La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
NovelToon tiene autorización de Leydi Nina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Charla
(Narra el duque Svensson)
Escucho más de lo que debería. No porque espíe, sino porque cuando has pasado media eternidad en planos donde el silencio también miente, aprendes a distinguir qué conversaciones importan.
La de hoy importa.
Estoy apoyado contra uno de los pilares de piedra del campo, oculto a simple vista. Un viejo truco demoníaco: no desaparecer, solo dejar de ser relevante. Mi esposa no me percibe. Lythia tampoco. Ambas están demasiado concentradas en no perder el control… cada una a su manera.
La magia despierta. La siento antes de verla. Caos y vida entrelazados. Infernal y natural. Exactamente como temía. Exactamente como sabía que ocurriría.
Y entonces lo escucho.
Un beso.
Indebido.
En una taberna.
De noche.
Cierro los ojos un segundo. No por enojo. Por paciencia. La misma paciencia que evita que una ciudad entera arda por un impulso mal gestionado.
Mi esposa reacciona como ninfa, como duquesa, como madre criada en una época que castiga a las mujeres por respirar mal. Yo, en cambio, reacciono como demonio… y como padre.
No intervengo. No todavía.
Espero.
Siempre espero.
Cuando el entrenamiento termina y la magia se disipa, cuando mi esposa se retira con esa mezcla de preocupación y resignación que solo ella sabe cargar con dignidad, hago una seña discreta a uno de los guardias.
—Dile a mi hija que venga a verme —ordeno—. Ahora no. En una hora.
El guardia asiente. Sabe que no debe preguntar.
Me retiro a mi estudio. Camino despacio, porque no tengo prisa. El tiempo siempre ha sido una cortesía que me concedo. Me sirvo una copa. No por necesidad. Por costumbre.
Una hora después, la puerta se abre.
—Padre —dice Lythia.
No levanto la vista de inmediato. La dejo sentir el peso del silencio. No es castigo. Es contexto.
—Siéntate —le indico.
Obedece. Tiene la espalda recta. Demasiado. Señal inequívoca de que sabe que algo viene.
—¿Sabes por qué te he mandado a llamar? —pregunto al fin.
—Tengo varias teorías —responde—. Ninguna optimista.
Sonrío apenas. Ese descaro… definitivamente es mío.
—Escuché la conversación —digo.
Su energía cambia. No retrocede. No se defiende aún. Inteligente.
—¿Toda? —pregunta.
—Lo suficiente.
—Entonces sabe que no fue gran cosa.
Levanto la mirada. La observo. No como duque. No como demonio. Como alguien que ayudó a traerla al mundo.
—Lythia —digo—. He quemado reinos por menos que un “no fue gran cosa”.
—Lo sé —responde—. Por eso no lo dije delante de madre.
Asiento lentamente.
—Un beso no me preocupa —continúo—. Los besos son impulsos. Los impulsos son inevitables. Lo que me preocupa es que tu magia respondió.
Sus labios se aprietan apenas.
—No fue intencional.
—Nunca lo es —replico—. Hasta que lo es.
Me levanto y camino hasta quedar frente a ella. No necesito intimidar. Mi presencia hace el trabajo sola.
—¿Sabes por qué los demonios no se permiten amar libremente? —pregunto.
—Porque destruyen lo que tocan —responde sin dudar.
—Porque se atan —corrijo—. Y cuando un demonio se ata, arrastra al mundo consigo.
La miro a los ojos.
—Tu magia es híbrida. No elige. Si la alimentas con deseo, con vínculos no calculados, responderá sin pedir permiso.
—No pienso enamorarme —dice.
—Eso dicen todos —respondo—. Hasta que ocurre.
Suspira, frustrada.
—Fue solo un desconocido con máscara.
Mi ceja se arquea.
—Ah. Perfecto —digo—. Misterioso, oculto, peligro potencial. Veo que tienes gustos refinados.
—Padre…
—No te reprendo —la interrumpo—. Te advierto.
Camino de vuelta a mi escritorio.
—Este mundo no te perdonará errores —continúo—. No por ser mujer. No por ser noble. Sino porque representas algo que no entienden.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Me perdonarías?
Me detengo.
—Yo te enseñaría a sobrevivirlos.
Se hace un silencio pesado, pero honesto.
