Un simple tropiezo frente a la universidad cambió la vida de Amelia para siempre. Ahora su corazón y su hijo están atrapados entre dos mundos el humano y el del Reino de Fuego. Con Gael a su lado y el poderoso rey Dante observándola, Amelia deberá enfrentarse a decisiones, secretos peligrosos y una magia que puede alterar su destino… para siempre.
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Bajo las luces de la ciudad
La noche había caído completamente sobre la ciudad.
Las luces de las calles iluminaban las aceras mientras los autos pasaban de un lado a otro. El ambiente era tranquilo, pero aún había personas caminando, conversando o entrando a pequeños cafés abiertos hasta tarde.
Amelia y Gael salieron del restaurante después de terminar la cena.
El aire era fresco.
Amelia estiró ligeramente los brazos.
—Eso estuvo bien.
Gael caminaba a su lado con las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—La comida humana es mejor de lo que esperaba.
Amelia lo miró divertida.
—Hablas como si fueras un visitante de otro planeta.
Gael sonrió levemente.
—Algo así.
Caminaron por la acera unos minutos.
La ciudad estaba llena de sonidos: música lejana, conversaciones y el ruido constante de los autos.
Para Amelia todo era normal.
Pero Gael observaba cada detalle con curiosidad.
Las luces.
Los edificios.
La gente.
—¿Siempre hay tanto movimiento aquí? —preguntó.
—Es una ciudad grande —respondió Amelia—. Nunca está completamente tranquila.
Gael miró hacia arriba.
Los edificios eran altos, cubiertos de ventanas iluminadas.
Era muy distinto al cielo abierto del Reino de Fuego.
Amelia lo observó por un momento.
—Pareces estar viendo todo por primera vez.
Gael bajó la mirada hacia ella.
—Tal vez lo estoy.
Amelia frunció el ceño.
—A veces hablas como si vinieras de otro mundo.
Gael soltó una pequeña risa.
—¿Eso te asusta?
Amelia negó con la cabeza.
—No.
Luego lo miró con curiosidad.
—Pero sí me intriga.
Caminaron hacia un pequeño parque cercano.
Las luces suaves iluminaban los caminos de piedra y algunas bancas estaban ocupadas por parejas conversando.
Amelia se sentó en una de las bancas.
Gael se sentó a su lado.
Por un momento ninguno dijo nada.
El viento movía suavemente las hojas de los árboles.
—¿Por qué medicina? —preguntó Gael finalmente.
Amelia apoyó las manos sobre la banca.
—Quiero ayudar a las personas.
Gael la miró con atención.
—Eso es raro.
Amelia levantó una ceja.
—¿Ayudar a las personas es raro?
—No —respondió Gael—. Pero hacerlo sin esperar nada a cambio… sí.
Amelia lo observó unos segundos.
—¿Tu familia no piensa así?
Gael guardó silencio un momento.
En el Reino de Fuego, el poder siempre había sido lo más importante.
Fuerza.
Dominio.
Control.
La idea de ayudar a otros simplemente porque sí… era algo que rara vez se veía.
—No exactamente —respondió finalmente.
Amelia apoyó la espalda en la banca.
—Entonces tu familia debe ser complicada.
Gael sonrió.
—Podrías decir eso.
El silencio volvió a caer entre ellos.
Pero esta vez era diferente.
Más cómodo.
Más cercano.
Amelia miró hacia el cielo.
Las estrellas apenas se veían entre las luces de la ciudad.
—Gracias por la cena —dijo finalmente.
Gael la miró.
—No fue nada.
Amelia sonrió levemente.
—Aun así.
Gael observó su rostro iluminado por la luz suave del parque.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo extraño.
Algo que no tenía nada que ver con poder o batalla.
Algo tranquilo.
Pero peligroso.
Muy lejos de allí…
En una de las azoteas de la ciudad, una figura observaba en silencio.
Cabello oscuro.
Mirada fría.
Sus ojos brillaban levemente con un tono rojizo.
Era Lior, uno de los hermanos de Gael.
Había sido enviado por el rey.
Y desde lo alto del edificio observaba el parque.
Más específicamente…
Observaba a Gael y a la chica humana sentados en la banca.
Lior entrecerró los ojos.
—Así que esto es lo que ocultabas…
Apoyó los brazos en el borde del edificio.
—Una humana.
Por un momento siguió observándolos.
La forma en que Gael hablaba con ella.
La forma en que la miraba.
Era algo que nunca había visto antes.
—Esto se pondrá interesante —murmuró.
Porque sabía algo importante.
Cuando Dante descubriera esto…
Nada volvería a ser tranquilo para Gael.
Ni para la chica humana que estaba sentada a su lado sin imaginar el peligro que se acercaba