Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
No quería ir.
Y eso fue lo primero que me hizo salir de casa.
Porque ya no era duda.
No era miedo normal.
Era algo más profundo.
Más instintivo.
Como si una parte de mí estuviera intentando detenerme… antes de que fuera demasiado tarde.
Cerré la puerta detrás de mí.
El sonido fue más fuerte de lo normal.
O tal vez fui yo.
Mis manos no estaban temblando.
Eso era nuevo.
Pero tampoco estaban completamente firmes.
Y eso…
decía más de lo que quería admitir.
—Esto es una mala idea —murmuré.
No era una opinión.
Era una advertencia.
Caminé.
Sin música.
Sin distracciones.
Sin nada que apagara lo que estaba pasando dentro de mí.
Porque hoy no era entrenamiento.
No realmente.
Hoy…
era prueba.
Y él lo había dejado claro.
“Ya no voy a detenerte.”
Apreté la mandíbula.
—Perfecto.
El camino se sintió más largo.
Más silencioso.
Más… vacío.
Como si incluso el entorno supiera que algo iba a pasar.
Algo que no tenía vuelta atrás.
—
El lugar no era el mismo.
Lo supe en cuanto llegué.
No había viento.
No había ruido.
No había nada.
Demasiado quieto.
Demasiado… preparado.
Me detuve antes de avanzar más.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Tensión.
Alerta.
Esa sensación—
volvió.
Pero no como antes.
No lejana.
No difusa.
Más clara.
Más presente.
—Llegaste.
La voz no me sorprendió.
Giré.
Él estaba ahí.
Como siempre.
Pero no igual.
Había algo diferente en su postura.
En su mirada.
Más cerrado.
Más… serio.
—Dijiste que íbamos a subir el nivel —respondí.
Intentando mantener mi voz estable.
—No que ibas a cambiar el lugar.
—Necesitábamos algo más aislado.
Miré alrededor.
Vacío.
Completamente.
—Lo lograste.
Silencio.
Pero no incómodo.
Pesado.
—Hoy no voy a intervenir —añadió.
Directo.
Sin preparación.
Mi pulso se aceleró.
—Sí, eso ya lo mencionaste.
—No es advertencia.
Hizo una pausa.
—Es regla.
Eso—
cambió todo.
—Entonces ¿qué haces aquí? —pregunté.
Más directa.
Más tensa.
—Observar.
Perfecto.
—Claro. Muy útil.
No reaccionó.
Ni un poco.
—Empieza.
Fruncí el ceño.
—¿Así sin más?
—No necesitas más.
Eso me molestó.
—No sé ni qué se supone que tengo que hacer.
—Sí lo sabes.
Silencio.
Odiaba cuando hacía eso.
Porque tenía razón.
Cerré los ojos.
Respira.
Inhala.
Exhala.
Mi energía estaba ahí.
Más presente que nunca.
Más… despierta.
—Bien —murmuró él.
Abrí los ojos.
—¿Y ahora?
Silencio.
Y entonces—
lo sentí.
Más rápido que antes.
Más directo.
Más… fuerte.
Mi respiración se detuvo.
—No —susurré.
No era imaginación.
No era eco.
Era lo mismo.
El rastreador.
Pero esta vez…
no estaba llegando.
Ya estaba aquí.
No hubo tiempo para prepararme.
No hubo cuenta regresiva.
Solo—
presencia.
Más densa.
Más pesada.
Más real que cualquier otra vez.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato.
Tensión total.
Respiración corta.
Energía…
despierta.
—No intervengas —dijo él detrás de mí.
Ni siquiera lo miré.
Porque ya no importaba.
Porque todo mi enfoque estaba en eso.
En el punto frente a mí donde el aire empezó a distorsionarse.
Más rápido que antes.
Más claro.
Como si ya no necesitara ocultarse.
—Perfecto… —murmuré.
Mi voz no tembló.
Eso me sorprendió.
Pero no duró.
La presión aumentó.
Mi energía respondió.
Instintiva.
—No… —susurré.
Cierra los ojos.
Respira.
No.
No esta vez.
Si lo hacía…
perdía de vista eso.
Y esta vez no podía.
No debía.
La distorsión avanzó.
Sin prisa.
Sin miedo.
Como si supiera que no había nada que pudiera detenerla.
Porque esta vez…
tenía razón.
Di un paso atrás.
Error.
La sensación se intensificó.
Como si reaccionara a eso.
—No retrocedas —dijo él.
Tarde.
Muy tarde.
La presión subió.
Más fuerte.
Más agresiva.
Mi energía explotó.
Un pulso salió de mí.
Pero esta vez—
no fue suficiente.
La cosa no se detuvo.
