En una ciudad gris donde la lluvia parece no terminar nunca, dos chicos completamente distintos terminan cruzando caminos en un instituto marcado por el silencio, los rumores y la soledad.
Kai es un joven reservado y rebelde que suele escapar al techo del colegio para tocar su guitarra lejos del ruido del mundo. Detrás de su actitud fría guarda heridas, secretos y una tristeza que casi nadie nota.
Noah, en cambio, parece más tranquilo y observador. Es nuevo, callado y diferente al resto. Desde el primer momento siente que hay algo extraño en Kai… algo roto, pero también auténtico.
Mientras ambos comienzan a acercarse lentamente bajo cielos grises y luces nocturnas de la ciudad, empiezan a ocurrir situaciones inquietantes: sombras observándolos, rincones oscuros del instituto y presencias que parecen seguirlos cuando cae la noche.
Entre música, lluvia, conflictos escolares y emociones que ninguno sabe expresar, Kai y Noah descubrirán que algunas personas llegan a tu vida justo cuando es
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Casi normal
Noah llegó temprano al departamento de Kai.
Más temprano de lo que había dicho.
No quería estar dando vueltas solo en su cuarto pensando en todas las formas en que esto podía salir mal.
Kai abrió la puerta con el pelo todavía húmedo y una remera vieja que tenía un agujero en la manga.
Lo miró de arriba abajo y sonrió apenas.
—Llegaste antes.
Noah se encogió de hombros al entrar.
—No tenía nada mejor que hacer.
—Mentira.
Kai cerró la puerta detrás de él.
—Seguro estabas ansioso.
Noah le tiró una almohada del sillón.
—Cállate.
El departamento estaba distinto con luz de día.
Se notaban las manchas en la pared, el desgaste del piso, pero también se notaba que Kai había ordenado un poco.
No había botellas a la vista.
No olía a alcohol.
Solo a café viejo y a suavizante barato.
Kai se dejó caer en el sofá y palmeó el lugar a su lado.
—Venís a ver una peli mala, ¿no?
Elegí una peor que la otra.
Noah se sentó, dejando la mochila en el suelo.
—Traje snacks.
No confío en tu heladera.
Kai rió bajo y agarró la bolsa de papas que Noah le extendió.
—Ofendido.
Yo cuido mis cosas.
—Sí, claro.
Noah agarró el control y se quedó mirando la lista de películas.
—Pusiste _Tiburón vs. Tornado_.
Sos un caso perdido.
—Exacto.
Por eso te va a gustar.
Kai se recostó, dejando la cabeza cerca de la rodilla de Noah.
—Es tan mala que da risa.
Noah le dio play sin discutir.
No le importaba la película.
Estar ahí, con Kai tirado a su lado como si fuera normal, ya era suficiente.
Pasaron los primeros veinte minutos riéndose de los efectos mal hechos y de los diálogos ridículos.
Kai comentaba todo en voz alta, imitando a los actores con un acento horrible.
Noah no paraba de reírse, más por él que por la película.
A la mitad, Kai se quedó quieto.
La broma se apagó de golpe.
Noah lo notó de inmediato.
—¿Estás bien?
Kai no respondió enseguida.
Se quedó mirando la pantalla, pero sus ojos no seguían la escena.
—Sí —dijo al final, bajo.
—Es que…
Hizo una pausa.
—Hace mucho que no tenía un día así.
Noah bajó el volumen con el control.
—¿Un día cómo?
—Tranquilo.
Kai se encogió de hombros.
—Sin gritos. Sin tener que pensar en qué va a pasar cuando abra la puerta.
Solo… esto.
Vos.
Una peli estúpida.
Noah sintió un nudo en la garganta.
No sabía qué decir que no sonara a lástima.
Así que se inclinó apenas y le dio un golpe suave en la pierna.
—Entonces no lo arruinemos hablando de cosas feas.
Kai lo miró de reojo y sonrió, esa sonrisa chiquita que solo le salía cuando estaba cómodo.
—Sos un romántico, ¿sabías?
—No seas dramático.
Noah subió el volumen otra vez.
—Seguí viendo cómo el tiburón se come al tornado.
Kai soltó una risa baja y se acomodó mejor.
Esta vez no se separó.
Se quedó ahí, con el hombro rozando la pierna de Noah.
La película terminó en desastre, como era de esperarse.
Kai la apagó riéndose y tiró el control a un lado.
—Odio decirlo, pero me gustó.
Noah se levantó y estiró la espalda.
—Porque no tenés buen gusto.
—Porque estabas vos —dijo Kai sin pensar.
Se quedó callado un segundo después de decirlo, como si se le hubiera escapado.
Noah fingió que no lo había oído.
Se agachó a recoger la bolsa de papas vacía.
Kai se levantó también y caminó hasta la cocina.
—No hay nada para comer.
Mi vieja no pasó por el súper.
—No importa.
Noah lo siguió.
—Con esto me alcanza.
Kai apoyó las manos en la mesada y lo miró de frente.
—Gracias.
En serio.
Noah frunció el ceño.
—Dejá de darme las gracias por todo.
—No puedo.
Kai sonrió apenas.
—Sos la única persona que se queda cuando podría irse.
Noah no supo qué responder.
Se quedó mirándolo, con el pecho apretado otra vez.
Kai siempre encontraba la forma de decir las cosas que lo desarmaban.
Para cortar el momento, Noah le dio un golpecito en el brazo.
—Vení.
Vamos a tocar algo antes de que me ponga sentimental.
Kai arqueó una ceja.
—¿Sentimental vos?
Eso sí que da miedo.
—Cállate y trae la guitarra.
Kai fue hasta el sillón y volvió con el instrumento.
Se sentaron en el suelo, espalda contra espalda, como la primera vez que tocaron en la azotea.
Kai empezó con unos acordes bajos, suaves.
Noah tarareó una melodía sin letra, dejando que la música llenara el espacio entre ellos.
No hablaron.
No hacía falta.
Por una tarde, el departamento de Kai no se sintió como una trampa.
Se sintió como un lugar donde podían respirar.
Cuando el sol empezó a caer, Noah se levantó para irse.
Kai lo acompañó hasta la puerta.
—No te vayas tan temprano mañana —dijo Kai bajo.
Noah sonrió.
—No prometo nada.
Kai asintió y apoyó la mano en el marco.
—Igual, vení.
Noah asintió también.
—Voy a venir.
Cerró la puerta detrás de él y bajó las escaleras con el pecho más liviano que en semanas.
Afueras, Montevideo seguía ruidosa, caótica, indiferente.
Pero por unas horas, él y Kai habían tenido algo que se sentía casi normal.
Algo pequeño.
Algo frágil.
Algo que valía la pena cuidar.
Y por primera vez, Noah no tenía miedo de intentarlo.