Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.
Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es
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CAPÍTULO 8: El nombre que recordó antes de irse
Los pasillos de servicio del palacio eran estrechos y fríos, con paredes de piedra desnuda que no tenían ni un cuadro, ni una flor, ni nada que demostrara que alguien viviera allí de verdad. Todo estaba ordenado, limpio, vacío. Min pensó que aquel palacio era igual que el Sucesor: por fuera parecía fuerte e imponente, pero por dentro no había nada que lo hiciera un hogar.
Avanzaron agachados, pegados a las sombras, evitando las patrullas que pasaban cada pocos minutos. Los soldados caminaban como autómatas, sin mirar a los lados, sin hablar. Nadie se detenía a mirar por las ventanas. Nadie sonreía.
—Sus habitaciones están en la torre más alta —susurró el otro Seo, señalando una escalera de caracol que subía en la oscuridad—. Nadie sube allí sin orden. Pero también es donde menos patrullas hay. No le gusta que nadie se le acerque.
Subieron las escaleras de uno en uno, con cuidado de que los escalones de piedra no crujieran bajo sus pies. Cuando llegaron a la planta más alta, se encontraron con un pasillo largo con solo tres puertas. Dos estaban abiertas, mostrando habitaciones casi vacías: una cama, una mesa, una silla, nada más. La tercera estaba cerrada, con un candado de energía verde brillando en el pomo.
—Él no deja que nadie entre ahí —dijo el otro Seo, frunciendo el ceño—. Ni siquiera los soldados más cercanos. Dice que no sirve para nada.
Min se acercó despacio. El brazalete de Jade le latía con fuerza en la muñeca, como si reconociera algo detrás de aquella puerta. Levantó una mano y la acercó al candado. La luz verde de su brazalete se mezcló con la del candado, y este se abrió solo con un clic suave, como si la puerta misma lo hubiera estado esperando.
Empujó la puerta despacio.
Dentro no había muebles lujosos. No había armas. No había signos de poder. Solo había cajas de madera apiladas en una esquina, y una mesa pequeña en el centro, con un libro abierto encima, como si alguien lo hubiera estado leyendo hace mucho tiempo y se hubiera ido sin terminar.
Min se acercó temblando. Era un diario. Las páginas estaban amarillentas por el tiempo, y la letra era igual a la suya, pero más desordenada, más llena de tachaduras y manchas de lágrimas. Pasó las páginas despacio, leyendo fragmentos:
> Hoy se ha caído por las escaleras otra vez. Se rió aunque se había raspado la rodilla. Dijo que ya se acostumbraba. No le dije que me dio un vuelco el corazón cuando lo vi caer.
> Hemos jurado protegernos mutuamente. Dice que yo soy el único que lo entiende. Yo creo que él es el único que me hace sentir que todo vale la pena.
> Los Sellos me piden más cada día. Tengo miedo. Tengo miedo de convertirme en alguien que no quiero ser. Tengo miedo de que él me deje de reconocer.
> Se ha ido. Dice que ya no soy yo. Dice que el poder me ha cambiado. No le entiendo. Solo lo hice para protegerlo. Para protegerlos a todos. ¿Por qué no lo entiende?
Min cerró el diario despacio. Tenía la garganta cerrada. Aquel chico no había sido malo desde el principio. Había tenido miedo. Había querido proteger a la persona que amaba. Y cuando esa persona se fue, el poder fue lo único que le quedó para aferrarse.
—¿Qué dice? —preguntó su Seo, acercándose a él.
Antes de que Min pudiera responder, una voz fría sonó en la puerta:
—¿Qué hacéis aquí?
El Sucesor estaba en el umbral, con los ojos fijos en ellos, y una mano levantada lista para atacar. Los soldados que lo acompañaban se quedaron detrás, esperando órdenes. El otro Seo tensó el arco de inmediato, pero Min levantó una mano para detenerlo.
—Espera —dijo, sin apartar la vista del Sucesor—. Solo quiero leerte algo.
El Sucesor frunció el ceño, confundido por la falta de miedo en su cara. No atacó. Se quedó quieto, como si algo le impidiera moverse.
Min abrió el diario por la última página, la que tenía más manchas de lágrimas, y leyó en voz alta, despacio:
> “Hoy se ha ido. Dice que ya no soy yo. Pero yo sigo siendo el mismo chico que se cae por las escaleras. El mismo que le gusta la leche de plátano aunque dice que es demasiado dulce. El mismo que le prometió no dejarlo solo nunca. ¿Por qué no lo ve? ¿Por qué no me ve?”
El Sucesor se quedó rígido. La luz verde en su pecho parpadeó una vez, dos veces, como si algo se rompiera dentro de él. Min vio cómo se le humedecían los ojos, aunque él no parecía entender por qué.
—Eso… —empezó el Sucesor, y su voz le tembló, por primera vez delante de ellos—. Eso no es real. Son mentiras.
—No son mentiras —dijo Min, y sacó la foto pequeña del bolsillo, se la acercó despacio—. Esto tampoco lo es. Tú lo escribiste. Tú eras aquel chico. Todavía lo eres, en algún lugar.
El Sucesor miró la foto. Esta vez no apartó la mano. La cogió entre sus dedos, despacio, como si temiera romperla. Y entonces, muy bajito, casi un susurro, dijo un nombre.
—Seo‑jun.
El otro Seo dio un paso atrás, como si le hubieran dado un golpe. Nadie le había dicho su nombre en años. Nadie que viniera de él.
El Sucesor miró la foto un segundo más. Luego cerró los ojos con fuerza, y una lágrima se le escapó por la mejilla, antes de que pudiera detenerla. No entendía qué sentía. No entendía por qué aquel nombre le dolía tanto en el pecho. Pero no podía soltar la foto.
—¡Señor! —gritó uno de los soldados, alarmado por la reacción de su líder—. ¿Le atacamos?
El Sucesor abrió los ojos. La frialdad volvió a su mirada, pero no era tan fuerte como antes. Tenía grietas. Se veía que le costaba volver a cerrarse del todo.
—Llevadlos a la entrada —dijo, y su voz no sonó tan segura como antes—. Sacadlos de la ciudad. No volváis a dejarlos entrar.
Los soldados se quedaron sorprendidos. Esperaban una orden de matar, no de dejarles ir.
—Pero señor… —empezó otro.
—¡Ahora! —rugió el Sucesor, y aunque la voz fue fuerte, no lanzó ningún golpe.
Los soldados los escoltaron hasta la muralla norte, sin decir una palabra, confundidos por la orden de su líder. Cuando salieron al exterior, el otro Seo se giró para mirar hacia la torre alta del palacio.
—¿Por qué lo ha hecho? —preguntó bajito, sin entender—. Nos habría podido matar a todos.
Min miró hacia arriba, donde imaginaba que el Sucesor seguía de pie, mirando la foto en su mano.
—Porque le hemos recordado quién era —dijo—. Porque una parte de él lo ha reconocido. Todavía queda mucho por hacer, pero… hemos dado el primer paso.
Pasaron el resto del día en la cueva, preparándose para cruzar de nuevo. Rin apareció al atardecer, para abrirles el portal de regreso. Antes de cruzar, el otro Seo se acercó a Min, con una expresión que ya no era de odio, sino de esperanza.
—Me quedaré —dijo—. Seguiré intentando hablar con él. Ahora que sabe mi nombre… ahora que tiene la foto… quizás algún día vuelva.
Min asintió y le apretó el hombro.
—Lo hará —dijo—. No te rindas.
El otro Seo sonrió, una sonrisa pequeña y cansada, pero sincera.
—Gracias por no rendiros con él.
Min y su Seo agarraron la mano el uno del otro. El portal se abrió delante de ellos, brillando con luz suave. Miraron atrás una última vez, hacia el palacio en la colina. No sabían si aquel Sucesor volvería a ser el chico de la foto. Pero sabían que ya no estaba solo. Ahora tenía un recuerdo que agarrar.
Cruzar el portal les dio el cosquilleo conocido de frío en el estómago. Cuando abrieron los ojos, estaban de vuelta en el bosque de su mundo, con el cielo azul que conocían y el aire que olía a hierba fresca.
Se miraron. Se apretaron la mano. Habían salvado un poquito de un mundo roto. Y quedaban más por visitar.
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📔 LIBRETA NUEVA · ESCRIBE CHOI MIN‑JUN
De vuelta en casa, después del primer universo
Hemos vuelto. Hemos dejado atrás aquel mundo gris, pero no del todo. Nos llevamos la certeza de que incluso quien parece más perdido puede tener un destello de lo que fue, si alguien se toma el tiempo de buscarlo.
El Sucesor recordó su nombre. Lloró. No se redimió de golpe. No dejó el poder de un día para otro. Pero ahora tiene la foto. Ahora sabe que hubo alguien que le quiso antes de todo. Eso es suficiente. Por ahora.
El otro Seo se ha quedado allí. Seguirá luchando por él. Me da paz saber que no estará solo.
Ahora toca el siguiente mundo. Rin dice que en el próximo, los Sellos eligieron mal. Allí nunca nos conocimos. Allí Seo carga todo el poder solo, y yo nunca fui más que un chico asustado.
No sé qué nos espera. Pero sé que estaremos juntos. Como siempre.