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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 9: El mensaje

—¿Qué pasó?

La voz de Daniel me sacó de mis pensamientos.

Seguía mirando la pantalla del teléfono.

El mensaje continuaba ahí.

“Necesitamos hablar. Sobre Daniel.”

No había nombre.

No había explicación.

Solo esas cuatro palabras que, de repente, parecían pesar demasiado.

—Nada —respondí.

Daniel frunció el ceño.

—No me digas “nada” mientras tienes esa cara.

Bloqueé el teléfono.

—Es un mensaje.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Qué dice?

Lo miré durante unos segundos.

No sabía por qué me costaba tanto responder.

Tal vez porque decirlo en voz alta haría que aquello se volviera real.

—Dice que alguien necesita hablar conmigo.

—¿Quién?

—No lo sé.

Daniel extendió la mano.

—Déjame verlo.

Le entregué el teléfono.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió.

—¿Te escribió después de que salimos?

Asentí.

—Sí.

—¿Y no sabes quién es?

—No.

Me devolvió el teléfono.

Por unos segundos permanecimos en silencio.

Pero esta vez no era el silencio cómodo que habíamos aprendido a disfrutar.

Era diferente.

Más pesado.

—¿Hay alguien que tenga algo que decirte sobre mí? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Alguna persona que pueda estar molesta contigo?

—No.

Daniel apartó la mirada.

—Entonces probablemente sea alguien que quiere meterse donde no le corresponde.

—¿Y si no?

Volvió a mirarme.

—¿Y si qué?

—¿Y si es algo importante?

Daniel se quedó pensando.

—Entonces lo averiguaremos.

Me sorprendió su tranquilidad.

—¿No estás preocupado?

—Sí.

—No parece.

Sonrió ligeramente.

—Aprendí algo contigo.

—¿Qué?

—Que preocuparse antes de saber qué está pasando solo consigue que uno imagine cosas que probablemente ni siquiera son ciertas.

Bajé la mirada.

—Eso suena bastante sabio.

—No te acostumbres.

Me reí.

Él también.

Y durante unos segundos el miedo desapareció.

Hasta que mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era otro mensaje.

“Mañana. 5:00 p. m. En la cafetería frente a la universidad. Ve sola.”

Sentí un escalofrío.

Daniel alcanzó a ver mi expresión.

—¿Otro?

Asentí.

—¿Qué dice?

Le mostré la pantalla.

Leyó el mensaje.

Esta vez no sonrió.

—No vas a ir sola.

—Dice que vaya sola.

—Me da igual.

—Daniel...

—No.

Su tono fue firme.

—No sabemos quién es.

—Pero quizá solo quiere hablar.

—Entonces puede hablar conmigo también.

—Tal vez no.

—¿Por qué no?

No tuve respuesta.

Daniel respiró profundamente y se pasó una mano por el cabello.

—Perdón.

—¿Por qué?

—No quiero empezar a comportarme como si tuviera derecho a decidir por ti.

—No lo estás haciendo.

—Sí un poco.

Me acerqué.

—Solo estás preocupado.

Me miró.

—Mucho.

Tomé su mano.

—Voy a estar bien.

—Eso no lo sabes.

—Tampoco tú.

—Exactamente.

Sonreí débilmente.

—Entonces vamos a descubrirlo.

Esa noche casi no dormí.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a aparecer el mensaje.

Sobre Daniel.

¿Qué podía saber alguien sobre él que yo no supiera?

Durante años había creído conocerlo mejor que nadie.

Sabía qué café tomaba.

Qué canciones escuchaba cuando estaba triste.

Qué hacía cuando estaba nervioso.

Sabía cuándo mentía.

O al menos eso creía.

Y ahora una persona desconocida estaba insinuando que existía algo sobre Daniel que yo debía conocer.

Algo que podía cambiar las cosas.

A las once y media de la noche, mi teléfono vibró.

Esta vez reconocí el nombre.

Daniel.

Abrí el mensaje.

Daniel: ¿Sigues despierta?

