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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

NovelToon tiene autorización de Mahary Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 15

(Narrado por Dante Moretti)

El trayecto de regreso a la mansión se me hizo eterno, como si el tiempo se hubiera detenido deliberadamente para torturarme un poco más. Tenía las manos apoyadas sobre mis rodillas, apretadas con fuerza, luchando contra el impulso irrefrenable de tomarla entre mis brazos ahí mismo, en la oscuridad del coche, y besarla hasta que nos faltara el aire. Ella iba recostada en el asiento contiguo, mirando por la ventanilla, pero podía ver el reflejo de su rostro en el cristal: sus labios entreabiertos, su respiración agitada, ese rubor suave que le coloreaba las mejillas y que me indicaba que ella sentía exactamente lo mismo que yo. Que la espera había terminado. Que las reglas ya no tenían sentido.

Cada segundo que pasaba revivía en mi mente lo que había dicho delante de todo el mundo: "Contigo uso mi alma". Y era cierto, más cierto que nada en mi vida. Con Isabella todo fue fuego rápido, satisfacción vacía, un juego de cuerpos que no dejaba huella más allá del placer momentáneo. Pero con Valeria... con ella todo era profundo, era necesario, era como respirar.

 La había deseado desde el primer día, aunque mi orgullo y mi estupidez me lo prohibieran reconocer, y ahora, después de semanas de dormir a unos metros de ella, de verla cada noche desvestirse lentamente mientras yo debía quedarme inmóvil, de sentir su calor y no poder tocarla... el deseo se había convertido en algo casi doloroso, una necesidad vital que me recorría cada fibra del cuerpo.

Un recuerdo vino a mí, nítido y lleno de dolor, para aumentar todavía más mi desesperación...Hace casi tres años, poco después de casarnos. Una noche de bodas que yo arruiné por completo. Ella me esperaba en la cama, hermosa, radiante, vestida de blanco, llena de ilusiones y de amor. Yo llegué tarde, hastiado, con la cabeza llena de las mentiras que ya empezaban a sembrar sobre ella. Me acerqué, la toqué, sí, cumplí con el deber... pero lo hice frío, distante, sin mirarla a los ojos, sin decirle una palabra de cariño. Fui rápido, egoísta, pensando solo en mí, en mi placer, en cumplir un trato. Y cuando terminé, me di la vuelta, me dormí de espaldas a ella, y no me di cuenta de que pasó el resto de la noche despierta, llorando en silencio, sintiéndose usada, despreciada, como un objeto que solo servía para firmar papeles y dar descendencia. Esa noche, le rompí el alma, aunque ella seguía amándome. Y yo, el maldito de mí, ni siquiera me di cuenta....Volví al presente, y la necesidad de reparar cada uno de esos errores, de darle ahora todo lo que le negué entonces, me quemaba vivo.

El coche finalmente se detuvo bajo el pórtico de la mansión. El chófer bajó y abrió la puerta, pero yo ni siquiera esperé a que ella saliera por su propio pie. Me bajé de un salto, le tendí la mano, y cuando sus dedos tocaron los míos, sentí una descarga eléctrica que me recorrió desde la punta de los pies hasta la cabeza. Entrelacé mis dedos con los suyos con fuerza, con posesión, con amor, y caminamos hacia la entrada, sin decirnos ni una palabra, porque ya no hacían falta las palabras. Todo estaba dicho. Todo estaba entendido.Cruzamos el vestíbulo, subimos la escalera, y cada paso que dábamos me acercaba más al momento que había soñado, que había anhelado, que había temido por no ser suficiente.

 Al llegar al umbral de nuestra habitación —por fin, totalmente nuestra— me detuve, la giré suavemente hacia mí y la miré. La miré como nunca antes la había mirado: con el alma desnuda, con el amor entero, con la devoción absoluta.

