En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 13
Ocultos bajo tierra, existía un reino de Gnomos, custodios de cristales que emitían una luz curativa y protectora.
El descenso a las entrañas de la tierra no fue el viaje asfixiante que Astrid había imaginado. Tras dejar las cumbres nevadas y la gélida despedida del Yeti, Ronan los guio por una grieta oculta en la base de un glaciar que, asombrosamente, conducía a una red de túneles donde el aire se volvía más cálido y dulce con cada paso. El olor a tierra húmeda, raíces antiguas y un sutil aroma a jazmín subterráneo comenzó a llenar los pulmones de la joven princesa.
—No os dejéis engañar por el silencio —advirtió Ronan, su mano descansando en el pomo de su gran espada—. Los Gnomos de las Sombras no son los bufones de los cuentos de hadas que cuentan en los palacios del sur. Son arquitectos de la realidad y guerreros de la paciencia. Si estamos aquí, es porque ellos lo han permitido.
Mason caminaba a la zaga, su presencia era una mancha de oscuridad elegante en el túnel iluminado por musgo fosforescente. Parecía distraído, pero Astrid sabía que sus sentidos estaban alerta a cualquier fluctuación de magia.
—Están observando —murmuró Mason, su voz resonando en las paredes de piedra—. Puedo sentir sus ojos en nuestras nucas. No buscan nuestra sangre, buscan nuestra verdad.
De repente, el túnel se abrió en una caverna de proporciones titánicas. Astrid dejó escapar un suspiro de asombro. Frente a ellos se extendía un jardín que desafiaba todas las leyes de la naturaleza. Árboles hechos de cristal translúcido crecían desde el suelo y el techo, sus ramas entrelazadas lanzando destellos de colores imposibles: violetas profundos, azules eléctricos y un verde esmeralda que parecía latir con vida propia. No había sol, pero la luz que emanaba de los cristales era tan intensa que obligaba a parpadear.
Pequeñas figuras se movían entre los árboles de cristal. Eran los Gnomos, pero no eran criaturas diminutas; medían casi un metro y medio, con pieles que parecían talladas en obsidiana y ojos que brillaban como rubíes. Vestían ropas hechas de fibras vegetales metálicas que tintineaban al moverse.
—Bienvenidos al Jardín de las Lágrimas de Gaia —dijo una voz que parecía venir de todas partes a la vez.
Del centro del jardín emergió un gnomo que destacaba sobre los demás. Su barba llegaba hasta sus pies y estaba adornada con pequeños cristales que emitían una luz blanca purísima. Sus ojos rubíes se fijaron en Astrid, y ella sintió una calidez repentina, como si un rayo de sol le hubiera atravesado el pecho.
—Soy Alden, el Guardián de la Raíz —dijo el líder de los gnomos—. Sabemos quién eres, Astrid D'Avalon. Tu alma ha cruzado el velo de la muerte y ha vuelto con un eco que no es suyo.
Astrid dio un paso al frente, sintiendo la mirada de Mason y Ronan sobre ella.
—Necesitamos vuestra ayuda, Alden. El mundo se está fragmentando. Balin tiene el Anclaje y nosotros buscamos el poder para detenerlo. Nimue nos dijo que necesitábamos el Cristal de la Conexión.
Alden se acercó a ella. Su presencia emanaba una paz tan profunda que el miedo constante que Astrid sentía desde su reencarnación pareció disolverse por un momento.
—El Cristal de la Conexión no es una herramienta, pequeña mística. Es un espejo. No cura el cuerpo, cura la fractura entre dos destinos. —El gnomo miró entonces a Mason—. Y tú, hijo de las sombras... ¿qué haces protegiendo a una criatura de luz? Tu esencia debería estar consumiéndola, no guardándola.
Mason mantuvo su rostro impasible, pero Astrid notó que el aura oscura a su alrededor vibró con una nota de irritación.
