Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
NovelToon tiene autorización de Yingiola Macosay para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un reencuentro
Algunas tardes, cuando el sol atravesaba el ventanal y el murmullo bajaba, Amanda se sorprendía sonriendo sin motivo.
Era una sonrisa distinta, menos luminosa hacia afuera, más firme por dentro.
Sabía que había cambiado.
No se había vuelto más pequeña por elegir una vida sencilla. Se había vuelto más precisa.
A veces, alguien mencionaba la empresa, el escándalo, los nombres que una vez ocuparon titulares. Amanda escuchaba sin intervenir. Su silencio no era huida, era cierre. Había dicho todo lo que necesitaba decir cuando decidió irse.
La cafetería se convirtió en un punto fijo.
Un lugar donde no se preguntaba de dónde venían, sino si querías quedarte un rato.
Amanda entendió entonces algo esencial: no todos los finales son trágicos. Algunos son discretos, cálidos y necesarios.
Y mientras servía café, acomodaba libros y observaba la vida pasar por la ventana, supo que había construido algo que nadie podría arrebatarle.
No un negocio.
Un espacio propio.
Y eso, después de todo, era su verdadera victoria.
Amanda convirtió su vida casi en un ritual, no tenía vida social, no había salidas, no había cena. Como una vez lo hubo en su vida, salida con sus amigos, o más bien con compañeros de trabajo, de los cuales no volvió a saber nada de ellos.
Pero el tiempo o el destino siempre es impredecible, y se encarga de poner cada cosa en sugar.
Sofía no buscaba nada en particular aquella tarde.
Había cruzado la ciudad por una reunión que terminó antes de lo previsto y, sin prisa por volver, decidió caminar.
El barrio le era ajeno: calles tranquilas, fachadas con historia, una calma que contrastaba con el ritmo al que estaba acostumbrada. Pensó que un café no le vendría mal. Algo sencillo. Un lugar cualquiera.
Fue el ventanal lo que la detuvo.
No el diseño —modesto, honesto—, sino la sensación inexplicable de familiaridad. El letrero discreto, el pizarrón con una frase escrita a mano, la luz tibia del interior. Sofía dudó un segundo antes de empujar la puerta.
El sonido de la campanilla la acompañó al entrar.
Amanda estaba detrás de la barra, concentrada en preparar un café. Tenía el cabello recogido de manera informal, una blusa sencilla, las mangas arremangadas. Nada en ella recordaba a la mujer que Sofía había conocido en el mundo corporativo… y, sin embargo, todo lo hacía.
Sofía se quedó inmóvil.
Amanda levantó la vista por costumbre, con la sonrisa automática que regalaba a cada cliente. Pero esa sonrisa se detuvo a mitad de camino cuando sus ojos se encontraron con los de Sofía.
El tiempo se contrajo.
Durante un instante largo, ninguna habló. No porque no hubiera palabras, sino porque había demasiadas.
—Amanda… —dijo Sofía al fin, con la voz más baja de lo que esperaba.
Amanda parpadeó. Luego dejó la taza con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible.
—Sofía.
No hubo exclamaciones. No hubo abrazos inmediatos. Solo esa quietud cargada de recuerdos: risas compartidas en la oficina, confidencias en pasillos vacíos, miradas cómplices durante reuniones absurdas… y también silencios, distancias, la forma abrupta en que todo se había fracturado.
—No sabía… —empezó Sofía, señalando el lugar sin terminar la frase.
—Yo tampoco sabía que vendrías —respondió Amanda, con una serenidad que no fingía—. Pero pasa. Siéntate. --
Sofía eligió una mesa junto a la ventana. Amanda le llevó un café sin preguntarle cómo lo quería. Y Sofía sonrió al darse cuenta que lo había preparado exactamente como siempre.
—Nunca lo olvidaste —dijo, casi para sí misma.
—Algunas cosas no se olvidan —respondió Amanda.
Se miraron de nuevo, esta vez con más calma. Sofía observó el lugar: los libros, las mesas desparejadas, la gente que entraba y salía saludando a Amanda por su nombre. Todo tenía una coherencia que desarmaba a cualquiera.
—Te ves… distinta —dijo Sofía con cuidado.
Amanda asintió.
—Me siento distinta. Esto ayuda. --
El silencio volvió, pero ya no era tenso. Era un silencio que permitía respirar.
—Te busqué —confesó Sofía de pronto—. Varias veces. Pero no sabía cómo hacerlo sin parecer… invasiva. --
Amanda bajó la mirada un segundo.
—Yo necesitaba desaparecer —dijo. -- No de ustedes. De todo lo que me estaba rompiendo.
Sofía apretó la taza entre las manos.
—No supe cómo ayudarte entonces. — admitió—. Y eso me persiguió por mucho tiempo. --
Amanda la miró con suavidad.
—Hiciste lo que pudiste. Todos estábamos atrapados en algo más grande que nosotros.
Hablaron despacio. --
De lo que pasó después del escándalo. De cómo cada una tomó caminos distintos. Sofía contó su permanencia en la empresa, los cambios, las heridas que aún no cerraban del todo. Amanda habló del barrio, de la cafetería, de aprender a empezar de cero sin tener que justificarse.
—Pensé que te habías ido del país —dijo Sofía.
—Pensé que nunca vendrías tan lejos —respondió Amanda.
Y ambas rieron, una risa breve, honesta, casi liberadora.
La tarde avanzó sin que lo notaran.
En un momento, Sofía se levantó para ayudar a Amanda con unos platos, como solía hacerlo en los viejos tiempos cuando compartían almuerzos improvisados. Fue un gesto pequeño, pero cargado de significado.
—¿Eres feliz? —preguntó Sofía mientras secaba una taza.
Amanda no respondió de inmediato.
—Soy honesta conmigo —dijo al fin. -- Y eso se parece mucho a la felicidad. --
Sofía asintió, con los ojos brillantes.
Pero tenía dudas, pero sabía que no era el momento de hacerle preguntas incómodas.
—Me alegra haberte encontrado — dijo. — Incluso así, por casualidad. --
Amanda sonrió, esa sonrisa serena que ya no necesitaba aprobación.
—Tal vez no fue casualidad —respondió.
Cuando Sofía se despidió, lo hizo con un abrazo largo, contenido, como quien recupera algo que creyó perdido sin exigirle nada. Prometieron verse de nuevo, sin fechas rígidas, sin presión.
Al cerrar la puerta, Amanda volvió a la barra y respiró hondo.
El pasado había entrado a su cafetería…
y no había dolido.
Eso, pensó, era una señal de cuánto había sanado.
Desde la calle, Sofía miró una vez más el ventanal antes de irse. Supo que Amanda había encontrado algo valioso. Algo real.
Y por primera vez en mucho tiempo, ambas entendieron que algunos vínculos no se rompen.
Solo esperan el momento correcto para volver a encontrarse.
Sofia
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.