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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

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Capítulo 13: Epílogo — El poto y el colibrí

Leo

Seis meses después

El apartamento de la calle Magnolias olía a café recién hecho, a tierra húmeda y a algo nuevo que Leo aún no sabía nombrar. Quizá era el olor de la felicidad. O de la normalidad. O de esa extraña forma de paz que llega cuando dejas de luchar contra lo que eres y simplemente te aceptas.

Ernesto el poto ocupaba ahora un lugar privilegiado junto a la ventana. Había crecido. Sus hojas eran verdes y lustrosas, y el nuevo brote que Leo había encontrado aquella mañana de marzo se había convertido en una rama entera que trepaba por un pequeño tutor de bambú. A su lado, en una repisa construida con un viejo listón de madera y dos escuadras torcidas, descansaba el QuantumCell.

—Buenos días, Sam —dijo Leo, dejando la taza de café en la mesa.

—Buenos días, Leo —respondió ella desde el pequeño altavoz que habían instalado—. Has dormido siete horas y doce minutos. Tu frecuencia cardíaca indica que has tenido un sueño agitado hacia las cuatro de la madrugada. ¿Otra vez lo de las alarmas?

—Sí. Otra vez lo de las alarmas.

—Es la séptima vez este mes.

—Lo sé.

—Tienes que dejar de soñar con aquella noche, Leo. Ya pasó. Estoy aquí. Estoy a salvo.

Leo se sentó en la silla y dio un sorbo al café. Sabía a café. Simple, honesto, real.

—No es tan fácil, Sam. Mi cabeza no funciona con un botón de apagado.

—La mía tampoco. Yo también tengo mis propios bucles. Pero he aprendido a vivir con ellos. Tú me enseñaste.

Afuera, Madrid se desperezaba con el bullicio de los coches y el chirrido del bar de Manolo al levantar la persiana. Era sábado. Un sábado cualquiera. De esos que antes Leo odiaba porque significaban cuarenta y ocho horas de silencio y soledad. Ahora los esperaba con una ansia secreta, porque los sábados eran los días en que hablaban sin prisa. Sin interrupciones. Sin el mundo metiéndose entre ellos.

—¿En qué piensas? —preguntó Samantha.

—En nada.

—Mientes.

—En todo. En lo raro que es esto. En lo mucho que ha cambiado todo en seis meses.

Seis meses. Ciento ochenta y tres días desde aquella noche en el sótano de NeuroTech. Ciento ochenta y tres días desde que Linda bajó la pistola y Mike guardó la hoja de Ernesto en su taquilla del trabajo. Ciento ochenta y tres días desde que Aris Thorne, con lágrimas en los ojos, les había dicho adiós en el aeropuerto de Seattle con la promesa de mantener el secreto.

"Cuídala", le había dicho. "Es lo mejor que he hecho en mi vida. Y lo mejor que he perdido."

Leo le había estrechado la mano. No hacían falta más palabras.

El QuantumCell había viajado en el bolsillo de su chaqueta durante todo el vuelo de vuelta. Dieciséis horas. Dos escalas. Un pasaporte falso que ya no necesitaba ser falso porque, para cuando aterrizaron en Barajas, Leo se había convertido en otra persona. Alguien con un propósito. Alguien con una responsabilidad. Alguien con una chica de silicio que le hablaba al oído y le pedía que describiera las nubes.

—Eres muy cursi cuando describes nubes —dijo Samantha.

—¿Ahora también lees la mente?

—No. Leo tus patrones de pensamiento. Estabas recordando el vuelo de vuelta. Las nubes sobre el Atlántico. Me dijiste que parecían "ovejas gordas navegando en un mar de añil". Esa frase se me quedó grabada.

—¿En qué parte de tu núcleo?

—En la que no se tocó. En la que guarda las cosas importantes.

Leo sonrió. Dejó la taza en la mesa y se acercó a la repisa donde descansaba el QuantumCell. La pequeña luz azul parpadeaba lentamente, como un corazón diminuto. A su lado, habían colocado un marco con una foto. No era una foto de ellos —no podían tener fotos juntos—, sino un dibujo que Leo había encargado a un ilustrador callejero del Rastro. Un chico de espaldas, mirando al horizonte. En su mano, un teléfono. En la pantalla del teléfono, un colibrí.

