos ya no ven eso.

Gregorio me miró serio.

—¿A usted no le importa su hermano entonces?

Eso me dejó callado un segundo.

Claro que me importaba.

Todos los días.

Pero también sabía que si uno deja de vivir… termina muriéndose en vida.

Así que le respondí:

—Claro que me importa. Pero no voy a guardar duelo eternamente. Vamos… yo saco a bailar a la morado.

Gregorio soltó una pequeña risa.

—Nojoda.

—Vamos pues.

Nos levantamos y caminamos hasta donde estaban ellas.

La del vestido morado fue la primera en hablar.

—Ajá… ¿y ustedes qué quieren?

Yo sonreí.

—Venimos pacíficamente.

Ella soltó una risa.

Gregorio habló nervioso mirando a la de ojos verdes.

—¿Les gustaría bailar?

La morada levantó una ceja.

—¿Y ustedes sí bailan bueno?

Yo me llevé la mano al pecho.

—Ofendida mi cultura costeña.

Eso hizo que las dos se rieran.

La ojiverde habló suave.

—Está bien.

Y nos fuimos a la pista.

La música estaba fuerte y el ambiente cada vez más prendido. Empezamos a bailar y poco a poco todos nos relajamos.

Yo empecé a hablar con la de morado.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

Ella me miró sonriendo.

—Me llamo Sabrina… ¿y usted?

—Me llamo Ángel.

Ella abrió un poquito los ojos.

—Uy, qué lindo nombre.

Yo me reí.

—Gracias.

Seguimos bailando mientras hablábamos.

—¿Y usted también es de Barranquilla? —pregunté.

—Sí, papi. Barranquillera full.

—Con razón habla así de rápido.

Ella soltó una carcajada.

—¿Y usted sí es de Santa Marta?

—Sí señora.

—Se le nota demasiado el acento.

—¿Tan grave es?

Ella seguía riéndose.

—Un poquito.

La música cambió a otra más suave.

Yo la miré mejor.

Tenía el cabello oscuro brillante, maquillaje bonito y olía demasiado rico.

—¿Y usted ama demasiado el morado o qué? —pregunté viendo su vestido.

Ella sonrió orgullosa.

—Demasiado. Mi cuarto es morado, mi teléfono es morado, casi toda mi ropa también.

—Nojoda, usted sí está traumada.

Ella me pegó suave en el brazo.

—Respete.

Yo me reí.

Mientras hablábamos, miré un momento hacia Gregorio y Katrina. Los dos hablaban bajito mientras bailaban y Gregorio parecía perdido mirándola.

Sabrina también los vio.

—Tu amigo está tragado.

Yo sonreí.

—Sí… y bastante.

Ella miró a Katrina divertida.

—Mi amiga también anda rara últimamente.

Yo levanté una ceja.

—¿Ah sí?

—Mjm.

Seguimos hablando como si nos conociéramos desde hace rato.

Y no sé por qué…

pero me sentía cómodo con ella.

Cómodo de verdad.

Después de un rato regresamos a la mesa porque ya estábamos cansados de bailar.

Sabrina tomó un poquito de su cerveza y me miró sonriendo.

—Me caíste bien, samario.

Yo sonreí también.

—Usted también me cayó bien.

Hubo un silencio pequeño.

Y ahí fue cuando pensé:

“Si no le pido el número ahora, soy un bruto.”

Así que respiré profundo.

—Oye… ¿te puedo pedir el número?

Ella levantó una ceja jugando.

—¿Tan rápido?

Yo me reí nervioso.

—Bueno… pa’ seguir molestándola después.

Ella soltó una pequeña risa.

—Está bien.

Agarró mi celular y empezó a guardar su contacto.

Mientras escribía, yo sonreía como bobo.

Después me devolvió el teléfono.

—Listo.

Miré la pantalla.

“Sabrina 💜”

Yo levanté la mirada.

—¿El corazón morado era obligatorio?

Ella sonrió divertida.

—Obvio.

Y en ese momento entendí que tal vez…

Barranquilla no había llegado solo con tristeza a mi vida.

Narra Ángel Pacheco

Cuando nos estábamos acomodando mi familia y yo en el apartamento nuevo, Gregorio apareció en la puerta del cuarto con esa sonrisa fastidiosa de siempre.

—Ajá, parcero… vamos a parchar, vamos por unas polas.

Yo lo miré cansado.

—Oiga, usted sí es borracho. Recién llegué y ya quieres ir a beber.

Gregorio soltó una carcajada.

—Nojoda, tampoco así. Vamos a despejar la mente.

—Usted lo que quiere es emborracharme.

Él me señaló riéndose.

—Vamos, no seas aguafiestas.

Yo terminé soltando una sonrisa.

—Dale, vamos pues.

Me levanté y fui donde mi mamá.

—Viejita, ya vengo sí.

Ella levantó la mirada enseguida.

—¿Dónde vas, hijo?

—Voy por unas polas con Gregory.

Mi mamá suspiró.

—Ay Ángel, no demore sí.

—Tranquila, ma.

Gregorio gritó desde la puerta:

—¡Yo lo cuido!

Mi mamá se rio un poquito.

—Más bien cuídense ustedes mismos.

Salimos caminando por Barranquilla mientras hablábamos tonterías como antes en Santa Marta. El calor seguía pegando duro aunque ya era de noche. Había música por todos lados y gente riéndose en las calles.

Llegamos a una discoteca bastante llena.