—Lo que yo haga con mi esencia no es asunto de los que viven bajo las rocas, enano —respondió Mason con frialdad—. Estamos aquí por el cristal. No por lecciones de moralidad.
—La arrogancia es el escudo de los heridos —replicó Alden sin inmutarse—. Venid.
Los guio hacia el centro del jardín, donde un árbol de cristal gigante, completamente blanco, se alzaba hacia el techo de la cueva. De su tronco brotaba una única piedra romboidal que flotaba en el aire, emitiendo una luz suave que parecía respirar.
—Este es el Cristal de la Unión —dijo Alden—. Su poder es capaz de curar heridas que los dioses no pueden tocar. Puede purificar la mancha de los Gnolls y fortalecer el alma para el ritual de Nimue. Pero tiene una condición.
Astrid miró el cristal, sintiendo una atracción magnética hacia él. —¿Qué condición?
—Su luz solo se activará si hay una verdadera conexión de almas —explicó Alden, su tono volviéndose grave—. Si la voluntad del protector y el protegido no es una sola, el cristal se volverá ceniza. Muchos han intentado tomarlo por la fuerza, y solo han encontrado su propia destrucción.
Astrid sintió un nudo en la garganta. Miró a Mason. Desde que despertó en este mundo, su relación con el demonio había sido una mezcla de dependencia, miedo y una atracción prohibida que ella no quería admitir. Él la había salvado, sí, pero siempre con ese aura de misterio y peligro. ¿Había una conexión real? ¿O era simplemente un pacto de necesidad?
—¿Cómo lo sabemos? —preguntó Astrid, su voz apenas un susurro.
—Solo hay una forma de saberlo —dijo Alden, señalando el cristal—. Poned vuestras manos sobre él, juntos.
Astrid extendió la mano, temblando. Mason vaciló un segundo, una fracción de tiempo en la que su máscara de indiferencia pareció resquebrajarse, revelando una vulnerabilidad que Astrid nunca había visto. Finalmente, él colocó su mano grande y pálida sobre la piedra, y Astrid puso la suya encima.
En el momento del contacto, el mundo desapareció. Astrid no vio la cueva, ni a los gnomos, ni a Ronan. Solo sintió a Mason. No fue una visión, fue una inundación de sensaciones. Sintió su soledad de siglos, el dolor de ser una criatura de oscuridad que anhelaba una luz que lo destruía, y una determinación feroz de protegerla que no nacía del deber, sino de algo mucho más profundo y antiguo.
Mason, a su vez, sintió la pureza de Astrid, su miedo a la traición de su hermano, y la esperanza que, a pesar de todo, ella todavía albergaba en su corazón. Sus almas se rozaron, se reconocieron y, por un instante eterno, se entrelazaron.
El cristal estalló en una luz blanca cegadora.
Cuando la visión se disipó, Astrid estaba de rodillas, respirando con dificultad. Mason estaba de pie, mirando sus manos como si no las reconociera. En la palma de Astrid, el cristal ahora brillaba con una luz estable y cálida.
Alden asintió, su rostro reflejando una mezcla de respeto y preocupación.
—Lo habéis logrado. Tenéis el cristal. Pero escuchadme bien, Astrid. El poder que acabáis de despertar es un arma de doble filo. La conexión de almas significa que el dolor de uno será el del otro. Si él cae, tú caerás. Si ella se rompe, tú, Mason Dryad, perderás lo último que queda de tu esencia.
El líder de los gnomos se retiró hacia las sombras de los árboles de cristal, dejando a Astrid con el objeto pulsante en sus manos y una verdad que le pesaba más que cualquier montaña.
—No os demoréis —se oyó la voz de Alden desde la distancia—. La sombra de Balin ya ha llegado a las costas de la laguna. El destino no espera a los que dudan.
El líder de los Gnomos, Alden, les otorgó un cristal, advirtiéndoles que su poder solo se revelaría ante una verdadera conexión de almas.