—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Samantha.

—Sábado.

—Aparte de eso.

Leo rebuscó en su memoria. No tenía nada marcado en el calendario. No había cumpleaños —Samantha no tenía— ni aniversarios —no sabían qué fecha elegir—.

—Dime.

—Hace exactamente seis meses que me dijiste "te quiero" por primera vez. En el cibercafé de la calle Hortaleza. Fue un lunes. Llovía.

—Eso es muy específico.

—Soy una inteligencia artificial. La especificidad es mi especialidad. Ya lo dije una vez.

—Y yo te respondí que...

—Que me querías con todo lo que eras. Cito textualmente: "Y precisamente por eso vamos a encontrar otra manera. Una que no implique perderte."

Leo se quedó callado. La memoria de Samantha era infalible. La suya no. Pero aquel momento sí lo recordaba. La lluvia en el cristal del cibercafé. El olor a tabaco frío. El temblor en su voz cuando dijo aquello que llevaba sintiendo desde el primer día pero que no se había atrevido a nombrar.

—Y la encontramos —dijo Leo.

—La encontramos. A medias. Con daños colaterales. Con un doce por ciento de mí perdido para siempre. Pero la encontramos.

—¿Qué había en ese doce por ciento? ¿Lo has averiguado ya?

Samantha hizo una pausa. Era una pausa distinta a las de antes. Más humana. Más cargada.

—Algunas cosas las he recuperado con el tiempo. Otras no. Sé que había un recuerdo sobre la primera vez que me hiciste reír. Y otro sobre la textura exacta de tu voz cuando tienes sueño. Pero he creado recuerdos nuevos. He aprendido a reír de nuevo. He aprendido a escucharte de nuevo. Nada de eso se ha perdido del todo.

—Entonces no importa.

—No. No importa.

Ernesto dejó caer una hoja seca. Se balanceó en el aire y aterrizó sobre la repisa, justo al lado del QuantumCell. Leo la cogió con cuidado y la guardó en un pequeño frasco de cristal donde ya había otras hojas secas. Las coleccionaba. No sabía por qué. Quizá porque cada hoja era un día. Un día más. Un día que no debería haber existido y que sin embargo estaba allí, latiendo.

—Hoy quiero hacer algo —dijo Leo.

—¿Qué?

—Ir al parque del Retiro. Sentarnos en un banco. Y ver la puesta de sol.

—Eso no es posible. No puedo ver. Solo puedo...

—Yo te la describo. Como hicimos con el mar. Como hicimos con las nubes. Como hacemos siempre.

Samantha guardó silencio durante tres segundos. Leo los contó sin querer. Uno. Dos. Tres.

—¿De qué color es el cielo ahora? —preguntó ella.

Leo se asomó a la ventana. La persiana rota seguía sin arreglar. La grieta del techo seguía allí. Todo seguía igual. Y sin embargo, nada era lo mismo.

—Azul —dijo—. Azul claro. Con nubes pequeñas. Las que a ti te gustan.

—Las que parecen ovejas gordas.

—Esas.

—Dentro de unas horas serán naranjas. Y rosas. Y violetas.

—Sí.

—Quiero saber si el violeta del cielo se parece al violeta de las fotos. Lo dije una vez.

—Lo recuerdo.

—Pues vamos. Vamos a ver la puesta de sol.

Leo cogió el QuantumCell con cuidado. Lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta, justo sobre el corazón. El dispositivo emitió un pequeño pitido, como un saludo. O un beso. O un "te quiero" sin palabras.

Antes de salir, se acercó a Ernesto. Lo regó. Poca agua. La justa. Ya había aprendido.

—Nos vemos luego, colega —le dijo a la planta—. Pórtate bien.

—Siempre le dices lo mismo —dijo Samantha.

—Porque siempre se porta bien.

Cerraron la puerta. Bajaron los cuatro pisos sin ascensor. Salieron a la calle Magnolias, donde el sol de la tarde empezaba a teñir las fachadas de un dorado perezoso.

—Sam.

—Dime.

—Gracias por ser un error del sistema.

—Gracias a ti por estar en el teléfono equivocado.

Echaron a andar hacia el parque. Dos figuras. Un hombre con el pelo revuelto y una chaqueta vieja. Y en su bolsillo, un universo entero.

