El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.
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CAPITULO 16
(Narrado por Dante Moretti)
El sol entraba a raudales por las cortinas abiertas, iluminando cada rincón de la habitación que ahora, por fin, olía a nosotros. Desperté despacio, con una sensación de plenitud que jamás había conocido en mi vida, con el cuerpo relajado y el alma en paz. Y lo primero que vi, lo único que importaba, fue ella. Valeria dormía profundamente recostada sobre mi pecho, su respiración suave y cálida rozando mi piel, su cabello oscuro esparcido sobre mi hombro como una manta de seda. Tenía un brazo echado sobre mi cintura, aferrándose a mí con esa posesión dulce que me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo.La observé dormir un largo rato, memorizando cada rasgo de su rostro sereno, sus pestañas largas, la curva de sus labios todavía hinchados por los besos de la noche anterior. Todavía podía sentir el eco de cada movimiento, de cada gemido, de cada palabra que nos habíamos dicho entre sábanas. Todavía sentía el calor de su piel contra la mía, la forma en que se había entregado a mí por completo, confiando en mí de una manera que me llenaba de orgullo y de responsabilidad. Ahora ya no había reglas, ni distancias, ni sofás incómodos. Ahora ella dormía en mis brazos, y yo sabía que mi única misión en la vida era asegurarme de que nunca más tuviera motivos para irse a ningún otro lado.-
Pero justo en ese momento, una punzada aguda y dolorosa me atravesó el pecho. Un sentimiento que, irónicamente, yo mismo había provocado años atrás, y que ahora regresaba para torturarme a mí...Recordé entonces, con una claridad que me hizo fruncir el ceño, algo que sucedió apenas unos días después de que ella heredara todo, antes de que yo hubiera cambiado, cuando todavía caminaba ciego y estúpido por la vida. Habíamos ido a una cena de negocios obligatoria, y ella, por primera vez, había decidido acompañarme. Llegó vestida de rojo, hermosa, imponente, con esa elegancia natural que siempre tuvo y que yo nunca había sabido valorar. En cuanto entró al salón, todas las miradas se volvieron hacia ella. Hombres poderosos, empresarios, socios, todos la miraban con deseo, con admiración, con esa avidez que se siente por algo valioso y prohibido. Y yo... yo me sentí molesto. Me sentí incómodo. Pero no porque me importara ella, sino porque la consideraba mía, una propiedad, algo que nadie más debía mirar. Esa noche, la traté con frialdad, la ignoré, la hice sentir pequeña otra vez... porque mi estupidez no tenía límites....Y ahora, esa misma escena volvió a mi mente, pero con una diferencia abismal: ahora yo la amaba. Y saber que todo el mundo la deseaba, saber que ahora ella era libre, poderosa, millonaria, hermosa y totalmente independiente... me estaba matando de celos.
Porque ahora lo entendía todo. Entendía lo que ella sentía cada vez que me veía con Isabella. Entendía ese dolor agudo en el estómago, esa rabia sorda, ese miedo horrible de que alguien más te arrebate lo que más amas. Ahora ella no necesitaba de mí. Ahora ella podía tener a quien quisiera. Podía elegir a cualquier hombre, mejor que yo, más guapo, más inteligente, que no hubiera cometido los errores horribles que yo cometí. Y esa posibilidad... esa sola posibilidad... me aterraba.Se movió suavemente entre mis brazos, estirándose como un gato, y luego abrió los ojos. Esos ojos oscuros que al verme brillaron con una luz que me derritió entero. Sonrió, esa sonrisa dulce y llena de promesas que ahora solo era mía, y acercó su rostro al mío para darme un beso corto, suave, perfecto.
—Buenos días, mi dueño —me susurró con voz ronca por el sueño, jugando con las palabras que yo le había dicho tantas veces al revés.Le devolví la sonrisa, pero sé que mis ojos delataban mi inquietud. Pasé mi mano por su cabello, apartándolo de su cara, y la atraje más contra mí, necesitando tenerla pegada a mi cuerpo, necesitando sentir que estaba ahí, que era real, que seguía siendo mía.—Buenos días, mi vida —le respondí, bajando la mano hasta su espalda, recorriendo su piel desnuda bajo las sábanas—. ¿Sabes que eres la mujer más hermosa del mundo? ¿Sabes que todos los hombres de este país se morirían por estar donde estoy yo ahora mismo?-
Ella soltó una risa suave, y me miró con esa inteligencia aguda que siempre tenía, esa capacidad de leerme el pensamiento solo con mirarme. Levantó una mano y acarició mi mejilla, con ternura infinita.—¿Estás celoso, Dante? —preguntó bajito, y había un deje de diversión, pero también de satisfacción en su voz—. ¿Te molesta saber que ahora todos me miran, que todos me quieren? ¿Te molesta saber que ya no soy esa mujer escondida, ignorada, que nadie miraba?-Sentí cómo se me aceleraba el corazón. No podía mentirle. Ya no.