La música sonaba fuerte, las luces se movían por todas partes y el ambiente estaba prendido.

Nos sentamos en una mesa.

—Dos polas bien frías —pidió Gregorio.

Empezamos a tomar y hablar de todo un poco. Yo ya me sentía más relajado después de varias cervezas.

Hasta que noté algo raro.

Gregorio estaba mirando hacia un lado como bobo.

Le pegué suave en el brazo.

—Ehh, ¿qué le pasa?

Él medio reaccionó.

—¿Qué?

—¿Por qué mira así?

Gregorio señaló discretamente.

Miré hacia donde él veía y vi a una muchacha hermosa. Cabello castaño claro, ojos verdes claritos y una cara elegante. Estaba sentada con otra chica que llevaba un vestido morado ajustado.

—La conocí trabajando de guachimán —me dijo Gregorio.

Yo abrí los ojos.

—¿A la ojiverde?

—Sí.

Yo me reí.

—Ay parcero, ¿y qué? ¿Va a quedarse mirando toda la noche o qué? Vaya y sáquela a bailar.

Gregorio tomó otro trago.

—Sabes que no puedo bailar por mi papá… y mi mujer.

Yo entendí enseguida lo que quería decir.

Todavía sentía culpa.

Yo suspiré.

—Ah parcero… usted va a guardar duelo toda la vida o qué. Ellos ya no ven eso.

Gregorio me miró serio.

—¿A usted no le importa su hermano entonces?

Eso me dejó callado un segundo.

Claro que me importaba.

Todos los días.

Pero también sabía que si uno deja de vivir… termina muriéndose en vida.

Así que le respondí:

—Claro que me importa. Pero no voy a guardar duelo eternamente. Vamos… yo saco a bailar a la morado.

Gregorio soltó una pequeña risa.

—Nojoda.

—Vamos pues.

Nos levantamos y caminamos hasta donde estaban ellas.

La del vestido morado fue la primera en hablar.

—Ajá… ¿y ustedes qué quieren?

Yo sonreí.

—Venimos pacíficamente.

Ella soltó una risa.

Gregorio habló nervioso mirando a la de ojos verdes.

—¿Les gustaría bailar?

La morada levantó una ceja.

—¿Y ustedes sí bailan bueno?

Yo me llevé la mano al pecho.

—Ofendida mi cultura costeña.

Eso hizo que las dos se rieran.

La ojiverde habló suave.

—Está bien.

Y nos fuimos a la pista.

La música estaba fuerte y el ambiente cada vez más prendido. Empezamos a bailar y poco a poco todos nos relajamos.

Yo empecé a hablar con la de morado.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

Ella me miró sonriendo.

—Me llamo Sabrina… ¿y usted?

—Me llamo Ángel.

Ella abrió un poquito los ojos.

—Uy, qué lindo nombre.

Yo me reí.

—Gracias.

Seguimos bailando mientras hablábamos.

—¿Y usted también es de Barranquilla? —pregunté.

—Sí, papi. Barranquillera full.

—Con razón habla así de rápido.

Ella soltó una carcajada.

—¿Y usted sí es de Santa Marta?

—Sí señora.

—Se le nota demasiado el acento.

—¿Tan grave es?

Ella seguía riéndose.

—Un poquito.

La música cambió a otra más suave.

Yo la miré mejor.

Tenía el cabello oscuro brillante, maquillaje bonito y olía demasiado rico.

—¿Y usted ama demasiado el morado o qué? —pregunté viendo su vestido.

Ella sonrió orgullosa.

—Demasiado. Mi cuarto es morado, mi teléfono es morado, casi toda mi ropa también.

—Nojoda, usted sí está traumada.

Ella me pegó suave en el brazo.

—Respete.

Yo me reí.

Mientras hablábamos, miré un momento hacia Gregorio y Katrina. Los dos hablaban bajito mientras bailaban y Gregorio parecía perdido mirándola.

Sabrina también los vio.

—Tu amigo está tragado.

Yo sonreí.

—Sí… y bastante.

Ella miró a Katrina divertida.

—Mi amiga también anda rara últimamente.

Yo levanté una ceja.

—¿Ah sí?

—Mjm.

Seguimos hablando como si nos conociéramos desde hace rato.

Y no sé por qué…

pero me sentía cómodo con ella.

Cómodo de verdad.

Después de un rato regresamos a la mesa porque ya estábamos cansados de bailar.

Sabrina tomó un poquito de su cerveza y me miró sonriendo.

—Me caíste bien, samario.

Yo sonreí también.

—Usted también me cayó bien.

Hubo un silencio pequeño.

Y ahí fue cuando pensé:

“Si no le pido el número ahora, soy un bruto.”

Así que respiré profundo.

—Oye… ¿te puedo pedir el número?

Ella levantó una ceja jugando.

—¿Tan rápido?

Yo me reí nervioso.

—Bueno… pa’ seguir molestándola después.

Ella soltó una pequeña risa.

—Está bien.

Agarró mi celular y empezó a guardar su contacto.

Mientras escribía, yo sonreía como bobo.

Después me devolvió el teléfono.

—Listo.

Miré la pantalla.

“Sabrina 💜”

Yo levanté la mirada.

—¿El corazón morado era obligatorio?

Ella sonrió divertida.

—Obvio.

Y en ese momento entendí que tal vez…

Barranquilla no había llegado solo con tristeza a mi vida.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play