Una historia de amor, odio y venganza
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Todo se quema
Mentiste.
Valentina pronunció esa palabra en el ático de Salamanca una semana después de su visita a la cárcel. No pudo seguir guardando el secreto. No pudo seguir fingiendo que los mensajes de WhatsApp no existían, que Dante no la había planeado como una pieza más en su tablero de ajedrez. Lo intentó. Quemó las pruebas, sí. Pero las pruebas no estaban en el papel quemado. Estaban en su cabeza, repitiéndose cada noche como un disco rayado.
Dante estaba en la cocina, preparando café con una mano —el brazo derecho aún en cabestrillo—. Al oírla, se giró lentamente.
—¿De qué hablas?
—De esto. —Valentina sacó su móvil y le mostró una captura de pantalla que había guardado antes de quemar los mensajes. No era el original, pero contenía las frases clave: "Hacer que se enamore de mí... usarla como carnaza... cuando esto termine, ella es mía."
Dante palideció. Dejó la cafetera sobre la encimera y se apoyó en la nevera.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Tu padre. Me lo dio en la cárcel. Dijo que merecía saber la verdad. Que los cimientos podridos hunden cualquier casa.
—Mi padre es un manipulador —respondió Dante, con la voz tensa—. Te mostró eso para separarnos. Para que desconfiaras de mí y volvieras a odiarme. Es su única arma.
—¿Y lo es? —preguntó Valentina, avanzando hacia él—. ¿Es mentira? ¿No escribiste esos mensajes? ¿No planeaste desde el principio hacerme creer que me querías para poder usarme?
Dante cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.
—Los escribí. Fue antes de conocerte de verdad. Para mí eras un nombre, un expediente, una herramienta. Pero luego te vi en la gala. Luego bailamos. Luego me contaste lo de tu madre y sentí algo que no había sentido desde que murió la mía. No sé cómo explicarlo. Los planes se rompieron. Las mentiras dejaron de funcionar. Yo dejé de funcionar.
—Pero no me lo dijiste —insistió ella, con la voz quebrada—. Seguiste fingiendo. Seguiste besándome como si fuera verdad cuando la mitad de esos besos eran estrategia.
—Al principio, sí. Pero luego...
—¡No hay luego, Dante! —gritó Valentina, y las lágrimas que había contenido durante semanas rompieron por fin—. El daño está hecho. Cada vez que me tomaste de la mano, cada vez que me dijiste "confía", cada vez que me abrazaste en la cabaña... una parte de ti estaba calculando el beneficio. ¿Cómo voy a saber cuándo dices la verdad? ¿Cómo voy a dormir a tu lado sin preguntarme si esto es real o es otra misión?
Dante se acercó a ella. Quiso tocarla, pero ella retrocedió.
—Déjame explicarte...
—No quiero explicaciones. Quiero que me digas una cosa, solo una, y que sea verdad. —Valentina levantó la cabeza y lo miró a los ojos—. Cuando te lanzaste delante de la bala de Renato... ¿lo hiciste por mí o por tu plan?
Dante se quedó en silencio. Un segundo, dos, tres. El silencio se alargó hasta hacerse insoportable.
—No lo sé —respondió al fin, y su voz era tan frágil que parecía a punto de romperse—. En ese momento no pensé. Solo me moví. Pero ahora, pensándolo fríamente... no sé si fue amor o fue instinto de posesión. Porque eso es lo que soy, Valentia. Un Montenegro. No sé querer sin poseer. No sé dar sin esperar algo a cambio.
Valentina asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Como si hubiera necesitado oírla para tomar la decisión que ya había tomado.
—Entonces no hay nada que hacer —dijo—. El amor no puede vivir donde hay dudas. Y tú y yo somos una duda constante.
Caminó hacia el dormitorio, cogió su mochila y empezó a meter sus cosas. Dante la siguió, con el brazo colgando inútilmente.
—¿Te vas?
—Me voy.