Sonreí.

Yo: Sí.

Tardó unos segundos.

Daniel: Yo también.

Yo: ¿Estás pensando en el mensaje?

Daniel: Mucho.

Yo: Yo también.

Aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente escribió:

Daniel: Tengo miedo de que esto cambie lo que acabamos de empezar.

Me quedé mirando esas palabras.

Después escribí:

Yo: A mí también me da miedo.

Su respuesta llegó enseguida.

Daniel: Pero no quiero volver atrás.

Sentí un nudo en la garganta.

Yo: Yo tampoco.

Pasaron unos segundos.

Entonces llegó otro mensaje.

Daniel: Pase lo que pase mañana, quiero que recuerdes algo.

Yo: ¿Qué?

Daniel: Te elegí a ti sabiendo que podía complicarse todo.

Mi corazón se aceleró.

Yo: Daniel...

Daniel: Y si después de tantos años por fin conseguimos esto, no quiero perderlo por algo que ni siquiera sabemos qué es.

Sonreí.

Yo: Entonces no lo vamos a perder.

Daniel: ¿Prometido?

Yo: Prometido.

Después de unos segundos llegó el último mensaje.

Daniel: Buenas noches, mi persona favorita.

Me quedé mirando la pantalla.

No sabía cuándo habíamos empezado a decirnos cosas así.

Quizá después de tantos años.

Quizá desde siempre.

Solo que antes ninguno se atrevía a decirlo.

Yo: Buenas noches, Daniel.

Escribí algo más.

Lo borré.

Volví a escribir.

Yo: Tú también eres mi persona favorita.

Esta vez no hubo respuesta inmediata.

Solo vi los tres puntos durante unos segundos.

Después:

Daniel: Ahora sí puedo dormir.

Sonreí.

Y por primera vez desde que había recibido aquel mensaje, pude cerrar los ojos.

Al día siguiente llegué a la cafetería diez minutos antes de las cinco.

Daniel insistió en acompañarme hasta la esquina.

—Desde aquí voy sola —le dije.

—Lo sé.

—Entonces deja de mirarme así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras a punto de entrar conmigo.

—Estoy pensando en hacerlo.

—Daniel.

Suspiró.

—Está bien.

Me tomó de la mano.

—Llámame si pasa cualquier cosa.

—Lo haré.

—Y si esa persona te dice algo extraño...

—Te llamaré.

—Y si...

—Daniel.

Sonrió.

—Ya.

Me dio un beso rápido en la frente.

—Ten cuidado.

Entré.

La cafetería estaba casi vacía.

Me senté junto a la ventana.

Pasaron cinco minutos.

Luego diez.

Miré la puerta.

Nada.

A las cinco y quince, alguien finalmente entró.

Era una mujer.

No la conocía.

Se acercó lentamente.

—¿Tú eres...?

Dijo mi nombre.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Sí.

Ella se sentó frente a mí.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después sacó algo de su bolso.

Una fotografía.

La colocó sobre la mesa.

La miré.

Y se me heló la sangre.

Era Daniel.

Pero no estaba solo.

En la fotografía aparecía con la misma mujer que tenía delante.

Y detrás de ellos había una fecha escrita a mano.

Tres años atrás.

Levanté la mirada.

—¿Quién eres?

La mujer respiró profundamente.

—Alguien que conoció a Daniel antes de que tú supieras toda la verdad.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿Qué verdad?

Ella miró la fotografía.

Después volvió a mirarme.

—La razón por la que Daniel nunca te confesó lo que sentía durante todos estos años.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

La mujer deslizó la fotografía hacia mí.

—Porque no fue solamente miedo.

Sentí que el mundo se detenía.

—Entonces, ¿qué fue?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Daniel me pidió que nunca te contara esto.

Y en ese instante entendí que aquella historia que acabábamos de comenzar podía tener un pasado que yo jamás había imaginado.

Y que quizá Daniel todavía no me había contado toda la verdad.

1
Julián
excelente
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