Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
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capitulo 9
Los siguientes tres días transcurrieron con una rutina que poco a poco comenzó a resultarle familiar.
Andrei despertaba temprano.
Desayunaba junto a Gael, quien siempre encontraba alguna excusa para retrasar unos minutos su salida y compartir una comida con él.
Después recorría parte de la mansión.
A veces la biblioteca.
A veces los jardines.
En ocasiones simplemente caminaba sin rumbo por los pasillos.
Pero invariablemente terminaba en el mismo lugar.
La cocina.
Madam Hattie aseguraba que era porque el destino lo guiaba hasta allí.
Elena afirmaba que era porque el olor de los postres recién horneados podía atraer hasta a un muerto.
Y Andrei sospechaba que ambas tenían razón.
—¡Mi negrito, llegaste justo a tiempo!
Aquella era la frase con la que solían recibirlo.
Y antes de que pudiera sentarse o siquiera saludar adecuadamente, Madam Hattie ya le había puesto algo entre las manos.
Una cesta de verduras.
Un cuchillo.
Masa.
Frutas.
Lo que fuera.
—Pica esto.
—Revuelve aquello.
—Amasa aquí.
—Prueba esto otro.
Al principio protestó.
Luego dejó de hacerlo.
Porque descubrió algo extraño.
Algo muy extraño.
Su cuerpo sabía qué hacer.
Cuando sostenía un cuchillo, sus manos encontraban el ritmo correcto.
Cuando amasaba, los movimientos surgían naturalmente.
Cuando decoraba algún pastel sencillo, sus dedos parecían recordar pasos que su mente desconocía.
Como si el cuerpo de Andrei conservara recuerdos que él no podía alcanzar.
—Perfecto.
La voz de Madam Hattie lo sacó de sus pensamientos.
La mujer observaba orgullosa unas pequeñas tartas que acababan de sacar del horno.
—Miren eso. Mi niño sigue teniendo buena mano para la cocina.
Andrei bajó la vista hacia su trabajo.
Las tartas realmente lucían bien.
Muy bien.
Sintió algo extraño en el pecho.
Un calor suave.
Ligero.
Agradable.
Era una sensación que no reconocía.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
Andrei tardó unos segundos en responder.
—Nada.
Pero sí era algo.
Porque en su vida anterior nadie lo felicitaba.
No por cosas pequeñas.
No por cosas simples.
Los elogios siempre estaban condicionados.
Debían ganarse.
Debían merecerse.
Y aun así rara vez llegaban.
Sin embargo, Madam Hattie parecía feliz cada vez que lograba algo.
Aunque fuera una simple bandeja de tartas.
Aunque fuera una masa bien amasada.
Aunque fuera cortar verduras sin lastimarse.
Y aquella felicidad sincera...
comenzaba a sentirse peligrosamente bien.
Tan bien que Andrei empezaba a buscarla sin darse cuenta.
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Mientras se encontraba cortando frutas para uno de los postres de Madam Hattie, la puerta de la cocina se abrió de golpe.
Un hombre alto y corpulento ingresó al lugar.
Tenía la piel del mismo tono cálido que la suya.
El mismo cabello oscuro.
Los mismos ojos.
Pero todo en él parecía más afilado.
Más masculino.
Más imponente.
La conversación en la cocina se detuvo por un instante.
Algunos empleados sonrieron.
Otros suspiraron aliviados.
Y como siempre, fue Madam Hattie quien rompió el silencio.
—¡Mi pedacito de masa!
La mujer abrió los brazos.
—¿Cómo te fue en el viaje?
El recién llegado sonrió.
—Mucho mejor ahora que huelo comida de verdad.
—Mentiroso.
—Y muy guapo también.
—Eso sí te lo concedo.
Las risas llenaron nuevamente la cocina.
Entonces la mujer señaló hacia una de las mesas.
—¿Viniste a buscar a mi negrito? Lo tengo por aquí trabajando.
El hombre giró la cabeza.
Sus ojos encontraron inmediatamente a Andrei.
Y todo su cuerpo se tensó.
Durante un segundo pareció incapaz de moverse.
Como si estuviera verificando que lo que veía era real.
Luego cruzó la cocina en apenas unos pasos.
—¡Andrei!
Y antes de que pudiera reaccionar, unos brazos enormes lo envolvieron.
Andrei soltó un sonido ahogado.
El abrazo era tan fuerte que apenas podía respirar.
—¡V-Voy a morir!
—Estás vivo.
