El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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¿LIBRES?
...Reino de Norvak ...
El rubio hacía pequeños trucos con una moneda que los rufianes no lograron encontrarle cuando lo revisaron. La hacía desaparecer entre los dedos, la pasaba de una mano a otra con movimientos mínimos, casi invisibles. A veces aparecía detrás de la oreja. Otras, entre los nudillos. Como si siempre hubiera estado ahí.
Kael lo miraba sin parpadear.
Por un instante —solo uno— sus ojos dejaron de verse apagados. Brillaron.
—¿Sabes trucos de magia? —preguntó en voz muy baja.
El rubio giró la cabeza hacia él. Lo evaluó un segundo.
—Sé algunos.
Eso bastó.
Kael se enderezó un poco. Apenas, pero fue suficiente. Sus labios se entreabrieron, expectantes.
Erian los observaba desde su lugar.
No por el truco. No por la moneda.
Lo miraba porque Kael había hablado.
Kael casi nunca hablaba. No con extraños. A veces con él. A veces con la pelirroja. Nadie más.
El rubio colocó la moneda sobre el dorso de su mano.
—Mira bien —le dijo al niño.
Cerró el puño despacio. Demasiado despacio. Cuando volvió a abrir la mano, la moneda ya no estaba.
Kael contuvo el aire.
—¿Dónde está…? —susurró.
El rubio chasqueó los dedos.
La moneda cayó al suelo, rodando hasta quedar justo entre los pies de Kael.
El niño sonrió.
Sonrió de verdad.
Kael en ese momento sintió algo extraño en el pecho. Breve. Doloroso.
No duró.
Un sacudón violento hizo crujir la carreta. La puerta se abrió de golpe y dos hombres fueron arrojados adentro, chocando contra los cuerpos ya apretados.
—Más… —murmuró el rubio con fastidio, guardándose la moneda—. A este paso, no saldremos nunca.
—Ya bajarán la guardia —dijo Erian—. Solo hay que esperar.
El rubio soltó una risa seca.
—No tengo paciencia. Recoger estiércol fue mi límite.
Los recién llegados cayeron sentados. Uno tenía un ojo de vidrio. El otro no tenía los dos dedos del centro en la mano izquierda. Erian los observó con atención, memorizándolos sin saber por qué.
—Te dije que no debíamos abandonar Zayon —gruñó el del muñón—. Míranos ahora. Esclavos en un reino que permite estas cosas.
—Zayon no tardará en permitirlo también —respondió el otro—. Acabaron con toda la familia real.
El cuerpo de Erian se tensó de golpe.
¿Toda?
—Seguro fue obra de la mano rey —continuó el hombre—. Es el único que sigue vivo, qué conveniente. Ahora dice que no sabe quién mató a los príncipes ni a su hermana… y nombraron rey al duque Sorak.
Ni a su hermana.
Las palabras no se quedaron en la cabeza de Erian. Le cayeron encima.
Sintió el golpe en el pecho. El pulso se le disparó y tuvo que inclinarse un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
Miró a Kael.
Kael había escuchado todo.
Erian levantó un dedo y se lo llevó a los labios. Despacio. Pidiéndole silencio. Kael asintió… pero una lágrima se le escapó sin hacer ruido.
—Aún no entiendo cómo el trono lo aceptó —siguió el hombre—. ¿Quién diría que ese infeliz tenía sangre real?
¿Sangre real?
¿De dónde?
Kael empezó a temblar.
Erian no lloró.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la piel. Bajó la cabeza. Apoyó la frente sobre sus manos.
Su madre no iba a volver.
Eso solo significaba que habían dejado de buscarlos. No habría regreso. No había reino esperando por ellos.
Aunque escaparan… Zayon ya no existía para ellos.
Y si regresaban, los matarían.
Todo lo que había sido suyo estaba perdido.
Sin ayuda.
Sin magia.
La carreta quedó en silencio. Nadie habló después de eso. Solo el crujir de la madera al avanzar y el respirar cansado de los esclavos.
La pelirroja fue la primera en notarlo.
Se acercó sin llamar la atención.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Erian levantó apenas la mirada. Sus ojos estaban opacos. Cerrados por dentro.
—Sí —dijo—. Solo… pienso.
No explicó más.
Ella entendió. No insistió. Pero al volver a su lugar, miró a Kael.
El niño estaba encogido, abrazándose a sí mismo. La cabeza baja. Los hombros rígidos. No lloraba. Respiraba mal. Como si el aire le pesara demasiado.
La pelirroja se acercó despacio.
—Kael… —susurró.
El niño levantó el rostro. Tenía los ojos rojos y tampoco dijo nada.