—¿Estás segura? —le pregunté, con la voz ronca, temblando de emoción—. ¿Es ahora? ¿Por fin soy digno?-Ella levantó las manos, posó sus palmas sobre mi pecho, justo donde mi corazón golpeaba desbocado, y me sonrió. Esa sonrisa completa, sin barreras, sin dudas, la sonrisa de la mujer que ha vencido y que está lista para recibir su premio.—Hace rato que eres digno, Dante —me respondió con suavidad, alzándose de puntillas hasta que sus labios rozaron apenas los míos, enviándome escalofríos que me erizaron la piel—. Pero hoy... hoy te ganaste el derecho a todo. A mi cuerpo, a mi alma, a mi vida entera. Hoy rompemos todas las reglas. Hoy no hay sofá, ni distancia, ni espera. Hoy... todo es tuyo.-

No necesité más invitación. La tomé entre mis brazos, la pegué contra mi cuerpo con desesperación, y finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, la besé. Y Dios... ese beso. No fue un roce, ni un ensayo, ni un beso de despedida o de saludo. Fue el beso de tres años de amor silencioso, de tres años de dolor, de tres años de deseo contenido estallando al fin. Fue un beso profundo, hambriento, pero lleno de ternura, de reconocimiento, de "por fin estás aquí, por fin eres mía".

Mis labios recorrieron los suyos con avidez, explorando cada rincón, saboreando su dulzura, respondiendo a la presión de su boca que también me reclamaba, que me pedía, que me devolvía todo lo que yo le daba. Sus brazos se enlazaron alrededor de mi cuello, sus dedos se hundieron en mi cabello, tirando suavemente, provocándome, pidiéndome más, mucho más. Y cuando separé mis labios un instante para poder respirar, para poder mirarla, vi sus ojos brillantes, oscurecidos por el deseo, húmedos de emoción, clavados en los míos.

—Te amo —le susurré contra su boca, mientras mis manos, temblando ligeramente por la emoción, comenzaban a recorrer su espalda, su cintura, esa figura que conocía de memoria y que ahora podía tocar libremente—. Te amo con todo lo que soy, con todo lo que fui, con todo lo que seré. Te amo con una fuerza que me asusta, que me domina, que me hace ser tuyo en cada respiro.—Y yo a ti —respondió ella con voz ronca, mientras se dejaba guiar por mí hacia el interior de la habitación, mientras yo cerraba la puerta de un empujón con el pie, sellando nuestro mundo, alejando todo el resto—. Siempre te amé, Dante. Incluso cuando no te merecía. Incluso cuando me hacías daño. Pero ahora... ahora te amo de verdad. Porque ahora te tengo a ti, al hombre, al mío, al que me respeta y me valora.-

La guié hasta el centro de la habitación, bajo la luz cálida de las lámparas que proyectaban sombras suaves por todas partes. Mis manos comenzaron a desabrochar su vestido, despacio, con infinita delicadeza, disfrutando de cada movimiento, de cada pequeña parte de piel que iba descubriendo. Quería hacerlo bien. Quería que esta vez fuera todo lo contrario a la primera noche, a todas esas noches en que yo tomaba sin dar nada a cambio. Esta vez, yo le daría todo. Le daría mi tiempo, mi paciencia, mi devoción.

La tela azul resbaló por sus hombros, por sus brazos, cayendo suavemente al suelo, dejándola de pie ante mí, vestida solo con esa ropa interior de encaje negro que tantas veces me había torturado mirar desde lejos. La vi así, hermosa, perfecta, su piel pálida iluminada por la luz, sus curvas suaves y redondeadas esperando por mis manos, y sentí que las rodillas me temblaban de pura admiración y deseo.—Eres la cosa más hermosa que existe —murmuré, acercándome de nuevo, besando su frente, sus ojos, bajando por sus mejillas hasta llegar a su cuello, ese lugar suave y fragante que siempre me había vuelto loco—. Eres mi reina. Y esta noche... voy a demostrarte cuánto te adoro. Voy a hacerte olvidar cada mal momento, cada mala palabra, cada mala caricia que alguna vez tuviste de mí.-

Mis manos recorrieron su cintura, sus caderas, subieron lentamente por su espalda desnuda, mientras mis labios recorrían su piel, dejando besos húmedos, suaves, marcando mi territorio, recordándole a cada instante que ahora yo era suyo, y ella era mía. La sentí estremecerse bajo mi tacto, escuché cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo pequeños gemidos se le escapaban de la garganta, sonidos que me parecieron la música más dulce del mundo.La fui guiando hacia la cama, esa cama donde tantas veces ella durmió sola, donde yo dormí solo, donde tantas noches estuvimos separados estando tan cerca. La recosté suavemente sobre las almohadas, y me quedé un momento de rodillas ante ella, mirándola, adorándola, quitándome yo mismo la ropa con movimientos ágiles y nerviosos, sintiendo su mirada recorrer mi cuerpo, esa mirada que antes evitaba y que ahora me quemaba, que me hacía sentir deseado, necesario, amado.Me acosté a su lado, apoyado sobre un codo, y pasé mi mano libre por todo su cuerpo, con lentitud, deteniéndome en cada curva, explorando cada rincón, memorizando cada reacción suya, cada vez que se arqueaba hacia mí, cada vez que sus manos me buscaban. Cuando por fin mis dedos llegaron a donde ella me pedía, cuando sentí su calor, su humedad, su entrega absoluta, ella arqueó la espalda, cerró los ojos y suspiró mi nombre con un sonido que me hizo perder el último rastro de control que me quedaba.-

