Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 9: Castigos compartidos
El problema no era el castigo.
Era que ya empezaba a parecer rutina.
—Esto es preocupante —murmuró Allegra, cruzada de brazos frente a la puerta de la oficina del director—. Dos días, dos visitas. Estoy rompiendo récords.
Maeve la miró con el ceño fruncido.
—Eso no es algo de lo que deberías estar orgullosa.
—No estoy orgullosa.
—Lo parece.
—Estoy… impresionada.
Maeve suspiró.
—Allegra.
—Maeve.
—Intenta no empeorar las cosas.
Allegra sonrió.
—Siempre lo intento.
—No, no lo haces.
—Bueno… a veces.
La puerta se abrió.
Rowan salió primero.
Allegra levantó una ceja.
—Vaya, puntual.
—Siempre.
—Mentiroso.
—Un poco.
Maeve miró entre ambos.
—¿Ustedes dos…?
—No —respondieron al mismo tiempo.
Silencio.
Maeve parpadeó.
—Ok…
Desde dentro, una voz llamó:
—Señorita Vance.
Allegra respiró hondo.
—Deseame suerte.
—La necesitas.
—Lo sé.
Entró.
Cinco minutos después, Allegra salió.
Expresión neutra.
Demasiado neutra.
Maeve se acercó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Allegra caminó sin detenerse.
—Digamos que… el internado está muy interesado en mi desarrollo personal.
—Eso suena mal.
—Lo es.
Rowan la alcanzó.
—¿Qué te dieron?
Allegra lo miró.
—Trabajo comunitario.
—¿Dónde?
—Biblioteca.
Rowan asintió.
—No es tan terrible.
Allegra se detuvo.
—¿Te parece poco terrible?
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Invernadero otra vez.
Allegra hizo una mueca.
—Tienes razón. La biblioteca suena como un lujo.
Maeve los miró.
—¿Van juntos?
Allegra y Rowan se miraron.
—Sí —dijo él.
—Claro —añadió ella.
Maeve levantó las manos.
—No voy a preguntar.
—Sabia decisión —dijo Allegra.
La biblioteca era… silenciosa.
Excesivamente silenciosa.
El tipo de silencio que te hace consciente hasta de tu respiración.
—Esto es peor que la falta de WiFi —susurró Allegra.
—No hables —respondió Rowan, en el mismo tono bajo.
—Estoy susurrando.
—Sigue siendo hablar.
—Eres insoportable.
—Eficiente.
Una mujer mayor levantó la mirada desde el escritorio.
—Silencio.
Ambos asintieron.
Allegra esperó cinco segundos.
—¿Qué tenemos que hacer? —susurró.
Rowan señaló una pila de libros.
—Ordenarlos.
Allegra miró la pila.
Luego las estanterías.
Luego otra vez la pila.
—No.
Rowan tomó un libro.
—Sí.
Allegra lo observó.
—Esto es castigo psicológico.
—Funciona.
—No para mí.
—Ya veremos.
Silencio.
Real.
Pesado.
Allegra tomó un libro.
Lo abrió.
Lo cerró.
Lo volvió a abrir.
—¿Quién lee esto? —susurró.
—La gente.
—Qué concepto.
Rowan no respondió.
Allegra lo miró.
—¿Siempre eres tan callado?
—Aquí sí.
—Eso explica mucho.
—¿Qué cosa?
—Que nadie te odie.
—No es un objetivo.
—Debería serlo. Hace la vida más interesante.
Rowan colocó un libro en la estantería.
—Tú lo haces suficiente por ambos.
Allegra sonrió.
—Gracias.
—No fue un halago.
—Lo tomo como uno.
Silencio otra vez.
Pero menos incómodo.
—Oye —susurró Allegra después de unos minutos—. Lo de antes…
Rowan no levantó la vista.
—¿Qué?
Allegra dudó.
Raro.
—Nada.
Rowan la miró.
—Dilo.
—No.
—Entonces no empieces.
Allegra rodó los ojos.
—Eres muy directo.
—Funciona.
—A veces no.
—A veces sí.
Silencio.
Allegra tomó otro libro.
—Era de mi padre —dijo de pronto.
Rowan se detuvo.
—¿Qué?
—El mensaje.
Rowan no habló.
Esperó.
—No era nada importante —añadió ella rápidamente—. Solo… trabajo.
—No parecía.
Allegra lo miró.
—No tienes que analizar todo.
—No lo hago.
—Lo haces.
—Un poco.
Allegra suspiró.
—Solo… no importa.
Silencio.
Rowan volvió a colocar un libro.
—Entonces no lo menciones.
Allegra frunció el ceño.
—Esa es tu solución para todo.
—Funciona.
—No para mí.
Rowan la miró.
—Entonces encuentra otra.
Silencio.
Pero esta vez… más denso.
Allegra bajó la mirada al libro en sus manos.
—Antes no era así —murmuró.
Rowan no respondió.
Pero no se fue.
—Todo era más… fácil —continuó ella—. No tenía que pensar tanto.
—Y ahora sí.
—Y ahora sí.
Silencio.
La mujer del escritorio los miró de nuevo.
—Silencio —repitió.
Ambos asintieron.
Allegra bajó la voz aún más.
—Odio pensar.
Rowan dejó escapar una leve sonrisa.
—Se nota.
Allegra lo miró.
—No te burles.
—No lo hago.
—Lo haces un poco.
—Tal vez.
Un pequeño silencio.
Más ligero.
—Esto es raro —dijo Allegra.
—¿El qué?
—Hablar contigo.
—No estamos hablando.
—Estamos susurrando.
—Sigue siendo hablar.
—Exacto.
Rowan la observó.
—Podrías no hacerlo.
Allegra sonrió.
—Pero quiero.
Silencio.
Pero esta vez… cómodo.
Sorprendentemente cómodo.
—Oye —dijo ella después de unos minutos—.
Rowan levantó la vista.
—¿Sí?
Allegra lo miró.
—No eres tan terrible.
Rowan arqueó una ceja.
—Gracias… creo.
—No te acostumbres.
—No lo haré.
Allegra volvió a su libro.
—Bien.
Trabajaron en silencio el resto del tiempo.
Pero ya no era pesado.
Ya no era incómodo.
Era… diferente.
Y cuando terminaron, y salieron al pasillo, Allegra se dio cuenta de algo.
Algo pequeño.
Pero importante.
—Esto no fue tan horrible —dijo.
Rowan la miró.
—Progreso.
Allegra sonrió.
—No lo digas en voz alta. Podría arruinarlo.
—Lo arruinarás tú sola.
—Probablemente.
Silencio.
Pero con una sonrisa.
Y eso… era nuevo.