No retrocedió.
Se adaptó.
Mi respiración se rompió.
—No puedo—
—Sí puedes.
Su voz.
Pero lejana.
Como si no perteneciera a este momento.
—No te muevas —añadió.
Demasiadas órdenes.
Demasiado tarde.
La distorsión se acercó más.
Ahora podía sentirla.
Más profunda.
Más invasiva.
Como si intentara atravesar todo lo que yo era.
Mi cuerpo reaccionó con fuerza.
Mi energía subió.
Más.
Más.
—¡Detente! —grité.
Pero no era para eso.
Era para mí.
Porque estaba a punto de perderlo.
Otra vez.
Y esta vez—
no había manos sujetándome.
No había voz guiándome.
No había nada.
Solo yo.
Y eso.
—Respira… —murmuré.
A mí misma.
Inhalé.
Fallé.
Exhalé.
Peor.
Mi energía se desbordó.
Otra vez.
El suelo vibró.
El aire crujió.
Pero la cosa—
no se detuvo.
Se acercó más.
Como si quisiera eso.
Como si necesitara que yo explotara.
Y entonces lo entendí.
Tarde.
Pero lo entendí.
No estaba intentando evitarlo.
Estaba alimentándolo.
Mi respiración se cortó.
—No… —susurré.
Cierra los ojos.
No.
Confía.
En lo que aprendiste.
No la detengas.
Escúchala.
Mi energía seguía ahí.
Caótica.
Violenta.
Pero no completamente fuera de mí.
Todavía no.
Inhalé.
Forcé el aire.
Dolió.
Pero entró.
Exhalé.
Otra vez.
Mi cuerpo temblaba.
Pero no retrocedí.
No esta vez.
—Eso… —murmuré.
No para él.
Para mí.
Mi energía bajó apenas.
No desapareció.
Pero dejó de explotar.
La distorsión se detuvo.
Por primera vez.
Silencio.
Pesado.
Peligroso.
Pero diferente.
Porque ahora—
no era persecución.
Era equilibrio.
Inestable.
Pero real.
No me moví.
Esa fue la diferencia.
No retrocedí.
No intenté empujar.
No intenté detenerlo a la fuerza.
Solo…
me quedé.
Respirando.
Inhala.
Exhala.
Otra vez.
Mi energía seguía ahí.
Fuerte.
Intensa.
Pero ya no explotando.
Fluyendo.
Por primera vez…
no se sentía como algo fuera de mí.
Se sentía como—
mía.
La distorsión frente a mí vibró.
Inestable.
Como si algo hubiera cambiado.
Y lo había hecho.
Ya no estaba reaccionando igual.
Porque yo tampoco.
—Eso es… —murmuré.
No era confianza.
Era concentración.
Mi pulso seguía alto.
Pero ya no desordenado.
Mi cuerpo seguía en alerta.
Pero ya no huyendo.
La cosa intentó avanzar.
Un movimiento mínimo.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
Mi energía respondió.
Subió.
Instintiva.
—No… —susurré.
No esta vez.
Inhala.
Exhala.
No la detengas.
No la empujes.
Sostén.
La presión subió.
Pero no explotó.
Se quedó.
Contenida.
Dirigida.
La distorsión se tensó.
Más.
Como si algo en ella…
no encajara.
—No puedes—
Mi voz salió más firme.
Más clara.
—No así.
Silencio.
Pesado.
Extraño.
Porque por primera vez…
no era yo la que estaba perdiendo el control.
Era eso.
La cosa vibró.
Inestable.
Intentó acercarse otra vez.
Más directo.
Más agresivo.
Mi energía reaccionó.
Pero no se desbordó.
Se expandió.
Controlada.
Como una barrera.
No visible.
Pero real.
El aire entre nosotros se comprimió.
Un punto exacto.
Preciso.
—Detente.
No fue un grito.
No fue desesperación.
Fue decisión.
Y esta vez—
respondió.
La distorsión se frenó.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Como si algo la empujara de vuelta.
Como si ya no pudiera avanzar igual.
Mi respiración tembló.
Pero no se rompió.
—Eso… —murmuré.
Lo estaba haciendo.
De verdad.
No perfecto.
No estable.
Pero suficiente.
La cosa retrocedió.
Un centímetro.
Tal vez menos.
Pero fue claro.
Fue real.
Y eso—
lo cambió todo.
Porque ahora ya no era presa.
Ahora—
era resistencia.
El aire se tensó una última vez.
Más fuerte.
Más concentrado.
Como si intentara un último esfuerzo.
Y por un segundo—
sentí que podía perderlo.
Otra vez.
La presión subió.
Mi energía tembló.
—No—
Inhala.
Exhala.
