Voran, un ser de inmortalidad y fuerza inconmensurable, ha evitado el amor por siglos, temiendo que su inmenso poder destruya todo lo frágil y bello.
Él,un vampiro milenario forjado en la soledad y el poder, creía que su corazón estaba tan frío como las montañas que lo ocultaban. Hasta que sus ojos cayeron sobre Ginia, una joven humana cuya pureza y bondad eran un bálsamo en su oscura existencia.
Él la observa desde las sombras, temiendo que su propia naturaleza la destruya, pero incapaz de mantenerse alejado.... Una tormenta los une en un encuentro predestinado, un vínculo inquebrantable comienza a forjarse. Pero el amor entre la luz y la oscuridad tiene un precio, y la intimidad puede ser un acto tan peligroso como la guerra. El miedo a dañarla se cierne sobre cada roce,cada mirada, cada anhelo de intimidad¿Podrá Voran superar su miedo a dañar a la mujer que ha despertado su alma? Cuando lo imposible suceda, ¿podrá Ginia soportar el peso de un amor que desafía la vida y la muerte!?
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SU PRESENCIA.
El amanecer trajo consigo un nuevo desafío. Las colinas del este se convirtieron en un laberinto de rocas escarpadas y senderos traicioneros, a menudo ocultos por la densa vegetación. El río Silente, que habían seguido como guía, ahora serpenteaba por profundos barrancos, haciendo imposible seguirlo directamente. Ginia y Linda se vieron obligadas a escalar y descender, sus manos y pies buscando agarres en la roca mojada y las raíces expuestas.
Linda, con su agilidad natural, avanzaba con cautela, pero Ginia, a pesar de su esbeltez, se movía con una determinación que sorprendía incluso a su amiga. Su mente no estaba solo en el siguiente paso; estaba en él, en la necesidad de llegar a la bruja Itzel para desentrañar el misterio de Voran y el ardor que sentía en cada fibra de su ser.
En un momento, Ginia se encontró al borde de un saliente estrecho, con una roca resbaladiza bloqueando el paso y una caída pronunciada a un lado. Su corazón dio un vuelco. Se concentró, intentó mover la roca, pero era demasiado pesada. Justo cuando la desesperación comenzaba a aflorar, la roca se movió, no por su esfuerzo, sino como si una mano invisible la hubiera empujado suavemente a un lado, abriendo el camino. Ginia miró a su alrededor, y una vez más, esa extraña certeza de la presencia de Voran la envolvió. No era el viento. Era él.
“Fue como si alguien me hubiera ayudado,” comentó a Linda, que ya había avanzado.
Linda la miró con una ceja arqueada. “Quizás es la magia del bosque, Ginia. Nos está dando la bienvenida.” Aunque en su fuero interno, Linda comenzaba a preguntarse si las percepciones de su amiga eran más que pura imaginación.
Mientras descansaban bajo la sombra de un antiguo roble, con el sol de mediodía filtrándose a través de las hojas, Linda miró a Ginia con una expresión seria. “¿Realmente crees que esta bruja Itzel podrá ayudarte con… con esto? Con lo que sientes por él, y con lo que él es?”
Ginia recogió una hoja y la examinó pensativa. “Lo necesito, Linda. ..No puedo negar lo que siento, lo que soñé anoche. Cada vez es más fuerte. Me siento… enloquecida, sí, pero también más viva que nunca. Siento que tengo que saber más, tengo que entender por qué me salvó, por qué me observa, por qué sus ojos rojos me llaman tanto. Y si él es lo que creo que es… tiene que haber una manera para nosotros. Itzel es nuestra única esperanza.”
Linda suspiró, la preocupación genuina. “Me asusta, Ginia. Me asusta el poder que dices que tiene, lo que no es humano. Te quiero demasiado para verte herida.”
“Él no me hará daño. Lo sé,” afirmó Ginia con una convicción que sorprendió a Linda. “No a propósito, al menos. Y por eso necesito a Itzel, para que él no tenga que luchar contra su naturaleza por mí.”
