Helena Duarte siempre creyó que el amor verdadero era ese que acelera el corazón y hace que la vida se vea un poco más hermosa.
Hasta que conoció a Gabriel Ferraz.
Intenso, arrogante, increíblemente guapo de una forma casi molesta… y completamente fuera de su alcance.
Lo que empezó como una noche impulsiva se convirtió en meses de pasión descontrolada. Se hicieron promesas, construyeron sueños… y luego todo se desmoronó.
Cuando Helena descubre que está embarazada, Gabriel desaparece de la peor manera posible: creyendo en una mentira que destruye todo entre ellos.
Abandonada, con el corazón roto y una vida creciendo en su interior, Helena decide empezar de nuevo lejos de él.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel.
Años después, Gabriel conoce la verdad.
Y también descubre que tiene un hijo.
Ahora está dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a Helena… aunque ella esté decidida a no dejarlo acercarse nunca más.
Porque algunas heridas no sanan fácilmente.
Y algunas promesas… llegan demasiado tarde.
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Capítulo 2
Tres meses después.
Helena encaraba el pequeño pedazo de plástico encima del lavabo del baño como si él pudiera simplemente… desaparecer.
Pero él no desaparecía.
Continuaba allí.
Inmóvil.
Cruel.
Dos líneas.
Dos malditas líneas rosas.
Ella pasó la mano por los cabellos, andando de un lado para otro en el baño minúsculo del apartamento.
—No… no… no… —murmuraba, casi riendo de nervios. —Eso no puede estar cierto.
Su corazón estaba latiendo demasiado rápido.
Las manos temblaban.
Helena tomó el test otra vez.
Miró.
Viró de cabeza para abajo.
Como si eso fuera a cambiar alguna cosa.
No cambió.
Dos líneas.
Embarazada.
La palabra resonó en la cabeza de ella como un trueno.
—Mierda… —susurró.
Ella se apoyó en el lavabo.
Respiró hondo.
Intentó recordar de cuándo había sido su última menstruación.
Intentó hacer cuentas.
Pero el resultado era siempre el mismo.
Tres meses.
Exactamente tres meses desde aquella noche.
Desde él.
Gabriel.
El nombre vino acompañado de un recuerdo tan vivo que hizo su estómago apretarse.
La sonrisa confiada.
Los ojos oscuros.
Las manos grandes sosteniendo el rostro de ella mientras la besaba como si el mundo fuera a acabar.
Helena cerró los ojos con fuerza.
—Droga…
Ella no había visto a Gabriel desde aquella noche.
Ni una vez.
Al día siguiente, ella había acordado en el apartamento de él con un dolor de cabeza infernal y una sensación extraña en el pecho.
Gabriel había salido temprano para trabajar.
Pero dejó una nota.
"Helena,
Necesité salir temprano. La llave está en la mesa.
Espero que la resaca no esté muy cruel.
Si quieres café, hay en la cocina.
—Gabriel."
Y un número de teléfono.
Ella había quedado mirando para aquel papel por casi diez minutos.
Pensando.
Pensando demasiado.
Entonces hizo lo que cualquier persona emocionalmente confusa haría.
Huyó.
No mandó mensaje.
No llamó.
No respondió.
Porque aquella noche había sido… intensa demás.
Y ella había acabado de salir de una relación larga.
Parecía más seguro fingir que nada había acontecido.
Parecía más fácil.
Helena soltó una risa amarga.
—Felicitaciones, Helena… —murmuró para el propio reflejo. —Ahora usted está embarazada de un tipo que usted mal conoce.
Ella tomó el celular.
El número aún estaba guardado.
Gabriel.
El pulgar planeó sobre la tela.
¿Llamar?
¿No llamar?
Ella imaginó la conversación.
"Hola, ¿recuerdas de mí? ¿Aquella mujer que tú llevaste para casa tres meses atrás? Entonces… estoy embarazada."
Helena soltó una risa nerviosa.
—Él va a pensar que yo soy una loca.
O peor.
Que estaba intentando dar un golpe.
Ella suspiró.
Sentó en la orilla de la bañera.
La mano fue automáticamente para la barriga.
Aún no había nada allí.
Nada visible.
Pero la idea de que había una vida creciendo dentro de ella…
Era aterradora.
Y extrañamente… real.
—¿Qué yo hago contigo? —susurró.
El bebé obviamente no respondió.
Pero el corazón de ella parecía haber quedado un poco más pesado.
—
Más tarde aquel día, Helena estaba sentada en la sala del pequeño apartamento de la mejor amiga.