La voz del hombre sonó extrañamente quebrada.
—Maldición, estás vivo.
El abrazo se apretó todavía más.
—Víctor —regañó Madam Hattie—. Si lo rompes, Gael me va a matar.
Algunas carcajadas recorrieron la cocina.
Pero el hombre tardó varios segundos más en soltarlo.
Cuando finalmente lo hizo, tenía los ojos ligeramente enrojecidos.
Andrei lo observó confundido.
Había cariño.
Muchísimo cariño.
Y también alivio.
Como si aquella persona hubiera estado cargando un peso enorme durante meses.
—¿Quién... eres?
El silencio cayó nuevamente.
Víctor parpadeó.
La sonrisa desapareció.
Y entonces recordó.
La pérdida de memoria.
—Cierto.
Suspiró profundamente.
—Lo olvidé.
Se pasó una mano por el rostro antes de volver a mirarlo.
Esta vez con una sonrisa más suave.
—Soy Víctor Macías.
Se inclinó un poco y apoyó una mano sobre su cabeza.
—Tu hermano mayor.
Y por primera vez desde que llegó a aquel mundo...
Andrei comprendió exactamente por qué Gael había dicho que aquel hombre regresaría tan pronto como pudiera.
Porque era evidente.
Víctor habría cruzado medio continente si eso significaba volver a ver a su hermano despertar.
Víctor terminó arrastrándolo fuera de la cocina con la misma facilidad con la que un adulto mueve a un niño.
—Vamos. Padre está esperándonos para tomar el té.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
—Pero estoy ayudando.
—Madam Hattie lleva sobreviviendo sin ti veinte años.
—¡Veinte años y un día más no me harán daño! —gritó la mujer desde el otro lado de la cocina.
Las carcajadas acompañaron a los hermanos mientras abandonaban el lugar.
Durante el camino, Víctor no soltó el hombro de Andrei ni una sola vez.
Como si necesitara asegurarse de que realmente estaba allí.
Como si todavía temiera despertar y descubrir que todo había sido un sueño.
Cuando llegaron al jardín, Gael ya los esperaba bajo una pérgola cubierta de flores.
Habían preparado té, pasteles y algunas frutas.
Una escena sencilla.
Familiar.
Y extrañamente acogedora.
—Mira nada más quién decidió aparecer —dijo Gael al ver a su hijo mayor.
—Yo también me alegro de verte, viejo.
—¿Viejo?
—Anciano entonces.
—Víctor.
—Padre.
Andrei observó la discusión en silencio.
Era evidente que ninguno hablaba en serio.
Y por primera vez entendió algo.
Aquellos dos hombres realmente se querían.
Después de servir el té, la conversación giró inevitablemente hacia el incidente.
Víctor dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Sigo pensando que no debí aceptar ese viaje.
—No podías saber lo que iba a ocurrir —respondió Gael.
—No importa.
El hombre apretó la mandíbula.
—Si hubiera estado aquí, no habría dejado que esos malnacidos se acercaran a Andrei.
El ambiente se volvió más serio.
—Víctor...
—Lo digo en serio.
Miró a su hermano.
—Como mínimo les habría cortado el pene.
El silencio duró exactamente dos segundos.
Y luego Andrei soltó una carcajada.
Una carcajada real.
Espontánea.
Tan inesperada que él mismo se quedó sorprendido.
Víctor sonrió inmediatamente.
Gael también.
Y antes de que se dieran cuenta, los tres estaban riendo.
La tensión desapareció por unos instantes.
Como si jamás hubiera existido.
Gael observó a su hijo mientras este intentaba recuperar el aliento.
Era la primera vez que lo veía reír desde que despertó.
La primera vez.
Y aquella pequeña escena hizo que algo se aflojara dentro de su pecho.
Porque durante días había visto a Andrei esforzarse.
Sonreír por educación.
Intentar adaptarse.
Pero siempre había una sombra detrás de sus ojos.
Siempre estaba alerta.
Siempre parecía esperar que algo malo ocurriera.
Ahora seguía allí.
Gael podía verlo.
Su hijo todavía se sobresaltaba con facilidad.
Todavía observaba demasiado las reacciones de los demás.
Todavía mantenía cierta distancia incluso cuando intentaba acercarse.
Pero aquella risa...
Aquella risa había sido real.
Y por primera vez desde que despertó del coma, Gael se permitió pensar que tal vez...
solo tal vez...
su niño estaba comenzando a regresar.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo