Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 14: Identidades de Cristal
La Universidad de Saint-Michel parecía una fortaleza de hiedra y ladrillo rojo, un lugar donde el dinero viejo y los linajes impecables se reunían para heredar el mundo. Para Mateo, caminar por el campus con una mochila al hombro y un nombre falso —"Tomás"— era como caminar sobre un lago congelado: sabía que el hielo era grueso, pero no podía evitar escuchar los crujidos.
Habían logrado entrar gracias a sus expedientes académicos (limpios de cualquier rastro de la caída de los De la Vega) y a la ayuda de Javier, quien ahora operaba desde las sombras del Servicio de Inteligencia.
El reencuentro en la biblioteca
Mateo se instaló en una mesa apartada de la biblioteca central, rodeado de libros de arquitectura clásica. Entonces, sintió esa vibración familiar, esa electricidad que solo una persona podía provocar en su sistema.
Adrián —ahora "Lucas"— se sentó frente a él. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y el cabello un poco más largo, cayendo sobre sus ojos. Ya no era el capitán del equipo de fútbol; ahora era un estudiante de Derecho que pasaba las noches estudiando casos de ética, una ironía que no se le escapaba a nadie.
—¿Te gusta tu nueva vida, Tomás? —susurró Adrián, con una sonrisa que conservaba ese destello de arrogancia, pero suavizado por la madurez.
—Es tranquila —respondió Mateo, cerrando su cuaderno—. Pero echo de menos no tener que fingir que no te conozco cada vez que nos cruzamos en la cafetería.
—Es el precio de la libertad, Matt. Si alguien conecta los puntos, si alguien se da cuenta de que el hijo del "Monstruo de la Constructora" está aquí, no nos expulsarán... nos destruirán. Esta gente no perdona que alguien ensucie su pedigrí.
La sombra del pasado
La paz de su almuerzo clandestino fue interrumpida por un grupo de estudiantes de último año que pasaron cerca, riendo ruidosamente. En el centro del grupo estaba un chico llamado Valentin Crowley, el hijo de un influyente senador. Valentin se detuvo, mirando a Adrián con una intensidad perturbadora.
—Oye, Lucas, ¿verdad? —dijo Valentin, acercándose a la mesa—. Te me haces conocido de algún lado. ¿Tu familia no tenía negocios en la capital?
Adrián no parpadeó. Un año de mentiras lo había convertido en un actor consumado.
—No lo creo. Vengo del sur. Mis padres son agricultores.
Valentin arqueó una ceja, su mirada bajando hacia el reloj de Adrián. Era un reloj sencillo, pero Adrián solía usar un modelo idéntico, un regalo de su madre, que Mateo había modificado para que pareciera una imitación barata.
—Interesante —murmuró Valentin—. Tienes una estructura ósea muy... aristocrática para ser hijo de agricultores. Nos vemos en la fiesta de bienvenida de esta noche. No falten. Es "obligatoria" para los nuevos talentos.
La invitación al peligro
Cuando el grupo se alejó, Mateo sintió un escalofrío.
—Valentin Crowley —dijo Mateo, abriendo su laptop y tecleando rápidamente—. Su padre era uno de los nombres que aparecía en el "Archivo Cero". No estaba en la lista principal de sobornos, pero era un socio cercano de Donato en la sombra.
—Crees que sospecha —dijo Adrián, apretando los puños sobre la mesa.
—Creo que la universidad no es un refugio, Adrián. Es un nido de víboras. Valentin no está buscando un amigo; está buscando venganza por lo que le hicimos a la influencia de su padre.
El dilema de la fiesta
Esa noche, la fraternidad Alpha Sigma estaba en plena ebullición. La música electrónica retumbaba en las paredes de la mansión victoriana y el olor a alcohol y privilegio llenaba el aire. Mateo y Adrián llegaron por separado, manteniendo la fachada.
Mateo se movía por las sombras, observando. Su mente de arquitecto ya estaba mapeando las salidas de emergencia. Adrián, por su parte, estaba en el centro de la pista, tratando de mezclarse, cuando Valentin lo interceptó de nuevo.
—¿Sabes qué es lo curioso de las máscaras, Lucas? —dijo Valentin, entregándole una bebida—. Que tarde o temprano, el sudor hace que se resbalen.
Valentin sacó su teléfono y mostró una pantalla. Era un foro privado de la Deep Web, un sitio donde los hijos de la élite compartían secretos. Había una foto de la "Noche de la Verdad" en el Palacio de Justicia. Estaba borrosa, pero el perfil de Adrián era inconfundible.
—Mi padre perdió su reelección por culpa de lo que tú y tu "amiguito" hacker hicieron —susurró Valentin, acercándose tanto que Adrián pudo oler el odio en su aliento—. Pensaron que podían venir aquí y empezar de cero. Pero en Saint-Michel, el pasado es la única moneda que aceptamos.
El contraataque
Mateo, que estaba escuchando todo a través de un micrófono oculto en la chaqueta de Adrián, supo que el Volumen 3 no sería sobre justicia, sino sobre supervivencia social.
—Adrián, sal de ahí —dijo Mateo por el auricular—. Estoy hackeando el sistema de sonido de la fiesta. Si Valentin quiere un espectáculo, vamos a dárselo, pero bajo nuestras reglas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Adrián, tratando de mantener la calma ante Valentin.
—Voy a recordarle a Valentin que su padre tiene más cadáveres en el armario que el tuyo. Y que si intenta tocarnos, yo no enviaré los archivos a la policía... los publicaré en el grupo de chat de su propia fraternidad.
Adrián miró a Valentin y sonrió. Ya no era la sonrisa de la víctima, sino la del cómplice de un genio.
—Valentin —dijo Adrián, bajando la bebida—. Deberías revisar tu teléfono. Creo que tienes una notificación de "Tomás".
En ese instante, todos los teléfonos de la fiesta sonaron al unísono. Un archivo compartido se abrió en las pantallas de los trescientos estudiantes presentes. No eran fotos de Adrián. Eran capturas de pantalla de Valentin Crowley haciendo trampas en sus exámenes de ingreso y mensajes denigrantes hacia los otros miembros de la fraternidad.
El silencio que siguió fue absoluto. Valentin palideció, viendo cómo su estatus social se desmoronaba en cuestión de segundos.
El pacto de los proscritos
Mateo salió de las sombras y se colocó al lado de Adrián. Por primera vez en el campus, se permitieron estar juntos, hombro con hombro.
—La universidad es un lugar de aprendizaje, Valentin —dijo Mateo con frialdad—. Y la lección de hoy es: nunca intentes extorsionar a un hacker y a un hombre que ya lo ha perdido todo. No tenemos nada que proteger, excepto el uno al otro. Y eso nos hace peligrosos.
Mateo y Adrián salieron de la fiesta, dejando atrás el caos. Caminaron por el campus iluminado por la luna, sabiendo que la tregua sería corta. El Volumen 3 acababa de empezar, y el suspenso ahora se jugaba en salas de conferencias y dormitorios compartidos. El romance seguía siendo su ancla, pero el mundo de la universidad era un océano lleno de tiburones con apellidos ilustres.
—Parece que volveremos a ser los marginados —dijo Adrián, tomando la mano de Mateo bajo la sombra de un gran roble.
—No somos marginados —respondió Mateo, besándolo con una intensidad que sabía a desafío—. Somos la resistencia.