Carolina.
Que estaba andando de un lado para otro como un huracán.
—¡¿USTED ESTÁ EMBARAZADA?!
Helena hizo una mueca.
—No necesita gritar.
—¡YO NECESITO SÍ!
Carolina pasó las manos por el cabello.
—Helena… usted… usted…
Ella apuntó para la barriga de ella.
—¡¿Embarazada?!
—Yo ya oí esa parte.
Carolina paró en frente de ella.
—¿De quién?
Helena hizo silencio.
—Helena…
—De un tipo.
—NO ME DIGAS.
—Carol…
—¿QUIÉN ES EL PADRE?
Helena suspiró.
—¿Recuerdas de la noche que yo fui en aquel bar?
—¿Aquella que tú dijiste que hizo "una pésima decisión"?
—Esa misma.
Carolina agrandó los ojos.
—¿Usted embarazó del tipo del bar?!
Helena arrojó una almohada en ella.
—¡Para de hablar alto!
Carol comenzó a andar por la sala de nuevo.
—Dios mío… Dios mío… Dios mío…
—Usted está peor que yo.
—¡CLARO QUE YO ESTOY!
Ella paró de nuevo.
—¿Él sabe?
—No.
—¿Usted va a contar?
Helena mordió el labio.
—Yo… no sé.
Carolina cruzó los brazos.
—¿Cómo así usted no sabe?
—Yo no conozco él derecho.
—¡Pero él es el padre!
—¡Yo sé!
—¡Entonces él necesita saber!
Helena respiró hondo.
—¿Y si él piensa que estoy mintiendo?
—¿Por qué?
—Porque nosotros nos conocimos en un bar… dormimos juntos… y nunca más se vio.
Carolina hizo una mueca.
—Tá… realmente parece sospechoso.
—Gracias por el apoyo.
—¡Estoy siendo honesta!
Helena hundió en el sofá.
—Yo solo… no sé qué hacer.
Carol sentó al lado de ella.
—¿Usted quiere ese bebé?
La pregunta quedó en el aire.
Pesada.
Helena quedó en silencio por algunos segundos.
Entonces colocó la mano en la barriga otra vez.
—Yo pienso que… sí.
La voz salió baja.
Pero firme.
—Yo pienso que ya amo él.
Carolina sonrió.
—Entonces listo.
Helena miró para ella.
—¿Listo?
—Listo.
—¡Carol, eso no resuelve el problema!
—Resuelve sí.
Ella tomó el celular de Helena de la mesa.
Abrió los contactos.
Y entregó para ella.
—Llama para él.
Helena agrandó los ojos.
—¡¿Ahora?!
—Ahora.
—Carol…
—Helena.
Las dos se encararon.
—Usted no puede criar un hijo sola sin al menos dar la oportunidad del padre saber.
Helena suspiró.
El corazón comenzó a latir más rápido.
Ella tomó el celular.
Miró para el nombre en la tela.
Gabriel.
Tres meses.
¿Será que él aún recordaba de ella?
¿Será que él iba a atender?
Ella respiró hondo.
Y apretó el botón de ligar.
El teléfono comenzó a llamar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Helena casi desconectó.
Pero entonces—
—¿Aló?
La voz de él.
La misma.
Grave.
Firme.
El corazón de ella disparó.
—¿Gabriel?
—Sí… ¿quién es?
Ella cerró los ojos por un segundo.
—Helena.
Silencio.
Algunos segundos.
Entonces—
—¿Helena del bar?
—Es.
—Uau… —él soltó una pequeña risa. —Yo estaba comenzando a pensar que usted había sido una alucinación de mi cabeza.
El pecho de ella apretó.
—Disculpa haber sumido.
—Todo bien… —él respondió. —Yo tampoco corrí mucho atrás.
Otro silencio.
Helena respiró hondo.
—Gabriel… yo necesito hablar una cosa.
La voz de él quedó seria.
—¿Aconteció alguna cosa?
Ella apretó el celular con fuerza.
El corazón parecía que iba a salir por la boca.
—Yo… hice un test hoy.
Silencio.
—¿Test?
—De gravidez.
Otro silencio.
De esa vez más largo.
Mucho más pesado.
Helena sintió el estómago envolver.
—Gabriel… yo estoy embarazada.
Del otro lado de la línea…
No vino respuesta.
Ninguna.
Apenas silencio.
Y en aquel momento…
Helena tuvo un presentimiento extraño.
De que aquella noticia…
Iba a cambiar todo entre ellos.
Y tal vez no de la forma que ella esperaba.