Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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Una amenaza.
La noche había caído sobre la ciudad de New York como un manto oscuro lleno de luces. Los rascacielos brillaban con miles de ventanas iluminadas y el tráfico seguía rugiendo como si la ciudad se negara a descansar.
En el piso treinta y dos del edificio donde se encontraba su oficina, Isabella Montesini seguía trabajando.
El reloj marcaba las 10:47 de la noche.
La mayoría de los empleados ya se habían ido hacía horas, pero Isabella continuaba sentada frente a su escritorio, rodeada de documentos, fotografías y notas escritas a mano.
El expediente de Valentino Rossi estaba completamente abierto frente a ella.
Desde su visita a Blackstone Prison, algo no la dejaba tranquila.
Había demasiadas inconsistencias.
Demasiadas piezas que no encajaban.
Tomó nuevamente el informe forense.
Volvió a leer la misma línea por tercera vez.
“No se detectaron residuos de pólvora en las manos del acusado.”
Isabella apoyó el documento sobre la mesa.
—Entonces… ¿quién disparó?
Sus dedos comenzaron a revisar otras hojas del expediente.
Testigos.
Horarios.
Cámaras de seguridad.
Todo parecía apuntar a Valentino… pero de una manera demasiado perfecta.
Como si alguien hubiera preparado el escenario.
Se recostó en su silla y miró el techo.
—Alguien quería que él estuviera allí.
Tomó una fotografía del lugar del crimen.
El edificio abandonado donde encontraron el cuerpo.
Un lugar oscuro, viejo, lleno de polvo.
Isabella frunció el ceño.
—¿Por qué ese lugar?
Comenzó a revisar los registros de llamadas del hombre asesinado.
El nombre de la víctima aparecía repetidamente en los documentos:
Adrián Bianchi.
Hijo de un poderoso empresario.
Pero algo llamó su atención.
En la lista de llamadas había un número que se repetía muchas veces durante la última semana antes de su muerte.
Isabella tomó su teléfono.
Marcó el número.
Sonó una vez.
Dos veces.
Tres.
De repente, alguien respondió.
—¿Sí?
La voz era masculina.
Grave.
Desconocida.
Isabella se quedó en silencio un segundo.
—Buenas noches.
—¿Quién habla?
—Busco a Adrián Bianchi.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Ese hombre está muerto.
Isabella sintió un pequeño escalofrío.
—Lo sé.
El silencio se volvió más pesado.
—Entonces… ¿por qué llama?
Isabella pensó rápido.
—Estoy investigando un asunto relacionado con él.
La voz al otro lado se volvió más fría.
—Le recomiendo que deje de hacerlo.
La línea se cortó.
Isabella bajó lentamente el teléfono.
—Interesante…
Anotó el número en su libreta.
Algo le decía que había tocado un punto sensible.
A varios kilómetros de allí, en una elegante casa en las afueras de la ciudad, un hombre colgaba el teléfono con expresión tensa.
La habitación estaba iluminada por una lámpara tenue.
El hombre caminó hasta un escritorio donde otro sujeto estaba sentado.
—¿Quién era? —preguntó el hombre del escritorio.
—Una mujer.
—¿Quién?
El primero respiró hondo.
—Dijo que estaba investigando a Adrián Bianchi.
El hombre del escritorio levantó la mirada.
Sus ojos eran fríos.
Calculadores.
—¿Nombre?
—No lo dijo.
Hubo un silencio incómodo.
El hombre del escritorio se levantó lentamente.
—Entonces averígualo.
—Sí, señor.
El hombre caminó hacia la ventana.
Desde allí podía verse parte de la ciudad iluminada.
—Pensé que este asunto ya estaba cerrado.
El otro hombre bajó la mirada.
—Eso creíamos.
El hombre de la ventana apretó ligeramente los puños.
—No podemos permitir que alguien empiece a hacer preguntas.
Giró lentamente la cabeza.
—Encuentra a esa mujer.
—¿Y cuando la encuentre?
El hombre del escritorio tardó unos segundos en responder.
Luego dijo con voz fría:
—Convéncela de que deje de investigar.
Mientras tanto, Isabella seguía en su oficina.
Había comenzado a organizar las piezas del caso en un tablero.
Fotografías.
Nombres.
Flechas que conectaban diferentes personas.
El centro del tablero tenía dos nombres:
Adrián Bianchi.
Valentino Rossi.
Isabella observó la conexión entre ambos.
—No se conocían…
Eso también era extraño.
¿Por qué Valentino estaría en el mismo lugar que Adrián?
Volvió a revisar el informe policial.
Entonces algo llamó su atención.
Una pequeña nota en uno de los documentos.
“Cámara de seguridad fuera de servicio.”
Isabella levantó las cejas.
—Conveniente…
Tomó su computadora portátil y comenzó a investigar el edificio abandonado.
Después de unos minutos encontró lo que buscaba.
—Propietario del edificio…
Sus ojos se detuvieron en el nombre que apareció en la pantalla.
Marco Bianchi.
Isabella se quedó inmóvil.
—El padre de Adrián.
Se levantó lentamente de la silla.
—Eso no tiene sentido…
Si el edificio pertenecía a su familia, entonces Adrián conocía el lugar.
Y eso significaba que probablemente fue allí por voluntad propia.
Pero entonces…
¿por qué Valentino estaba allí?
Isabella comenzó a escribir posibles escenarios.
—Alguien llevó a Valentino.
—Alguien llevó a Adrián.
—Alguien quería que ambos estuvieran allí al mismo tiempo.
Sus pensamientos se aceleraban.
Cada respuesta parecía abrir nuevas preguntas.
Pero en ese momento…
su teléfono vibró.
Un número desconocido.
Isabella dudó un segundo antes de responder.
—¿Sí?
La voz al otro lado era calmada.
Pero había algo inquietante en ella.
—Señorita Montesini.
Isabella se tensó.
—¿Quién habla?
—Digamos que alguien que quiere darle un consejo.
Isabella se levantó lentamente de la silla.
—Lo escucho.
El hombre habló con voz tranquila.
Demasiado tranquila.
—Deje de investigar el caso de Valentino Rossi.
El corazón de Isabella comenzó a latir más rápido.
—¿Por qué?
Hubo una pequeña risa al otro lado de la línea.
—Porque algunas verdades pueden ser muy… peligrosas.
Isabella apretó el teléfono.
—Eso suena como una amenaza.
—Tómelo como una advertencia.
La voz hizo una pausa.
—Sería una lástima que algo le ocurriera a alguien tan joven.
La llamada se cortó.
El silencio llenó la oficina.
Isabella se quedó mirando el teléfono durante varios segundos.
Luego respiró profundamente.
—Bien…
Caminó hacia el tablero de investigación.
Tomó un marcador y escribió un nuevo nombre.
“HOMBRE DESCONOCIDO.”
Después trazó una línea que conectaba ese nombre con Adrián Bianchi.
Y otra con Valentino Rossi.
Isabella cruzó los brazos.
—Si intentan asustarme…
una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Significa que estoy cerca de la verdad.
Mientras tas tanto muy cerca de ella, dos hombres ya estaban observando el edificio desde un automóvil estacionado en la calle.
Y uno de ellos acababa de decir algo que cambiaría el curso de la historia.
—Ahí está.
El otro hombre miró hacia la ventana iluminada del piso treinta y dos.
—Sí. Respondió.
El primero encendió el motor del auto.
—La abogada. Dijo.