—No vuelvas a usar ese recuerdo para canalizar magia —digo—. No porque esté mal besar, sino porque aún no sabes qué estás invocando cuando lo haces.
Asiente.
—Y Lythia —añado—. Si vuelves a besar a alguien con máscara…
—¿Sí?
—Asegúrate de saber su nombre primero.
Una sonrisa se le escapa.
—Anotado.
—Hay algo más —continúo—.
Me mira con cautela.
—El compromiso —digo.
Ahí sí. Ahí se mueve.
—No quiero casarme con el príncipe —responde, sin rodeos—. Quiero romper el compromiso.
No hay dramatismo. No hay súplica. Es una declaración.
La observo durante varios segundos. Si alguien más estuviera aquí, pensaría que estoy evaluando castigos. No lo estoy. Evalúo consecuencias.
—Ese compromiso no es solo tuyo —digo aunque me sorprende su gran cambio después del accidente aunque me alegro—. Es un acuerdo político. Un equilibrio frágil.
—Un equilibrio que me ahorca —replica y sigo sorprendido después de decir hace dos meses que lo amaba que sería su esposa y ahora esto—. Él no me ve como persona. Me ve como posesión.
Asiento despacio.
—Lo sé.
Eso la descoloca más que una reprimenda.
—Entonces… ¿por qué mantenerlo?
—Porque romperlo mal te convertiría en enemiga del trono —respondo—. Y porque romperlo bien requiere algo que aún no tienes.
—¿Qué?
—Ventaja.
Vuelvo a mi escritorio. Me apoyo en él.
—Un beso en un callejón no es una ventaja —continúo—. Es una grieta. Y las grietas se explotan.
—No fue por rebeldía —dice—. Fue… impulso.
—Los impulsos son armas de doble filo —respondo—. Especialmente para alguien con tu magia.
Se inclina hacia adelante.
—No pienso ser la esposa obediente de un príncipe que no respeto —dice—. Prefiero ser su problema.
Una sonrisa breve, peligrosa, se dibuja en mi rostro.
—Eso, hija mía, ya lo eres.
Me enderezo.
—No te prohíbo besar —digo—. No soy hipócrita. Tampoco te exijo que aceptes un compromiso que te asfixia. Pero sí te exijo inteligencia.
—La tengo.
—Aún no suficiente.
Se tensa, pero escucha.
—Si deseas romper ese compromiso —continúo—, no lo harás desde la rebeldía, sino desde la superioridad. Harás que parezca su decisión. O una necesidad del reino.
—¿Y el beso? —pregunta—. ¿Fue un error?
La miro fijamente.
—Fue una señal —respondo—. De que buscas algo que este mundo no te ofrece fácilmente.
Guardo silencio un segundo.
—No vuelvas a usar recuerdos íntimos para canalizar magia —añado—. No porque esté mal desear, sino porque aún no sabes quién podría responder cuando lo haces.
Asiente. Esta vez con seriedad real.
—Y Lythia —digo antes de que se levante—. Si vas a romper un compromiso con un príncipe…
—¿Sí?
—Asegúrate de no regalarle excusas para destruirte.
Se levanta. Me mira con determinación.
—No lo haré.
La observo salir. Cuando la puerta se cierra, apoyo una mano sobre la superficie fría del escritorio.
Mi hija quiere romper cadenas.
El príncipe cree que la posee.
Y el mundo aún no entiende que ambos están jugando con fuego infernal sostenido por raíces antiguas.
Yo sí lo entiendo.
Y por eso observo.
Y espero.
Mi hija ha despertado.
Y el mundo todavía cree que tiene tiempo.
(Narra Lithya)
Salgo del despacho y la puerta se cierra a mi espalda con un sonido seco, definitivo, como si el castillo acabara de trazar una línea invisible entre lo que fui hace unos minutos y lo que soy ahora. Camino por el pasillo sin prisa, pero con la cabeza ardiendo. Las antorchas proyectan sombras largas en las paredes y, por primera vez, no me parecen decorativas. Parecen testigos.
Respiro hondo. No sirve de nada. El aire no calma cuando lo que se agita no está en los pulmones.
El compromiso.
El beso.
La advertencia.
Todo se mezcla como una sopa peligrosa que alguien olvidó remover a tiempo.
Doblo la esquina y casi choco con una criada que baja la cabeza tan rápido que me dan ganas de decirle que no muerdo. Hoy. Ella murmura una disculpa y desaparece como si el suelo la hubiera tragado. Perfecto. Ya empezó. La información corre más rápido que yo.
