cuando toda una manada está en un guerra con razas su única esperanza es alguien quien menos esperan..
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Un lugar menos pensado
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Todos ya estábamos listos temprano. Bajé a desayunar cuando vi a Federico junto a Sebastián.
–¡Buen día! ¿Qué hacen?–
–Estamos conversando sobre las tierras.– Dice Seba mostrándome el informe.
–¿Desde cuándo está así ese lugar?– Pregunté.
–Nueve años…– Dice Federico. Alex abrió la boca de par en par: la mitad del bosque estaba sin vida, hasta el agua se había secado por completo.
–¿De quién es esta manada? Cubre la mayor parte de la zona en sequía.–
–Es del alfa Cristian Krifert, la Manada Espalda Plateada.–
Miré a Seba, quien negó sutilmente para que no mencionara que lo conocía –algo que le preguntaré cuando estemos a solas.
–Hoy se tocará ese tema; seguro intentarán que vayas a visitar las manadas afectadas.– Decía Federico. Solté un suspiro.
–¿Pero tendré que ir con seguridad?…–
Los dos asintieron. Héctor bajó acompañado de los gammas y Max; después llegaron los demás. Desayunamos y nos fuimos –esta vez Max tuvo que quedarse en casa.
–Nos veremos; no nos extrañes.–
Max rodó los ojos. Tomamos rumbo al Reino de Prado Verde, que estaba a unas horas de viaje. Mientras los chicos hablaban de todos los alfas que asistirían, mi padre se había marchado antes que nosotros; escuché atenta cada detalle.
–Yo que pensaba que la universidad sería fácil.– Balbuceó.
–¿A cuál ibas a ingresar?– Preguntó Fede.
–A una de comercio y mecánica de automóviles y motos… Envié mi solicitud hace unos días y rendí el examen, pero aún no sé si me aceptarán.– Conté.
–Eso suena excelente…– Me miró por el retrovisor.
–¿La Mecánica Integral?– Pregunta Mateo. Asentí. –Es una de las más exigentes… Pero de ahí egresan técnicos para grandes marcas, como la de tu moto.–
–¿Estuviste estudiando sobre ello, Mateo?– Sonreí.
–Sí, es que te investigué un poco y no aguanté preguntarle a Ester qué te gustaba.– Dice nervioso, con las mejillas encendidas.
–¡Ow…! Pero qué lindo hermanito tengo.– Le apreté las mejillas como si fuera un bebé mientras reía.
–¡Ah, yo también quiero cariño!– Dice Lucas.
–¿Tú buscaste algo que me guste?– Lo miré de reojo y negó. –Entonces no hay mimos para ti.– Continué con Mateo.
Un rato más de viaje y me quedé dormida apoyada en el hombro de Lucas, con la gorra tapándome el rostro y la música alta en mis auriculares.
–Alex… Ya llegamos.–
Sentí la voz de Lucas; me estiré un poco y bajé del auto.
–¡Ah…! Qué incómodo ese asiento.– Masajeé mis piernas entumecidas.
Entramos hasta la entrada; un lobo de cabello castaño y ojos negros nos recibió, mirándome con cierta intriga.
–Pasen, el Rey llegará pronto… Mucho gusto, alfa Alex. Soy el alfa Agustín, mano derecha del Rey Ángel.–
–Un gusto.–
Entramos al salón; el ambiente era tenso. Sebastián permanecía a mi lado; olfateé a múltiples lobos alfas y, entre ellos, vi a Cristian y Damián. Un brujo en la esquina me observaba con una mirada penetrante.
–Alfa… Siéntense aquí. ¿Cómo les fue en el viaje?– Preguntó Damián.
–Horrible… No sentía mis piernas. Y dime, Alex…–
Damián rio. Pude sentir un cosquilleo en la nuca: era la mirada de Cristian, quien estaba sentado al extremo de la mesa. Me miró con una sonrisa ladina; yo le respondí igual.
–¿Conoces al alfa Cristian?– Me susurró bajo su aliento.
–Digamos que sí…–
Damián lo miró de reojo, sintiendo un cosquilleo de ira en su pecho –ya lo observaba con demasiada atención.
Después de unos momentos, me levanté a tomar algo cuando sentí a Nayla como loca en mi mente.
“El está acá, Alex…”
–No me jodas… ¿Quién es?–
Miré a mi alrededor sin poder identificar de dónde venía esa sensación, cuando un olor potente invadió mi nariz y mi cuerpo se puso de gallina. Las puertas se abrieron de golpe y lo vi… Era enorme, parecía mayor pero estaba increíblemente guapo. La camisa le ajustaba tanto que los botones parecían a punto de saltar; era alto como si estuviera frente a un gigante.
Él me miró directamente y sentí a su lobo resonar en mi cabeza, con un eco que se mezclaba con el de Nayla: “Mío…” “Mía…”
–¡Carajo…!– Balbuceé tomando de un trago el poco de güisqui que había disponible, intentando volver a centrarme en el propósito de la reunión.
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