Mantén.
Mi mirada no se movió.
Mi cuerpo no retrocedió.
Y entonces—
la distorsión colapsó.
No explotó.
No desapareció de golpe.
Se deshizo.
Como si no pudiera sostenerse más.
Como si…
ya no tuviera de qué alimentarse.
El aire volvió.
El silencio se rompió.
El mundo regresó.
Pero yo…
no me moví.
No de inmediato.
Porque mi cuerpo aún no entendía que había terminado.
Mi respiración seguía agitada.
Pero controlada.
Mi energía…
seguía ahí.
Pero estable.
Y eso—
no había pasado antes.
No supe cuánto tiempo me quedé así.
De pie.
Sin moverme.
Respirando como si aún estuviera en medio de algo que ya había terminado.
El mundo volvió poco a poco.
El sonido del viento.
Las hojas.
El espacio.
Todo… normal.
Pero yo no.
Mi energía seguía ahí.
No desbordada.
No caótica.
Presente.
Estable.
Y eso—
no se sentía como antes.
Se sentía… correcto.
Tragué saliva.
Bajé la mirada a mis manos.
Ya no temblaban.
No del todo.
Pero lo suficiente para notar la diferencia.
—Lo hiciste.
Su voz.
Detrás de mí.
Más cerca de lo que esperaba.
Giré.
Él estaba ahí.
Observándome.
Pero no como antes.
No evaluando.
No calculando.
Había algo distinto.
Algo que no había visto antes.
—No completamente —respondí.
Mi voz salió baja.
Honesta.
—Pero sí.
Él asintió apenas.
—Eso es todo lo que necesitas por ahora.
Silencio.
Pero no incómodo.
Pesado.
Denso.
—No interveniste —dije.
No era reclamo.
Era… confirmación.
—No podía.
Fruncí el ceño.
—¿No querías?
—No debía.
Eso—
cambió el sentido.
—Si lo hacía —añadió— ibas a seguir dependiendo de mí.
El golpe fue directo.
Pero no dolió.
Porque tenía razón.
—Y eso te habría matado después.
Esa parte sí.
Mi respiración se tensó apenas.
—Genial…
Él no suavizó la mirada.
No lo hizo más fácil.
—Lo controlaste —dijo—. No porque yo estuviera aquí…
hizo una pausa leve.
—sino porque dejaste de luchar contra ello.
Mi mente regresó al momento.
A la sensación.
A cómo cambió.
—No fue control total —murmuré.
—No lo necesitas.
Levanté la mirada.
—¿Entonces qué necesito?
Silencio.
Corto.
Claro.
—Consistencia.
Eso no sonó tan simple como debería.
—Porque la próxima vez —añadió— no va a ser un rastreador.
El frío volvió.
—¿Entonces qué?
Sus ojos se fijaron en los míos.
Más serios.
Más… profundos.
—Alguien que sí pueda tocarte.
Mi respiración se detuvo.
Eso—
cambió todo.
—Y cuando eso pase —continuó— no vas a tener oportunidad de dudar.
El aire se volvió más pesado.
—Entonces sigue entrenándome —dije.
Sin pensar.
Sin suavizar.
—No voy a esperar a que algo peor llegue.
Silencio.
Pero diferente.
Más firme.
Más decidido.
Él me observó.
Más tiempo esta vez.
Como si buscara algo.
Como si evaluara si lo que acababa de decir era verdad… o impulso.
—No es solo entrenamiento —dijo finalmente.
—Entonces ¿qué es?
Un paso más cerca.
Lento.
Medido.
—Preparación.
Mi pulso se aceleró.
—Para qué.
La pregunta salió sola.
Y esta vez—
no evitó la respuesta.
—Para cuando tengas que elegir.
El silencio cayó.
Pesado.
Denso.
Peligroso.
—¿Elegir qué?
Sus ojos no se apartaron de los míos.
Ni un segundo.
—De qué lado estás.
El golpe fue inmediato.
—¿Qué?
Pero ya no explicó.
No respondió.
No suavizó.
Solo sostuvo mi mirada un segundo más.
Y entonces—
se fue.
Otra vez.
Sin aviso.
Sin transición.
Pero esta vez…
no me dejó con dudas.
Me dejó con algo peor.
Dirección.
Miré el lugar vacío frente a mí.
Respiré.
Lento.
Profundo.
Mi energía respondió.
Estable.
Firme.
Presente.
Y por primera vez…
no sentí que estuviera perdiendo el control.
Sentí que estaba empezando a entenderlo.
Pero también entendí algo más.
Esto—
no era solo sobre sobrevivir.
Era sobre en qué me iba a convertir.
Y eso…
podía ser mucho más peligroso.