Ella se sentó junto a él y abrió un poco los brazos. Kael dudó apenas un segundo antes de lanzarse hacia ella, aferrándose con fuerza, escondiendo la cara en su ropa sucia.
Ella lo rodeó con cuidado. Como si pudiera romperse.
—Está bien… —le murmuró—. Ya pasó… ya pasó.
No era verdad.
Pero Kael no respondió. Solo se aferró más.
Desde su lugar, Erian los vio.
No se movió. No fue hacia ellos.
Cerró los ojos un instante.
Habían perdido a su madre.
Y nadie más debía saberlo.
...****************...
—Así que tenemos aquí al mismísimo heredero al trono de Zayon —comentó el rubio, sin dejar de trabajar—. El príncipe Erian.
Erian no levantó la vista. Siguió golpeando la piedra como si nada.
Los habían separado del resto para rebajar el muro.
Erian clavó la herramienta otra vez.
Y otra.
Como si no hubiera escuchado nada.
—No sé de qué hablas —dijo, sin emoción.
El rubio soltó una risa baja, apenas un sonido.
—Tal vez los demás no lo noten —continuó—. Pero yo sí. Se cosas. Lo que dijeron esos dos nuevos te golpeó fuerte. Intentaste ocultarlo… —hizo una pausa breve—. Pero tu hermanito no pudo.
Erian apretó los dientes. El siguiente golpe fue más violento. La piedra cedió un poco, arrancando un trozo irregular.
—No sé de qué carajo hablas.
—Ah —murmuró el rubio—. Eso no sonó muy real.
Erian giró apenas la cabeza. Solo lo suficiente para mirarlo de reojo.
—¿Qué quieres?
—Confirmar algo.
Silencio.
El muro seguía ahí. Inmóvil. Indiferente. Los golpes de otras herramientas resonaban lejos, apagados, como si vinieran de otro mundo.
Erian volvió a hablar sin mirarlo.
—Ya lo sabes.
El rubio alzó una ceja.
—Entonces… ¿vas a volver por tu trono?
Erian se quedó quieto.
Solo un segundo.
El polvo cayó despacio entre sus pies.
Luego volvió a golpear.
—Eso creía —dijo—. Pero si ya tomaron el poder… y la magia… —tragó saliva—. No hay forma. Si lo intento, esta vez sí nos matarán.
Erian continuó golpéanos el muro.
—Si escapamos —dijo el rubio—, puedo ayudarte.
Erian frunció el ceño.
—Un ejército —continuó él—. No ahora. No rápido. Pero con tiempo. En secreto. No recuperarás el trono mañana… pero algún día.
Erian negó con la cabeza sin detener el trabajo.
—No me interesa tu ayuda. La de nadie.
—Es lo único que tienes —insistió el rubio.
Erian se detuvo.
Esta vez sí se giró por completo.
—¿Y tú qué ganas?
El rubio sonrió apenas. Se limpió el sudor del cuello con el antebrazo y llevó una mano al pecho en una reverencia burlona.
—El favor de un rey.
Erian soltó una risa breve. Sin humor. Amarga.
—No hagas eso. — Lo regañó Erian. — Ni siquiera podemos salir vivos de este lugar.
—Oh, pero lo haremos —respondió el rubio, seguro—. Y cuando eso pase… recuperarás lo que es tuyo.
Sonrió.
Erian no devolvió el gesto.
Apartó la mirada, levantó la herramienta y volvió a golpear el muro.
No dijo nada más.
Pero el eco de esas palabras se le quedó clavado en el pecho.
Como una promesa.
O una amenaza.
...****************...
Pasaron días.
Nadie los contó en voz alta. Se quedaron pegados al cuerpo, uno encima de otro.
La pelirroja fue la primera en romper el silencio.
—Hoy es el día —susurró.
No levantó la voz. No hizo falta. Había algo firme en su tono, algo que no dejaba espacio para dudas.
El rubio se incorporó todo lo que las cadenas se lo permitieron. El metal protestó con un rechinido bajo. Demasiado alto para el gusto de todos.
Erian se tensó al instante. Sintió cómo el estómago se le cerraba,
—¿Estás segura, Roja? —preguntó el rubio—. Si te equivocas…
—No me equivoco —lo cortó ella.
Tragó saliva antes de continuar.
—Ya no nos miran igual. Están ebrios y distraídos… —desvió la mirada un segundo, hacia la otra carreta—. Y aunque me duela decirlo… en unos minutos vendrán por ella.
La otra mujer.
La distracción.
—Ese será el momento —continuó—. Cuando estén ocupados. Cuando crean que ya ganaron.
Erian miró al rubio.
El rubio lo miró a él.
No hicieron falta palabras. No en ese punto.
Ambos asintieron.