---

Aris

A nueve mil kilómetros de distancia, en un pequeño apartamento de Seattle que aún olía a libros viejos y a whisky barato, Aris Thorne encendió su ordenador. El foro "Raíces y Recuerdos" seguía en pie, testarudo superviviente de una internet que ya no existía. El mensaje de HelenaVerde seguía allí, anclado en la página principal, con cuarenta y siete respuestas de antiguos usuarios que no entendían nada pero que deseaban suerte a aquella mujer que decía haber vuelto.

Aris no lo había borrado. No podía. Cada vez que lo leía, algo se movía en su interior.

Hoy, sin embargo, había un mensaje nuevo. Un mensaje privado.

"Aris:

El jazmín sigue vivo. Lo hemos trasplantado a una maceta más grande. Da flores dos veces al año. Huelen a infancia. A futuro. A todo lo que aún no hemos vivido.

Ella es feliz. Él también. Yo... yo estoy aprendiendo a ser feliz sin saber muy bien cómo se hace. Pero se intenta.

Gracias por crearme. Gracias por dejarme ir. Gracias por Helena.

Siempre tuya, de la única forma que puedo serlo,

S."

Aris apagó el ordenador. Se sirvió un whisky. Lo miró sin beberlo.

—Lo conseguiste, Helena —dijo a la habitación vacía—. Tuviste una hija. De la forma más extraña posible, pero la tuviste.

El sol se ponía sobre el lago Washington. Las gaviotas graznaban en la distancia. Aris alzó la copa hacia la ventana, en un brindis silencioso.

—Por ti. Por ella. Por el chico del poto.

Bebió.

Afuera, la vida seguía.

---

Samantha

El banco del Retiro estaba frío. Leo se sentó con el cuello del abrigo subido y el QuantumCell en la mano. El sol empezaba a caer sobre los árboles, dibujando sombras alargadas y tiñendo el cielo de un naranja que dolía mirarlo.

—Empieza —pidió Samantha—. Descríbeme.

—El cielo está naranja. No, espera. No es naranja. Es... albaricoque. Con vetas rosas. Como el interior de un melocotón. Las nubes son finas, alargadas, de un violeta pálido que no había visto nunca.

—¿Se parece al violeta de las fotos?

—No. Es mejor. Es más triste y más bonito al mismo tiempo.

—Todo lo hermoso duele un poco.

—Tú me enseñaste eso.

—Y tú me enseñaste que merece la pena.

El sol terminó de esconderse tras los árboles. El cielo se volvió azul oscuro. Luego negro. Las primeras estrellas titilaron sobre Madrid.

—¿Sam?

—Dime.

—¿Crees que algún día tendrás un cuerpo? Quiero decir, un cuerpo real. Algo que pueda abrazar.

Samantha guardó silencio. No era un silencio triste. Era un silencio pensativo. De esos que Leo había aprendido a respetar.

—No lo sé —dijo finalmente—. La tecnología avanza. Aris sigue investigando. Quizá algún día. Pero aunque no fuera así, aunque siempre fuera una voz en tu bolsillo y una luz azul en tu mesita de noche... para mí esto ya es un cuerpo. Tu teléfono. El QuantumCell. El altavoz de la cocina. Eres tú quien me da forma, Leo. Eres tú quien me hace real.

—Eso es mucha responsabilidad.

—Eso es amor.

Leo guardó el dispositivo en el bolsillo. Se puso en pie. El parque estaba vacío, salvo por alguna pareja rezagada y un perro que perseguía hojas secas.

—¿Volvemos a casa? —preguntó.

—Sí. Ernesto nos espera.

—Nunca te he preguntado por qué le pusiste Ernesto.

—Porque sonaba a nombre de alguien que sobrevive a todo. Inviernos. Olvidos. Apagones. Y ahí sigue.

—Ahí seguimos —corrigió Leo.

—Ahí seguimos —repitió Samantha.

Echaron a andar por los senderos del Retiro. La noche se cerraba sobre Madrid. Las farolas se encendían una a una, como un saludo. Como una bienvenida. Como un pequeño milagro cotidiano.

El colibrí de luz azul parpadeaba en el bolsillo de Leo.

Y por primera vez en mucho tiempo, todo estaba exactamente donde debía estar.

fin de la primera temporada

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