Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 10
El sol de la mañana se filtraba a través de los pesados cortinajes de seda color crema en la habitación de Zafiro. El aire en la mansión de los Lawrence olía a lavanda y a cera de abejas, un contraste pacífico con el caos sangriento de la noche anterior. Jannet, habitando el cuerpo de la Archiduquesa, se incorporó en la cama, sintiendo el leve roce de su propia piel contra las sábanas de lino fino. Sus recuerdos como espía se entrelazaban con las memorias de la verdadera Zafiro: las risas de su madre Malory, la firmeza protectora de su padre Dante y, sobre todo, la sombra constante y amorosa de su hermano Liam.
—¿Despierta ya, mi pequeña estrella? —La puerta se abrió sin previo aviso.
Liam Lawrence entró con la confianza de quien se sabe dueño y señor del lugar. Vestía sus ropas de entrenamiento: una camisa de lino abierta en el cuello y pantalones de cuero que marcaban su constitución atlética. A sus veinte años, Liam era el vivo retrato de la nobleza guerrera: cabello rubio oscuro, ojos azules penetrantes y una mandíbula que parecía esculpida en granito.
—Liam, te he dicho mil veces que toques —replicó Zafiro, aunque no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios. El cariño que sentía por este hermano posesivo era una de las pocas cosas que la hacían sentir humana de nuevo.
Liam se sentó al borde de la cama y le revolvió el cabello, ignorando sus protestas.
—He estado despierto desde el alba asegurando el perímetro. Después de lo que pasó con el Rey y el ataque a Lancaster, no dejaré que ni una mosca entre en esta ala sin mi permiso. Estás pálida, Zafiro. ¿Seguro que ese Príncipe no te agotó con sus dramas reales?
Zafiro se tensó ante la mención de Ethan. La sensación de sus labios y el calor de su sangre todavía estaban grabados en su piel.
—El Príncipe está bajo mucha presión, Liam. Casi lo matan frente a mis ojos.
—Y tú, como una tontita valiente, te quedaste allí —gruñó Liam, su expresión oscureciéndose—. Si te hubiera pasado algo, habría quemado el palacio entero con Ethan dentro. No me importa que sea el Protector del Reino; para mí, solo es el hombre que pone en peligro a mi hermana.
—Soy una Archiduquesa, no una muñeca de porcelana —dijo ella, apartando las mantas y poniéndose de pie. Su camisón de seda se deslizaba por sus curvas, y notó cómo la mirada de Liam se suavizaba con una mezcla de orgullo y una protección casi asfixiante.
—Para mí siempre serás mi princesita —dijo él, levantándose también y dándole un beso en la frente—. Ve a vestirte. Mamá y Papá te esperan para el desayuno. Eliana y Flora ya están subiendo con el agua caliente.
Cuando Liam salió, dos doncellas entraron: Eliana, una joven de la casa Tully que servía a los Lawrence, y Flora, una chica más joven y vivaz. Mientras la ayudaban a bañarse y a vestirse con un traje de montar de color esmeralda, Zafiro escuchaba los chismes de la servidumbre.
—Dicen que el joven Conde Crane ha estado enviando flores cada hora —comentó Flora con un brillo de emoción en los ojos—. Lord Liam las ha estado quemando todas en la chimenea del vestíbulo.
Zafiro soltó una carcajada seca. «Bien hecho, Liam», pensó. Carlos Crane todavía creía que podía jugar el papel de pretendiente herido. No sabía que su destino ya estaba sellado.
El desayuno con Dante y Malory fue una mezcla de calidez familiar y estrategia política. Dante, un hombre de presencia imponente y barba canosa, leía los informes de la casa Arryn mientras Malory, elegante y serena incluso en tiempos de crisis, servía el té.
—Zafiro, querida —dijo Malory, tomando su mano—, tu padre y yo hemos decidido que, dada la inestabilidad en la capital, lo mejor sería que regresaras a nuestras tierras en el Norte por unas semanas.
—No —dijo Zafiro con firmeza, sorprendiendo a sus padres—. Mi lugar está aquí. La casa Lawrence debe mostrar fuerza. Si nos retiramos ahora, parecerá que tenemos miedo. Además... —hizo una pausa, midiendo sus palabras—, el Príncipe Ethan me ha pedido que sea su consejera personal en asuntos de la corte.
Dante levantó la vista de sus papeles, sus ojos entrecerrados.
—¿Consejera? Eso es un término muy diplomático para lo que la corte está murmurando, hija. Dicen que el Príncipe Lancaster no te quitó los ojos de encima durante el vals y que pasaste horas a solas con él en los aposentos reales.
—Él confía en mí, padre. Y yo confío en que él es el único capaz de mantener el imperio unido. Si la casa Lawrence se une formalmente a los Lancaster, nadie se atreverá a conspirar.
—Ella tiene razón, padre —intervino Liam, aunque con desgana—. Aunque me cueste admitirlo, tener a Zafiro cerca del trono nos da una ventaja que los Tyrell o los Bolton matarían por tener. Pero yo iré con ella a cada audiencia. No la dejaré sola con ese lobo.
Un mensajero de la casa Tarth, luciendo el emblema del Protector del Reino, llegó poco después. El Príncipe solicitaba la presencia de Lady Zafiro en el palacio de inmediato para una "consulta de emergencia".
...
El palacio real estaba en un estado de agitación controlada. Guardias de la casa Clegane patrullaban los pasillos con rostros de piedra. Cuando Zafiro llegó, escoltada por un Liam que no dejaba de mirar a todos como si fueran asesinos en potencia, fue conducida no a la sala del trono, sino a la biblioteca privada de Ethan.
—Lord Lawrence —dijo Cassis Arryn, el estratega real, interceptando a Liam en la puerta—. El Príncipe desea hablar con su hermana en privado. Asuntos de... extrema confidencialidad.
—Ni hablar —replicó Liam, dando un paso adelante—. Donde va mi hermana, voy yo. Especialmente si es para ver a un hombre que no sabe mantener sus manos quietas.
Zafiro suspiró y puso una mano en el pecho de su hermano.
—Liam, por favor. Espera afuera. Si grito, puedes derribar la puerta. Te doy mi palabra de que estaré a salvo.
Liam la miró durante un largo rato, buscando cualquier rastro de miedo. Al no encontrarlo, asintió bruscamente y se apoyó contra la pared opuesta con los brazos cruzados, lanzándole una mirada asesina a Cassis.