En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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4. Yamileth Ann Bonte
La habitación estaba cubierta de ropa. Vestidos pequeños, chaquetas dobladas sobre la cama, libros abiertos, zapatillas tiradas cerca de la maleta azul que Yamileth intentaba cerrar sentándose encima de ella.
- “Esto no es normal”, murmuró frustrada mientras jalaba el cierre. “Juro que la ropa se multiplica sola”.
La voz de Sabrina soltando una pequeña risa apareció desde la puerta.
- “Eso mismo decía yo cuando tenía tu edad”, dijo Sabrina.
Yamileth levantó la mirada inmediatamente. Su madre permanecía apoyada contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Seguía siendo hermosa incluso usando ropa sencilla de casa y el cabello recogido apresuradamente.
Durante años, Yamileth había pensado que Sabrina parecía una princesa de las películas antiguas. Todavía lo pensaba.
- “¿Me ayudas?”, preguntó Yamileth haciendo un pequeño gesto dramático hacia la maleta.
Sabrina caminó hasta la cama y la ayudó a acomodar algunas cosas. El silencio entre ambas duró unos segundos, no era un silencio incómodo, pero sí uno triste.
La casa se había vuelto demasiado silenciosa desde el divorcio. Yamileth aún no lograba acostumbrarse.
- “Tu papá llegará temprano mañana”, comentó Sabrina suavemente mientras doblaba una casaca.
- “Lo sé”, dijo Yamileth.
- “¿Estás emocionada?”, cuestionó Sabrina. Yamileth sonrió inmediatamente, demasiado rápido.
- “Claro. Canadá suena increíble”, respondió Yamileth.
Sabrina la observó en silencio unos segundos, porque conocía perfectamente esa sonrisa.
Era la misma sonrisa que usaba cuando intentaba fingir que todo estaba bien. Yamileth había cambiado mucho durante el último año.
Ya no lloraba cuando escuchaba discutir a sus padres. Ya no preguntaba si volverían a estar juntos. Ya no hablaba del divorcio. Como si hubiera decidido tragarse la tristeza para no preocupar a nadie. Y eso le rompía el corazón a Sabrina mucho más que cualquier discusión que hubiera tenido con Richard.
- “Sólo serán unos meses”, dijo Sabrina finalmente. Yamileth asintió mientras acomodaba algunos cuadernos dentro de la maleta.
- “Además, papá estará solo allá”, mencionó Yamileth.
La respuesta llegó demasiado rápido. Sabrina apartó la mirada un instante. Richard había insistido en aquel viaje como parte del acuerdo de divorcio. Decía que necesitaba pasar tiempo con Yamileth antes de establecerse definitivamente en Toronto por asuntos de la empresa.
Y Sabrina aceptó. Aunque una parte de ella seguía sintiendo miedo de que la distancia terminara alejándolos todavía más como familia.
- “Vas a llamarme todos los días”, dijo Sabrina intentando sonar firme.
- “Todos los días”, expresó Yamileth.
- “No cada tres días”, insistió Sabrina.
- “Todos los días, mamá”, dijo Yamileth.
Sabrina sonrió apenas. Después se acercó y acomodó un mechón miel detrás de la oreja de Yamileth.
- “Has crecido demasiado rápido”, manifestó Sabrina. La adolescente hizo una pequeña mueca divertida.
- “Eso dicen los adultos cuando no saben qué más decir”, replicó Yamileth.
Sabrina soltó una risa real esta vez. Yamileth sintió alivio al escucharla. Extrañaba escuchar a sus padres reír.
Esa misma noche, Richard Bonté observaba la ciudad desde el ventanal de su oficina.
Toronto aparecía iluminada al otro lado de la pantalla holográfica suspendida frente a él, mostrando proyecciones del nuevo edificio corporativo que supervisaría personalmente durante los próximos años.
Pero Richard apenas prestaba atención. Su mirada permanecía perdida sobre el reflejo de su propio rostro en el cristal.
Habían pasado dos años desde que descubrió la verdad. Dos años desde que Anymza apareció nuevamente en su vida. Todavía recordaba perfectamente aquella noche.
La desesperación en los ojos de su hermana. También el miedo y la culpa, y después llegó la verdad. Su hija había muerto el día del accidente.
Yamileth no era su hija. Era Kaleask, la hija de Anymza. La princesa heredera de Andovia, su sobrina.
Richard cerró lentamente los ojos. Durante semanas creyó que aquello lo destruiría, pero ocurrió algo peor. No dejó de amar a Yamileth ni un segundo. Ni uno solo. Porque para él seguía siendo la niña que aprendió a caminar sujetándose de sus dedos. La pequeña que se quedaba dormida viendo películas sobre su pecho. La niña que corría a abrazarlo cuando regresaba de viajes de trabajo. Seguía siendo su hija, aunque biológicamente no lo fuera; y precisamente por eso todo comenzó a romperse con Sabrina.
Porque Richard cambió después de descubrir la verdad. Se volvió más sobreprotector. Más distante emocionalmente. Más obsesionado con vigilar cosas que no podía explicar. Y Sabrina empezó a sentirlo.
Las discusiones aumentaron. Los silencios también.
Hasta que finalmente el matrimonio terminó quebrándose. Richard apoyó una mano sobre el cristal mientras intentaba controlar el peso en su pecho. Nunca le dijo la verdad a Sabrina. ¿Cómo podía hacerlo? ¿Cómo podía decirle que la hija que amaba no era realmente suya? ¿Cómo explicarle que la verdadera bebé había muerto hacía trece años? No podía destruirla de esa forma. Jamás.
Por la mañana, mientras esperaba en la sala que había sido su casa familiar. Yamileth apareció asomando apenas la cabeza.
- “¿Interrumpo tu momento pensativo?”, preguntó Yamileth. Richard soltó una pequeña risa involuntaria.
- “Tal vez un poco”, respondió Richard.
Ella caminó hasta llegar a él llevando una carpeta entre las manos.
- “Mamá dice que revise contigo los documentos del viaje porque aparentemente soy menor de edad y necesito demasiados papeles para existir”, expresó Yamileth.
Richard la observó acercarse. Cabello miel claro, ojos brillantes. La misma sonrisa cálida de Sabrina.
Y aun así, a veces existían gestos de Anymza imposibles de ignorar. Eso seguía estremeciéndolo.
- “¿Nerviosa?”, preguntó Richard suavemente. Yamileth levantó apenas los hombros.
- “Un poco”, respondió ella.
Después sonrió como siempre hacía. Intentando parecer más fuerte de lo que realmente se sentía.
- “Pero estará bien”, dijo Yamileth.
Richard sintió un dolor extraño en el pecho, porque ella seguía intentando cuidar emocionalmente a los adultos incluso siendo sólo una niña.
Se acercó lentamente y acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.
- “No tienes que fingir conmigo, Yami”, expresó Richard.
La sonrisa de la adolescente vaciló apenas, sólo un segundo, pero Richard lo notó. Y eso bastó para entender cuánto seguía doliéndole el divorcio.
“Sólo extraño cuando estábamos todos juntos”, murmuró Yamileth, bajando la mirada.
Richard sintió que algo dentro de él se quebraba silenciosamente, porque él también lo extrañaba, más de lo que podía admitir.