—Me molesta y me encanta a la vez —admití con sinceridad, con esa mezcla de dolor y placer que me provocaba—. Me encanta que todos vean lo maravillosa que eres, que todos sepan la joya que tengo. Pero me mata pensar que cualquiera pueda acercarse a ti, que cualquiera pueda intentar tenerte, que tú... que tú puedas cansarte de mí y elegir a otro que no te haya hecho daño, que te dé todo lo que yo tardé años en entender.Ella se puso seria entonces. Se apoyó sobre sus antebrazos, quedando encima de mí, mirándome desde arriba, con esa autoridad que tanto me gustaba y me asustaba a la vez.
—Escúchame bien, Dante —me dijo con firmeza, clavando sus ojos en los míos—. Que todos me miren, que todos me deseen, que todos me quieran... no importa nada. Porque yo no los miro a ellos. Yo no los deseo a ellos. Yo no los quiero a ellos. Solo te quiero a ti. Al hombre que tardó en llegar, sí, pero que al final llegó. Al hombre que se arrodilló, que pidió perdón, que cambió por mí. Y no te confundas: yo no estoy contigo por gratitud, ni por lástima, ni porque seas el padre de mi apellido. Estoy contigo porque te amo. Y te voy a amar aunque tengas que pasar el resto de tu vida tragándote estos celos que ahora sientes, tal como yo me los tragué todos estos años.-Sus palabras fueron como un bálsamo y como una sentencia a la vez. Me sentí aliviado hasta el alma, pero también entendí perfectamente: esto era mi castigo dulce. Así como yo la hice sufrir con Isabella, ahora ella era mi felicidad y mi única tortura.La atraje de nuevo hacia mí, besándola con hambre, con necesidad, demostrándole con cada roce que ella era dueña absoluta de todo mi ser. Y estuvimos así, abrazados, besándonos, amándonos otra vez, olvidando el mundo, hasta que el reloj en la pared nos recordó que no estábamos solos en este juego, y que había una amenaza que no había desaparecido.Bajamos a desayunar horas después. Caminábamos juntos por la mansión, tomados de la mano, yo con la cabeza alta, orgulloso de ir al lado de ella, yo siguiendo sus pasos, yo mirando cómo todos los empleados bajaban la cabeza con respeto, sabiendo perfectamente quién mandaba ahora aquí. Pero en cuanto entramos al comedor, vi algo sobre la mesa que me heló la sangre.Un sobre blanco. Sencillo, sin remitente, pero que yo reconocería entre mil. La caligrafía, la forma de doblar el papel... era de ella. Solo de ella. Isabella.
Valeria lo vio al mismo tiempo que yo. Su mano apretó la mía con fuerza, pero no dio un paso atrás. Se acercó con calma, lo tomó entre sus dedos, lo abrió con parsimonia, y sacó la hoja. Leyó en silencio, y yo vi cómo sus ojos se oscurecían, cómo su mandíbula se tensaba, cómo esa calma que tanto le costaba conseguir se rompía un instante.—¿Qué dice? —pregunté, acercándome, sintiendo cómo la rabia comenzaba a subir por mi garganta, cómo las ganas de encontrarla y acabar con ella para siempre crecían en mí.Ella me dio la hoja sin decir nada, y leí. La letra era elegante, perfecta, pero llena de veneno, de odio, de esa locura que siempre habitó en ella.