—¿Adónde?
—Lejos. No lo sé. A algún sitio donde nadie me haya mentido.
—¿Y tu padre? Gabriel está aquí. Necesita tiempo contigo.
—Mi padre puede venir conmigo. O puede quedarse. No voy a sacrificar mi vida por cuidar de nadie más. Ya lo hice durante diez años.
Dante se sentó en el borde de la cama. El dolor del hombro ya no era físico; era otro tipo de dolor, más profundo, más antiguo.
—¿Y si te pido que te quedes? —preguntó, con la voz en un hilo.
—Entonces te mentiría diciéndote que sí. Y no quiero mentirte. Tú ya mentiste bastante por los dos.
Terminó de hacer la mochila en silencio. Dante no la ayudó. No podía. No con las manos atadas por la culpa y el cabestrillo.
En la puerta del ático, Valentina se detuvo.
—Una cosa —dijo, sin volverse—. Lo de la cabaña... aquella noche que hablamos de nuestros muertos... eso fue real. Al menos para mí. Y quiero quedarme con ese recuerdo. No con los mensajes, no con los planes. Con esa noche. ¿Puedo?
—Puedes con lo que quieras —respondió Dante, desde la cama—. Yo ya no tengo derecho a pedir nada.
Valentina abrió la puerta. Antes de cruzarla, murmuró:
—Adiós, Dante.
—Adiós, Valentina.
La puerta se cerró con un clic suave. Dante se quedó solo en el ático, con el café frío en la cocina y las cortinas cerradas. El silencio era ensordecedor. Cogió el móvil y marcó el número de Lucas.
—Se ha ido —dijo, sin preámbulos.
—¿Quién?
—Valentina. Se ha enterado de lo de los mensajes. Papá se lo contó.
Al otro lado de la línea, Lucas suspiró.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Ahora voy a quemarlo todo. El ático. Los recuerdos. Todo lo que me ate a ella. Si no puedo tenerla, al menos no quiero vivir en un museo de lo que perdí.
—Eso no es sano, Dante.
—Lo sé. Pero los Montenegro no sabemos hacer las cosas de forma sana.
Colgó. Recorrió el ático con la mirada: las sábanas donde habían dormido juntos, la taza de la que ella bebía café, la chaqueta roja que había dejado olvidada en el respaldo de una silla. Fue a la cocina, abrió el gas de la vitrocerámica y acercó un mechero. La llama prendió enseguida, lamiendo los trapos de cocina, extendiéndose a las cortinas.
No llamó a los bomberos. Se limitó a salir por la puerta, bajar las escaleras y sentarse en el portal mientras el edificio se llenaba de humo. Los vecinos gritaban. Las sirenas sonaban a lo lejos. Dante miraba las llamas a través de los cristales del último piso y sonreía.
—Todo se quema —murmuró—. Como el coche de tu madre. Como mi infancia. Como nosotros.
Un bombero lo apartó de la puerta. Una ambulancia lo envolvió en una manta térmica. Él no resistió. Se dejó hacer, vacío, liviano.
Tres kilómetros más lejos, en el asiento trasero de un taxi camino al aeropuerto, Valentina sintió una punzada en el pecho. Miró por la ventanilla y vio una columna de humo elevándose hacia el cielo gris de Madrid.
—¿Qué es eso? —preguntó al taxista.
—Un incendio, por lo que veo. En la calle Salamanca.
Valentina cerró los ojos. No lloró. Ya había llorado demasiado.
—Siga —dijo—. No mire atrás.
El taxi avanzó hacia la autopista. Detrás, el ático de los sueños rotos ardía hasta los cimientos.
Dante Montenegro perdió esa noche su casa, sus recuerdos y lo poco que le quedaba de alma. Pero ganó algo que nunca había tenido: la certeza de que había amado de verdad. Aunque fuera tarde. Aunque fuera mal. Aunque el fuego lo hubiera consumido todo.