En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 9
El banquete de la alianza concluyó entrada la noche, dejando tras de sí un rastro de brasas agonizantes y un espeso velo de tensión que flotaba sobre la plaza de la Tribu de la Roca. Mientras los guerreros se retiraban a sus respectivos nidos, saciados de carne y con las mentes perturbadas por los acontecimientos de la noche, Mei aprovechó la oscuridad para regresar a su cueva. No quería ser escoltada por los guardias del jefe Gorik ni, mucho menos, cruzarse de nuevo con la imponente y asfixiante presencia de Kaelen. Necesitaba espacio para procesar la nueva realidad en la que se encontraba y, sobre todo, para avanzar en sus planes de supervivencia.
A la mañana siguiente, el aire amaneció notablemente más frío. Las copas de los árboles ancestrales se mecían bajo un viento cortante que bajaba directamente de las montañas del norte, un recordatorio silencioso de que la temida "Luna Blanca" no daría tregua.
Mei se levantó temprano, avivó el fuego de su fogata y bebió un poco de agua fresca de su calabaza limpia. Tras estirar sus músculos, se dirigió hacia la zona apartada del río donde dos días atrás había dejado los tallos de ortiga gigante sumergidos para el proceso de enriado. Al llegar, se arrodilló sobre los guijarros de la orilla y extrajo el fardo del agua. Como experta en agronomía, sonrió al comprobar la textura: las bacterias naturales del río habían hecho un trabajo impecable. La materia vegetal exterior estaba blanda y semipodrida, lista para desprenderse.
Con paciencia infinita, Mei comenzó el proceso de lavado y raspado. Usando una piedra plana y lisa, golpeó suavemente los tallos contra una roca, desprendiendo la corteza inútil y lavando los residuos en la corriente. Lo que quedó entre sus manos fue una masa de fibras largas, de un color blanco hueso, extremadamente fuertes y flexibles.
—Excelente —murmuró, escurriendo el exceso de agua—. La celulosa de estas ortigas salvajes es de una calidad superior. Ahora, a secarlas.
Cargó el manojo de fibras limpias y regresó a su claro. Extendió la materia textil sobre las rocas expuestas al sol del mediodía justo afuera de su cueva. Mientras esperaba que la humedad se evaporara, Mei tomó su huso de caída libre rudimentario —la varilla de madera pulida con la pequeña rueda de arcilla cocida que había fabricado el día anterior— y se sentó en su roca plana habitual.
Una vez que las primeras fibras estuvieron completamente secas, Mei comenzó a trabajar. Tomó un puñado de la masa fibrosa, la enganchó en la muesca superior de la varilla de madera y, con un movimiento rápido y diestro de sus dedos, hizo girar el huso en el aire, dejándolo caer suspendido. El giro constante y el peso de la arcilla comenzaron a torcer las fibras sueltas, transformándolas por arte de magia en un hilo fino, uniforme y asombrosamente resistente.
Era una estampa de pura concentración. La brisa del bosque jugaba con su cabello negro y suelto, mientras sus manos de porcelana operaban una tecnología textil que este mundo primitivo jamás había visto. Para las bestias, la ropa era simplemente la piel de lo que mataban; la idea de hilar fibras vegetales para crear un tejido suave era un concepto de una dimensión completamente ajena.
Sin embargo, la paz de su tarde no duraría mucho.
Un crujido violento de maleza rompiéndose al final del sendero alertó a los sentidos de Mei. No era la pisada calculada de un felino, ni el andar pesado pero rítmico de un guerrero. Eran pasos apresurados, torpes y cargados de una hostilidad histérica.
Mei detuvo el huso en el aire, atrapándolo con una mano, y levantó la mirada almendrada.
Desde el bosque emergió Talia. La hembra zorro ya no lucía la gracia impecable de la noche anterior. Su costosa túnica de zorro blanco estaba ligeramente desalineada, su cabello pelirrojo estaba despeinado por las ramas del camino y sus ojos verdes destilaban un odio tan puro que parecía quemar la hierba a sus pies. Venía acompañada por Maya y otra hembra de la tribu, quienes se mantuvieron un paso atrás, cruzadas de brazos, actuando como soporte muscular.
Talia avanzó hasta quedar a tres metros de la roca de Mei. Su pecho subía y bajaba con violencia debido a la rabia contenida desde el banquete.
—¡Tú! ¡Maldita paria perezosa! —chilló Talia, su voz perdiendo toda la dulzura melodiosa que solía usar frente a los machos—. ¿Quién te crees que eres? ¿Qué clase de brujería barata estás usando para engañar a los guerreros?
Mei ni siquiera se levantó de su asiento. Mantuvo una postura relajada, apoyando el huso sobre sus piernas, y miró a Talia con una tranquilidad que enfureció aún más a la hembra zorro.
—No sé de qué estás hablando, Talia —respondió Mei, su voz un remanso de agua fría en comparación con el volcán de la otra—. Y si vienes a gritar a mi entrada, te sugiero que moderes tu tono. No soy tu sirvienta ni formo parte de tu nido.
—¡No te hagas la inocente! —bramó Talia, dando un paso más, sus uñas, que terminaban en sutiles garras de zorro, arañando el aire—. Ayer en el banquete humillaste a Boran. Lo rechazaste frente a toda la tribu y frente a los invitados leones. Boran no durmió en toda la noche; se quedó vigilando el fuego, pronunciando tu maldito nombre y maldiciendo entre dientes. ¡Él iba a ser mi primer esposo! ¡Me prometió su lealtad antes del invierno! Y ahora por tus trucos sucios, él ni siquiera me mira a la cara.
Mei soltó un suspiro cansado, frotándose el puente de la nariz. "Dramas de harén primitivo", pensó con fastidio.
—Talia, déjame aclararte algo para que tu mente de zorro pueda procesarlo con calma —dijo Mei, levantándose finalmente, mostrando su figura esbelta y una estatura que, gracias a su postura recta, intimidó sutilmente a las intrusas—. Yo no humillé a Boran. Él se humilló solo al arrastrarme por la plaza hace dos días, y se volvió a humillar ayer al traerme una fruta que claramente te correspondía a ti. Yo no quiero a Boran. No me interesa su carne, no me interesa su fuerza y, ciertamente, no lo quiero en mi cueva. Te lo regalo con todo y sus pulgas de oso. Puedes tenerlo entero para ti.
Maya, la hembra jabalí, intervino con un gruñido. —¡Mientes! Si no lo quisieras, no te habrías lavado la cara ni te habrías puesto esas tiras de cuero para mostrar el cuerpo. Lo hiciste para provocarlo, porque sabías que él prefiere a Talia. Eres una muerta de hambre que no sabe hacer nada más que robar el trabajo de los demás.
Mei giró sus ojos almendrados hacia Maya, su mirada volviéndose tan afilada como un bisturí. —Me lavé la cara porque no soy un animal que disfruta vivir en el lodo, Maya. Y si creen que mi valor como hembra depende de si un oso rústico me mira o no, están muy equivocadas. Estoy ocupada asegurando mi supervivencia. Así que les pido que den media vuelta y se larguen de mi claro.
Talia, cegada por la humillación de ver que Mei la trataba con total desdén e indiferencia, miró hacia la roca donde Mei tenía el huso y el manojo de fibras textiles de ortiga.
—¿Y qué es esta basura? —escupió Talia, avanzando rápidamente y lanzando una patada hacia el cuenco de madera de Mei, esparciendo algunas de las fibras limpias por el suelo polvoriento—. ¿Hierbas raras? ¿Hilitos de perezosa? No eres más que una loca que morirá de frío. ¡Te enseñaré a respetar a la hembra más hermosa de la tribu!
Talia levantó la mano, con las garras extendidas, dispuesta a cruzar el rostro de porcelana de Mei para arruinar la belleza que le estaba robando su atención.
Sin embargo, Mei no era la antigua Lin Mei que se encogía ante la violencia. Su entrenamiento en el mundo moderno incluía reflejos rápidos y, además, el cuerpo de bestia que ahora poseía reaccionó con la velocidad del rayo.
Antes de que la garra de Talia pudiera acercarse a un centímetro de su piel, Mei dio un paso lateral evasivo, atrapó la muñeca de Talia con un agarre de hierro y, utilizando el propio impulso de la hembra zorro, le propinó un tirón seco hacia adelante mientras metía el pie.
El resultado fue inmediato y desastroso para la intrusa. Talia volvió por el aire un breve segundo antes de estrellarse de cara contra el suelo de tierra y ceniza, justo al lado de la pila de leña. Su hermosa túnica de zorro blanco se cubrió instantáneamente de polvo negro y tierra sucia, y su peinado decorado con plumas quedó completamente destrozado.
—¡Ah! ¡Talia! —gritaron Maya y la otra hembra, corriendo a auxiliarla, horrorizadas por la demostración de fuerza física y técnica de la paria.
Talia se levantó apoyando las manos en la tierra, escupiendo polvo y mirándose la túnica blanca ahora arruinada. Su rostro estaba rojo de furia y vergüenza. —¡Tú... tú me golpeaste! ¡Le diré al jefe Gorik! ¡Te desterrarán de la tribu!
Mei se limpió las manos con total calma, recogiendo el huso del suelo sin rastro de agitación en su rostro. —Dile a quien quieras, Talia. Pero recuerda que el jefe Gorik estuvo aquí ayer y me prometió que mi cueva es territorio sagrado. Si vuelves a poner un pie aquí para tocar mis cosas o intentar ponerme una mano encima, no usaré solo tus manos para derribarte. Ahora, largo.
Talia, temblando de rabia y conteniendo las lágrimas de frustración, fue arrastrada por sus dos seguidoras sendero abajo. Mientras se alejaba, sus gritos e insultos se perdieron en la inmensidad del bosque.
Mei suspiró, arrodillándose para recoger las fibras de ortiga que se habían ensuciado con el polvo. —Qué pérdida de tiempo —refunfuñó—. Tengo que tejer un telar y estas niñas vienen a pelear por un oso que ni siquiera sabe lavarse los dientes.
Mientras sacudía el polvo de los hilos, una sombra familiar y colosal comenzó a proyectarse desde la parte superior de la roca que coronaba su cueva. Mei no se dio la vuelta; el aroma a sol de sabana y madera quemada ya le había advertido quién estaba allí.
—Tienes un gancho izquierdo bastante decente para ser una flor tan delicada, pequeña flor —ronroneó la voz profunda y divertida de Kaelen.
El león había estado sentado en la parte alta de la colina, observando toda la escena con los brazos cruzados y una enorme sonrisa de orgullo felino en sus labios perfectos. Ver a su futura hembra derribar a la "belleza" de los osos sin despeinarse había sido el mejor entretenimiento de su mañana.
zorra ? ¿ q animal ?