Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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Mi Mejor Jugada
...┃ 𝐌𝐀𝐑𝐂𝐎𝐒 𝐕𝐈𝐃𝐀𝐋 ┃...
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Me recosté en el sillón de cuero de mi oficina, con las piernas sobre el escritorio y una copa de champagne Dom Pérignon en la mano, mirando la ciudad desde el piso 20 como si ya fuera mía por completo. La botella medio vacía sobre la mesa, el corcho todavía rodando por el suelo, y la pantalla de mi portátil abierta en el correo de confirmación: Evans Castillo había aceptado la reunión virtual y, según sus respuestas preliminares, parecía interesado en avanzar con la "cooperación estratégica".
Sonreí solo, una sonrisa amplia y satisfecha que nadie más vio, porque en ese momento la oficina estaba vacía —había echado a todo el mundo temprano con la excusa de "reuniones privadas"—, y brindé en silencio por mí mismo, por el genio que había sido al lanzar esa propuesta justo ahora, cuando Elena estaba cada vez más distante y paranoica, rechazando mis llamadas y encerrándose en su mundo de "tratamientos" y "reestructuraciones".
—Por los idiotas que no saben con quién se meten—, murmuré, dando un sorbo largo al champagne mientras repasaba mentalmente el plan.
Evans Castillo no me conocía en persona —nunca nos habíamos visto más allá de galas donde él se mantenía en las sombras como el lobo solitario que era—, y eso era perfecto. No podía leer mi cara, no podía oler la desesperación que Sofía insistía en que tenía; solo veía correos profesionales, cifras infladas y promesas de sinergia que cualquier CEO ambicioso mordería.
Si compraba el cuento de la cooperación, le vendería acciones suficientes para entrar en su círculo, usaría sus recursos para inyectar liquidez en Vidal Enterprises, y una vez dentro, maniobraría para absorber los activos de Elena desde un ángulo que ella no vería venir. El divorcio estaba en el aire —ella ya consultaba abogados, lo sabía por mis contactos—, pero con este acuerdo, cuando llegara el momento de dividir el pastel, yo tendría un aliado poderoso que inclinaría la balanza a mi favor, o al menos un escudo para proteger lo que era "nuestro" (es decir, mío y de Sofía).
Apagué la luz principal y encendí solo la lámpara de escritorio, dejando que las luces de la ciudad iluminaran la habitación como un escenario privado para mi celebración. Saqué el teléfono y abrí las fotos: Sofía en la última ecografía, la barriga redonda que ya no podía ocultar del todo, nuestro hijo —el verdadero, no el que casi adoptamos para el plan inicial—.
—Pronto, amor—, le escribí rápido. —Castillo picó. En unas semanas tendremos el dinero para salir de esto y empezar de cero, sin Elena ni sus dramas.
Ella respondió casi al instante con corazones y un "te amo" que me hizo reír bajito; pobre, estaba histérica con los rumores que empezaban a circular en la prensa sobre "inestabilidad" en la empresa, pero no sabía que yo tenía el as bajo la manga.
Me serví otra copa, sintiendo el burbujeo en la lengua mientras imaginaba la cara de Elena cuando todo se cerrara. Ella creía que me tenía acorralado con sus fideicomisos y sus distancias frías, pero no tenía idea de que yo ya estaba moviendo piezas en un tablero más grande. Evans Castillo era el pez gordo perfecto: rico, aislado, sin conocer mis trapos sucios personales.
Le daría lo justo para que invirtiera, lo suficiente para tapar los agujeros que Sofía y yo habíamos abierto con nuestros gastos, y luego, en el aniversario de la empresa —esa estúpida fiesta que Elena insistía en mantener—, anunciaría la "alianza estratégica" como un triunfo compartido, justo cuando el divorcio estuviera en marcha y ella no pudiera tocar lo que ya estaría blindado bajo el paraguas de Castillo.
Reí solo de nuevo, un sonido que resonó en la oficina vacía, y levanté la copa hacia mi reflejo en el ventanal. —Por el mejor negocio de mi vida—, brindé, imaginando ya la cara de sorpresa de todos cuando viera que, a pesar de sus jueguitos, yo salía ganador.
Elena podía tener su orgullo y sus amigos de pacotilla; yo tenía ambición real. Y Evans Castillo, sin saberlo, acababa de convertirse en mi boleto dorado. El champagne sabía a victoria pura, y esa noche, en mi oficina, celebré como el rey que pronto sería. Nada podía salir mal.
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