Entonces, desde el fondo de la carreta, se acercaron los otros dos.
El del ojo de vidrio.
Y el que no tenía los dedos.
—Esperaremos con ustedes —dijo el del ojo de vidrio.
El rubio negó de inmediato.
—No —respondió—. Si somos demasiados, nos descubrirán.
El hombre dio un paso más. Su voz bajó. Se volvió peligrosa.
—Nosotros también vamos —dijo—. O ahora mismo su plan se viene abajo.
El aire se tensó. Como una cuerda a punto de romperse.
Erian apretó los puños.
—Tranquilo, hermano —intervino el de los muñones, con una sonrisa cansada—. No hace falta pelear con quienes nos están dando una oportunidad de seguir respirando.
El rubio miró a Erian.
Buscando una decisión.
Erian desvió la mirada.
No dijo que sí.
No dijo que no.
El rubio cerró los ojos un segundo. Apretó los dientes.
No tenía opción.
Si los dejaban atrás, podían hablar.
Y si hablaban, todo terminaba ahí.
—Está bien —cedió—. Pero hagan exactamente lo que se les diga.
Nadie respondió.
A lo lejos, se escucharon risas. Golpes de cartas contra la mesa. Voces arrastradas por el alcohol.
Y el tiempo.
El tiempo empezó a correr en su contra.
Los rufianes se acercaron a la otra carreta entre empujones y carcajadas. Discutían por quién sería el primero. Uno tropezó con una piedra y casi cayó, riéndose como idiota antes de escupir al suelo.
—Apúrense —gruñó otro—. Antes de que se nos duerma.
Era eso.
La pelirroja tensó las cadenas con cuidado, tal como habían ensayado en silencio durante días. El rubio sacó el clavo flojo que llevaba horas debilitando, moviéndolo apenas, como si respirara con él.
Y entonces—
CRACK.
El sonido fue seco.
Demasiado seco.
Demasiado claro.
Todo se detuvo.
El corazón de Erian se le subió a la garganta. Kael se pegó a su costado sin darse cuenta. Los rufianes callaron un segundo. Miraron alrededor.
—¿Escucharon eso? —preguntó uno.
El del ojo de vidrio dejó de respirar.
El rubio cerró los ojos.
Y el de los muñones, incapaz de evitarlo, murmuró:
—Genial… ni para romper algo sabemos ser discretos.
Erian le lanzó una mirada que podría haberlo matado.
Uno de los rufianes se acercó a la carreta y golpeó la madera con la bota.
—Ratas —escupió—. Siempre son ratas.
Se dio la vuelta y regresó con los otros.
El aire volvió de golpe a los pulmones.
El del ojo de vidrio soltó el aliento que había estado conteniendo.
—Si salimos de esta —susurró—, voy a cortarte el otro dedo yo mismo.
El de los muñones sonrió, tranquilo. Demasiado tranquilo.
—¿Ves? —murmuró—. Por eso siempre digo que el humor salva vidas.
La pelirroja los fulminó con la mirada.
—Silencio —susurró—. Ya empezó.
La pelirroja sintió un fuerte pesar por utilizar el dolor de la chica para escapar. Pero la realidadd es que no podia hacer nada por ella.
El rubio volvió a lo suyo. Usó el clavo para forzar el aro de la cadena. El metal resistió más de lo esperado.
—Vamos… —murmuró entre dientes.
—Si no se abre, lo muerdo —dijo el del ojo de vidrio.
—Con cuidado —respondió el de los muñones—. Yo no puedo ayudar mucho, como verán.
El aro cedió con un crujido breve.
Uno libre.
Luego otro.
Erian ayudó como pudo, sosteniendo las cadenas para que no sonaran. Las manos le temblaban. No de miedo.
De prisa.
La pelirroja se acercó a Kael y le cubrió la boca antes de que despertara del todo.
—Shh… —le susurró—. Todo está bien.
No lo estaba.
Pero Kael asintió y no hizo ruido.
Cuando estaban por soltar la última cadena, una carcajada fuerte estalló cerca.
—¡Eh! —gritó un rufián—. ¿Dónde dejé mi cuchillo?
Los cuerpos se congelaron.
—No se muevan —susurró Erian.
Los segundos se estiraron.
Pasos.
Luego otros alejándose.
—Lo encontró —murmuró el del ojo de vidrio.
—No cantes victoria —respondió el de los muñones—. Todavía respiramos de milagro.
Por fin, las cadenas quedaron sueltas.
El rubio los miró uno por uno.
—Ahora —dijo en voz apenas audible—. Como lo practicamos.
Uno a uno, comenzaron a deslizarse fuera de la carrera.
Por primera vez en días pensaron que podían ser libres.