—Dante... por favor... —suplicó bajito, con esa voz llena de deseo que me recorría entero.—Ya, mi vida, ya... —le respondí, besando su boca con intensidad, uniéndome al fin a ella, entrando en ese paraíso que me había sido prohibido y que ahora se abría para mí con toda su dulzura.Y fue tal como yo le había prometido. Fue mil veces mejor. Fue diferente a todo. Con Isabella, el placer era agudo, rápido, ruidoso, un fuego que ardía y se consumía. Con Valeria... fue profundo, envolvente, infinito. Fue como volver a nacer. Me moví dentro de ella con lentitud, con ritmo, buscando siempre su mirada, asegurándome de que ella recibiera todo, de que cada movimiento fuera para ella, de que cada roce fuera una caricia para su alma. La sentí estrecharme entre sus piernas, entre sus brazos, escuché cómo mi nombre salía de sus labios una y otra vez, convertido en plegaria, en ruego, en adoración.-

Nos movimos juntos, en una cadencia perfecta, hecha solo para nosotros, unidos no solo por los cuerpos, sino por todo lo que éramos, por todo lo que habíamos sufrido, por todo lo que habíamos ganado. Sentía cómo el amor crecía entre nosotros, más grande que el deseo, más fuerte que cualquier sensación física. Y cuando el clímax llegó, cuando nos fundimos en un solo grito, en un solo temblor, en un solo instante de placer absoluto y divino, me di cuenta de que ya no había barreras, ni pasado, ni errores. Solo éramos nosotros. Completos. Enteros. Verdaderos.

Me quedé sobre ella, apoyado en los brazos para no pesarle, con la respiración agitada, con el corazón latiendo contra el suyo, mientras ella me abrazaba fuerte, hundiendo la cara en mi cuello, acariciando mi espalda con manos suaves y cariñosas. Me bajé a su lado, la atraje contra mí, cubriéndola con mi cuerpo y con las sábanas, protegiéndola, haciéndole saber que ya nunca más tendría que estar sola.—¿Te das cuenta? —le dije al oído, acariciando su cabello despeinado, besando su frente, sus ojos, sus labios hinchados por los besos—. Ya no hay vuelta atrás. Ya no hay reglas. Ya no hay distancia. Ahora duermes conmigo. Ahora vivo para ti. Ahora todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que seré... es tuyo.-

Ella levantó la cara para mirarme, y vi en sus ojos esa paz que hacía tanto tiempo buscaba, esa certeza que yo le debía. Me pasó la mano por la mejilla, con una ternura infinita, y sonrió.—Fue tal como dijiste... —susurró ella, adormeciéndose ya entre mis brazos, segura, feliz—. Mil veces mejor. Porque esta vez... esta vez me diste tu alma, Dante. Y eso... eso es lo que me hace realmente tuya.-La abracé con más fuerza, cerré los ojos inhalando su perfume, sintiendo el calor de su piel contra la mía, escuchando su respiración tranquila, el sonido más hermoso del mundo. Afuera quedaba Isabella, quedaban las mentiras, quedaba el pasado oscuro y doloroso. Aquí, dentro, en nuestra cama, en nuestros brazos, solo quedaba el amor. Ese amor que había sobrevivido a todo, que había esperado pacientemente, que ahora florecía con toda su fuerza, hermoso, inmenso, eterno.Y supe, mientras me dejaba llevar por el sueño junto a ella, que esta noche no solo habíamos consumado nuestro amor... habíamos comenzado nuestra verdadera vida juntos. Una vida donde yo era suyo, ella era mía, y nada ni nadie podría separarnos jamás.

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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