«Queridos "felices y triunfantes" esposos:Me alegra saber que disfrutan de su pequeño cuento de hadas. Me alegra saber que creen que ganaron, que creen que la verdad salió a la luz y que yo ya no soy nada para ustedes. Qué dulce ingenuidad.Dante, cariño... ¿creíste que con decir cuatro mentiras en una rueda de prensa ibas a borrar tres años de tu vida? ¿Creíste que ibas a borrar las noches en que huías de esa cama fría para venir a la mía, donde yo te hacía sentir como ningún otro ser humano podrá hacerlo jamás? ¿Creíste que yo voy a permitir que esa mujer aburrida, esa niña rica sin gracia, se quede con todo lo que es mío?Tienen el dinero, tienen el nombre, tienen la prensa... pero yo tengo algo que ustedes no tienen: la paciencia de quien sabe que la venganza se sirve fría. Y tengo secretos. Secretos que ni siquiera tú conoces, Dante. Cosas de tu amada esposa, cosas de tu familia, cosas que harían que ese amor ciego que sientes ahora se convierta en ceniza en muy poco tiempo.Disfruten el día de hoy. Disfruten su desayuno, sus besos, su poder. Porque les aseguro... que muy pronto, muy pronto... voy a destruir todo lo que han construido. Y voy a recuperar lo mío. Y tú, Dante... tú vas a volver a mí. Porque tú y yo somos iguales. Y tú nunca podrás vivir sin el fuego que solo yo sé darte.Siempre suya... o pronto lo será de nuevo.I.»
Apreté el papel con tanta fuerza que lo arrugué entre mis dedos, sintiendo cómo la furia me cegaba, cómo me temblaban las manos de pura rabia. Quería romperlo, quemarlo, hacer desaparecer cada palabra de esa loca que se atrevía a amenazarnos, que se atrevía a tocar el nombre de Valeria con sus manos sucias.—¡Es una mentira! —grité, golpeando la mesa con el puño—. ¡Todo es mentira! ¡Dice eso solo para provocarnos, para tenernos miedo, para sembrar dudas! ¡No sabe nada, no tiene nada! ¡Es una perra loca y Ia voy a...!Sentí unas manos suaves sobre mi rostro. Valeria me sostenía la cara entre sus palmas, obligándome a mirarla, a calmarme, a volver a ella. Sus ojos estaban serios, pero tranquilos. No había miedo en ellos. Había determinación.
—Se equivoca, Isabella —dijo ella en voz alta, como si la tuviera enfrente—. Se equivoca si cree que unas palabras pueden separarnos. Se equivoca si cree que volverás a ella. Se equivoca si cree que tiene armas contra nosotros.Me miró a mí, profundamente, clavando sus ojos en los míos, buscando cualquier rastro de duda, cualquier recuerdo, cualquier sentimiento que yo pudiera tener hacia esa mujer.—¿Te da miedo lo que dice? —me preguntó, seria, directa—. ¿Te da miedo que ella tenga secretos? ¿Te da miedo que ella tenga razón en algo?-
La tomé de las muñecas, aparté sus manos de mi cara, y la atraje contra mí, abrazándola con fuerza, desesperado por demostrarle la verdad.—No me da miedo nada —le aseguré, con voz firme, segura—. Ella no tiene nada. Ella no es nada. Y si dice que tiene secretos, que venga y los diga. Que venga y demuestre lo que sea. Porque nada, nada de lo que ella pueda decir o hacer, va a cambiar lo que siento por ti. Nada va a cambiar que te elijo a ti, hoy, mañana y siempre. Y si ella cree que puede hacer daño... que lo intente. Porque ahora yo soy tu escudo. Y antes de que te toque un pelo a ti... tendrá que pasar por encima de mi cadáver.-
Ella sonrió, esa sonrisa llena de satisfacción, de amor, de confianza absoluta. Se puso de puntillas y me besó, lento, profundo, sellando mi promesa.—Entonces que venga —susurró contra mis labios—. Porque la guerra no terminó, Dante. Ella acaba de declararla de nuevo. Y ahora... ahora vamos a demostrarle que se metió con la mujer equivocada. Y con el hombre equivocado.-Miré por la ventana, hacia la calle, hacia la ciudad, sabiendo que ella estaba ahí, escondida, observando, planeando, odiando. Y sentí que la tensión en el aire cambiaba. Ya no se trataba solo de recuperar el amor o limpiar el nombre. Ahora se trataba de sobrevivir. Se trataba de proteger lo que habíamos construido con tanto dolor y esfuerzo.La carta en mi mano ardía como fuego, pero al mismo tiempo, sentir el cuerpo de Valeria pegado al mío, sentir su confianza en mí, sentir que ella no tenía ni una sola duda de mí... me dio la fuerza que necesitaba. Isabella creía que conocía mis debilidades. Creía que usaría los celos, el pasado y los secretos para destrozarnos. Pero lo que ella no sabía... lo que ella nunca entendería... es que entre nosotros ya no había debilidades. Solo había verdad. Solo había amor.Y eso... eso era algo que ella nunca podría destruir.