Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 8: Comida entre amigos
La fiesta comenzaba a terminar bajo el peso de la madrugada. El jardín, que horas antes era un hervidero de risas y música vibrante, ahora mostraba los restos de una celebración perfecta: manteles ligeramente arrugados, copas vacías y el aroma del café recién hecho para los pocos que aún resistían. Alexa, con el velo ya recogido y una expresión de felicidad radiante a pesar del cansancio, se acercó a Brisa y Rafael, quienes charlaban animadamente cerca de la salida.
—Amigos de mi corazón —dijo Alexa, abrazándolos a ambos al mismo tiempo—, no saben lo que significa para mí que estén aquí. Rafa, sé que vives con el cronómetro en la mano y que hayas dejado tus rascacielos por venir a este pueblo me llena el alma. Gracias por ser mi testigo.
—No podía perdérmelo, pequeña —respondió Rafael con una calidez que solo reservaba para sus amigos de infancia, dándole un abrazo protector—. Los negocios pueden esperar cuarenta y ocho horas, pero tu felicidad no.
—Vale, amiga, nos vemos en una semana. ¡Disfruta mucho! —añadió Brisa, besando la mejilla de la novia—. Te quiero.
—Rafa, prométeme que nos visitarás más seguido —insistió Alexa mientras se alejaba hacia el coche que la esperaba—. Me quedaré un tiempo viviendo aquí antes de mudarme definitivamente, así que no tienes excusa.
—Haré un esfuerzo, de verdad —dijo Rafael, aunque su tono dejaba ver la sombra de su agenda—. Es difícil zafarse de las garras del trabajo, pero lo intentaré.
Cuando Alexa finalmente se marchó en una lluvia de arroz y despedidas, el silencio de la noche se hizo más evidente. Rafael se giró hacia Brisa, ajustándose el saco.
—¿Quieres que te lleve, Brisa?
—Vale, está bien. Me ahorras la espera del coche de protocolo —aceptó ella—. ¿Te molesta pasar por mi apartamento? Mañana iré a ver a mi madre, pero hoy ya debe estar derrotada la mujer y no quiero despertarla con el ruido de las llaves.
— En absoluto! —dijo Rafael—. Al contrario, así compartimos un rato más. Es raro estar los dos solos sin que Alexa nos esté dando órdenes o tu mamá nos esté ofreciendo comida de contrabando.
El trayecto fue corto pero cómodo. Las calles de la ciudad natal, mucho más tranquilas que las de la capital, permitieron una charla fluida sobre los cambios en el barrio. Al detenerse frente al edificio de Brisa, Rafael apagó el motor por un momento.
—Oye, ¿qué te parece si mañana te paso buscando y llegamos juntos a casa de tu mamá? Ella me ofreció comida y, honestamente, me muero por esos tamales. Después vemos qué hacemos durante la tarde. Mi vuelo sale el lunes muy temprano y quiero aprovechar el último día de paz.
—Es una idea excelente —asintió Brisa—. Nos vemos mañana entonces, amigo. Descansa, que te ves como si hubieras cerrado tres fusiones seguidas.
—Tú igual... —respondió él con una sonrisa cansada.
Llegar a casa fue un alivio, pero también el inicio de esa tediosa procesión que toda mujer conoce tras una gala: el ritual de "desarmarse". Quitarse los tacones se sintió como una liberación divina, seguido por la ducha caliente que borró el rastro de la laca y el maquillaje. Brisa se desplomó en la cama, cayendo en un sueño profundo antes de que su cabeza tocara la almohada.
A la mañana siguiente, el sol ya estaba alto y pegaba con fuerza contra las persianas. Brisa abrió un ojo, buscando a tientas el teléfono. Eran la una de la tarde. Tenía varias llamadas perdidas de su madre y dos de Rafael.
—¡Dios mío, la hora! —exclamó, saltando de la cama.
Se dispuso a llamar primero a Rafael, esperando que no se hubiera arrepentido de la excursión gastronómica.
—¿Hola? —la voz de Rafael sonaba fresca, probablemente ya llevaba horas despierto y trabajando desde su laptop en el hotel—. ¿Te quedaste dormida o es que te arrepentiste de la tarde de comida?
—¡Qué cosas dices! —rio Brisa mientras buscaba algo de ropa limpia—. ¡Dormida, claramente! La boda me pasó factura.
—Me lo imaginaba. ¿A qué hora te busco?
—Dame una hora. En sesenta minutos estoy en la puerta.
Luego, llamó a Doña Julia, sabiendo que la mujer probablemente ya tenía el delantal puesto y la mesa puesta.
—¡Mi niña! Buenos días, o tardes ya —respondió Julia con su energía habitual—. ¿Te fuiste a tu apartamento anoche? Me dejaste preocupada, pensé que te habías quedado bailando hasta el amanecer con el muchacho.
—Sí, madre, allí estoy. Escucha, en una hora estaré allá con Rafael. Va a ir a cobrar los tamales que le ofreciste.
—¡Ay, Dios mío, cierto! —se escuchó un ajetreo de ollas al otro lado de la línea—. ¡Ya mismo me pongo a los fogones! No quiero que ese niño piense que su "segunda madre" es una informal. Nos vemos, hija.
Una hora después, Rafael estaba estacionando frente al edificio. Brisa bajó con un atuendo mucho más relajado: unos vaqueros y una blusa sencilla, un contraste total con la sofisticación de la noche anterior. Al llegar a casa de Doña Julia, el aroma a maíz tierno y especias ya se sentía desde la acera.
La comida fue un evento en sí mismo. Sentados en la mesa de madera de siempre, Rafael devoraba los tamales como si fueran el manjar más caro del mundo.
—¿Qué te pareció, hijo? ¿Te gustó? ¿Quieres más? —preguntaba Julia, mirándolo con adoración mientras le servía más jugo natural.
—Es una exquisitez completa, mami Julia —dijo Rafael, soltando el cubierto con un suspiro de satisfacción—. Creo que es lo mejor que he comido en muchos años. Pero ya no puedo más, si sigo, no voy a caber en el asiento del avión mañana.
—Me contenta mucho, mi niño. Ya sabes que cada vez que quieras escapar del ruido de allá, esta es tu casa.
—A mí también me gustó, por si te interesa saberlo, madre —intervino Brisa con fingida indignación.
—¡Jajaja! Ya, ya, deja los celos, muchacha —Julia le dio un cariñoso golpe en el brazo—. Ya se me había olvidado lo celosa que te ponías de niña. Es que Rafael siempre fue un niño especial para nosotros, solo que nos abandonó por irse a hacer millonario.
—Prometo que trataré de visitarla por lo menos dos veces al año —dijo Rafael, recuperando un poco la seriedad—. De verdad, el trabajo es absorbente, pero estos momentos valen la pena.
—Comprendo, hijo, no tienes ni que decirlo. El éxito requiere sacrificios —Julia se reclinó en la silla, observándolos a ambos—. Capaz te toque venir más pronto de lo que crees, tal vez para la boda de Brisa.
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