Voran, observando desde una cornisa rocosa, sintió cada palabra de Ginia como un puñal y una caricia. Su determinación, su fe ciega en él, su valentía inquebrantable, lo asombraban. Ella era tan frágil, tan humana, y sin embargo, poseía una fuerza de espíritu que él, un ser inmortal, apenas podía comprender. Verla luchar contra la roca, y luego aceptar su ayuda invisible con esa certeza instintiva, era una tortura. Cada vez le costaba más mantenerse oculto, no aparecer y tomarla en sus brazos, no arrullarla con promesas de protección eterna. El peligro en esas montañas era real, y ella, a pesar de su espíritu, seguía siendo una delicada flor. El sendero hacia Itzel se hacía más pronunciado, y con él, el riesgo. ¿Estaría él realmente haciendo lo correcto al permitirle seguir? La respuesta de su corazón era un resonante sí, pues sabía que solo ella podía traerle de vuelta la vida.
El atardecer del cuarto día las encontró en un claro escondido, donde la vegetación se abría para revelar una imponente estructura: un monolito de piedra negra, tan antiguo que parecía haber crecido de la tierra misma. Estaba cubierto de runas y símbolos que Ginia nunca había visto, y emanaba una energía palpable, un zumbido bajo que resonaba en sus huesos. No había ningún camino visible más allá de él.
“Mi abuela decía que Itzel no vivía en un lugar al que se pudiera llegar fácilmente,” murmuró Linda, con los ojos muy abiertos. “Decía que la sabiduría de la bruja solo se revelaba a aquellos que sabían escuchar. Que el camino no era físico, sino espiritual.”
Ginia se acercó al monolito, tocando la piedra fría con la punta de sus dedos. La energía era poderosa, antigua, pero no amenazante. Era como una voz silenciosa que intentaba comunicarse con ella. Cerró los ojos, concentrándose en el vínculo que sentía con Voran, en los sueños, en la urgencia de su búsqueda. Sentía que este monolito era una prueba, una puerta.
Una imagen fugaz cruzó su mente, la de una hierba específica que crecía cerca del río, una flor de pétalos morados y un aroma dulce, que su abuela siempre usaba para "abrir los caminos" en sus rituales de protección. Sin pensarlo dos veces, se dio la vuelta y se dirigió hacia donde recordaba haber visto esas flores, cerca de un riachuelo que habían cruzado esa mañana. Linda la siguió, perpleja.
“¿Qué haces, Ginia? No hay tiempo para recoger flores.”
“La necesito,” respondió Ginia con determinación. “Siento que es importante.”
Regresó con la flor entre sus manos, sus pétalos aún húmedos de rocío. Con delicadeza, la colocó en una pequeña hendidura en la base del monolito, como una ofrenda. Luego, cerró los ojos, y con el corazón abierto, susurró una plegaria no a los dioses, sino a la tierra misma, a la magia, a Voran, pidiendo guía y comprensión. “Por él. Por nosotros. Muéstrame el camino, Itzel.”
En ese instante, una suave brisa sopló, no de la dirección del viento, sino del propio monolito. Las runas en la piedra se iluminaron con un tenue resplandor azul, y una tenue neblina comenzó a surgir de la base, expandiéndose lentamente hacia el este. La neblina no era fría; era cálida, casi invitante. Y a medida que se extendía, el contorno de un sendero, apenas visible antes, se hizo ligeramente más claro, invitándolas a avanzar.
Linda jadeó. “¡Dioses! ¡Funciona! ¡Es el camino!”
Voran, oculto entre los árboles, observó todo. Había sentido la oleada de energía cuando Ginia tocó el monolito, la pureza de su intención, la fuerza de su voluntad. Había visto la imagen de la flor en su mente, no como un pensamiento, sino como una visión compartida. Su conexión era más profunda de lo que jamás había imaginado. Ella no era solo un humano. Era especial. Era la luz que podía guiarlo de vuelta de su oscuridad.
Pero a medida que el camino se revelaba, Voran sentía el agotamiento. Mantenerse invisible, luchar contra su sed, y manipular sutilmente el entorno para protegerlas, todo mientras absorbía sus intensos sueños, estaba cobrando un precio. Llevaba siglos sin sentirse tan… vivo, pero también tan vulnerable. El tiempo se le escapaba, y sabía que el enfrentamiento final, con su propia naturaleza o con las fuerzas que amenazaban a Ginia, era inevitable. El camino de niebla las invitaba a entrar en el verdadero reino de la magia, y Voran se preparó para seguirlas, sintiendo que cada paso hacia Itzel era un paso más cerca de su propia redención… o su perdición.