Sigo caminando.
No vuelvo a mis habitaciones. Si entro ahí, voy a pensar demasiado, y pensar demasiado siempre termina en decisiones impulsivas o en rabia mal canalizada. Ninguna me conviene ahora. Así que cambio de dirección y me dirijo al patio interior, el que da al ala antigua del ducado, donde las piedras todavía conservan marcas de magia vieja y nadie va salvo cuando quiere estar solo.
El cielo está nublado. Qué sorpresa. Siempre lo está cuando necesito claridad.
Me apoyo contra una columna y cierro los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para que el recuerdo del beso intente colarse otra vez. Lo empujo fuera antes de que eche raíces. No ahora. No aquí.
Mi padre tenía razón. Detesto admitirlo, pero la tiene. Romper el compromiso sin estrategia sería un suicidio social, y el príncipe no es de los que aceptan un no con elegancia. Sonríe demasiado para eso.
Abro los ojos cuando siento un leve cambio en el ambiente. No pasos. No sonido. Algo más sutil. Magia.
—Sabía que no irías directo a esconderte —dice la voz de mi madre detrás de mí.
Me giro. Está de pie a unos pasos, con los brazos cruzados y esa expresión que mezcla preocupación con curiosidad peligrosa. La misma que pone cuando sabe que he hecho algo indebido pero aún no decide si va a reírse o a regañarme.
—¿Cuánto escuchaste tú? —pregunto.
—Lo suficiente —responde—. Y no lo suficiente como para no hacerme ideas peores.
Suspendo un suspiro.
—No fue como suena.
—Siempre dicen eso —replica, caminando hasta quedar a mi lado—. Y casi nunca es cierto.
Nos quedamos en silencio unos segundos. El tipo de silencio que no incomoda porque ya está cargado de todo lo que no se dice.
—Tu padre está… alerta —añade—. Eso no es malo. Es prudente.
—Está evaluando si me convierto en un problema mayor —digo.
—Eso ya lo eres —responde sin malicia—. Desde que aprendiste a caminar.
Sonrío pese a mí misma.
—No quiero ese matrimonio —digo al fin—. No lo quiero, madre.
Asiente lentamente.
—Lo sé.desde que pronunciaste el nombre del príncipe sin emoción después de tu accidente en el lago—dice—. Una ninfa sabe reconocer cuando el corazón no vibra.
Me apoyo de nuevo en la columna.
—No quiero vivir siendo correcta —confieso—. No quiero que cada gesto mío sea una concesión.
Ella me observa con atención, como si midiera no mis palabras, sino lo que hay detrás.
—Entonces tendrás que ser inteligente —dice—. No solo valiente.
Genial. Otro adulto sensato.
—¿Todos se pusieron de acuerdo hoy para decirme lo mismo?
—No —sonríe—. El mundo simplemente no perdona la torpeza en las mujeres que brillan demasiado.
Eso sí duele un poco.
—¿Y el beso? —pregunto, porque no puedo hacerlo.
Su expresión cambia. Solo un matiz, pero lo noto.
—Eso —dice— fue imprudente.
—Lo sabía.
—Y humano —añade— O demoníaco o lo que seas hoy.
Resoplo.
—En esta época eso no está bien visto —continúa—. Y menos cuando estás comprometida con un heredero.
—Lo sé —repito—. No necesito otro recordatorio.
Me toma la mano. Su piel es cálida, viva, como siempre.
—No te avergüences de sentir —dice—. Avergüénzate solo si permites que otros decidan por ti qué hacer con eso.
Asiento. Me ayuda más de lo que imagina.
Nos separamos cuando oímos pasos a lo lejos. Voces. Risas contenidas.
—Esto no termina aquí —digo.
—No —responde—. Apenas comienza.
La veo alejarse y me quedo sola otra vez. Pero ya no me siento igual. Hay algo distinto. Una certeza incómoda, pero firme.
El príncipe va a volver.
La nobleza va a murmurar.
Y yo voy a tener que sonreír mientras preparo el terreno.
Me enderezo y abandono el patio. Camino con paso seguro, aunque por dentro todo esté en ebullición.
No sé cómo romperé ese compromiso aún.
Pero sé algo con absoluta claridad:
No voy a perder esta guerra fingiendo que no existe.