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NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:546
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.

NovelToon tiene autorización de Santiago López P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 9

Saori se colgó la mochila al hombro, sintiendo el peso de las correas como un recordatorio de la responsabilidad que cargaba.

​—No te preocupes, tendré cuidado —dijo ella, intentando que su voz no temblara frente a la mirada inquisidora de su hermano.

​—Ese no es el punto. ¿Por qué debes salir ahora? —reprochó Sora, bloqueándole el paso con los brazos cruzados—. Ya compraste suficiente comida, ¿no? Además, nuestros padres también dejaron suministros aquí abajo. No tiene sentido arriesgarse.

​Saori suspiró y sacó una pequeña bolsa de plástico transparente. En su interior brillaban varios discos metálicos del tamaño de una moneda, con una superficie que parecía un adhesivo industrial de alta resistencia.

​—No saldré por comida —explicó, agitando la bolsa—. Saldré a poner esto.

​—¿Qué es eso? —preguntó Sora, entornando los ojos.

​—Son cámaras de vigilancia avanzada. Al parecer, nuestros padres las diseñaron específicamente para este sistema. Ya leí el manual; son autoadhesivas y tienen una batería de larga duración. Solo hay que pegarlas en puntos estratégicos.

​Sora guardó silencio, procesando la información. El búnker era seguro, pero sin ojos en el exterior, estaban ciegos ante cualquier horda que pudiera rodear la propiedad.

​—Tengo planeado distribuirlas por toda nuestra zona —continuó Saori, con un tono analítico que no admitía réplicas—. De esa forma, será mucho más fácil monitorear cualquier movimiento antes de que llegue a nuestra puerta.

​—Pero... sigue siendo peligroso, Saori. La calle ya no es la misma de ayer.

​—Tranquilo, estaré bien. Apenas las pegue, se conectarán automáticamente con la computadora principal del búnker. Además, también me llevaré esto.

​Saori mostró un par de audífonos tácticos de perfil bajo, diseñados para ajustarse perfectamente bajo una gorra.

​—Cuando regrese, será más fácil que me guíes si algo se complica. Mientras me esperan, pueden ir pasando todo lo de la casa al búnker. Necesito que ese inventario esté listo cuando yo vuelva.

​Sora dejó caer los hombros, derrotado por la lógica implacable de su hermana. Sabía que, aunque intentara detenerla, ella encontraría la forma de escapar.

​—Está bien... —susurró él, apartándose para dejarla pasar—. Incluso si digo que no, harás lo que quieras. Solo... vuelve, ¿de acuerdo? No quiero que Yuuta se quede sin su hermana mayor.

​Saori no respondió, pero le dedicó un asentimiento firme antes de subir las escaleras hacia la superficie. El aire arriba se sentía diferente: más pesado, cargado de un presagio violento. Con el cuchillo en una mano y las cámaras en la otra, se dispuso a convertir su vecindario en su tablero de ajedrez personal.

Saori se tomó unos minutos para prepararse con meticulosidad. No era momento para la vanidad, sino para la supervivencia. Se deshizo de las capas innecesarias y seleccionó una vestimenta que le permitiera moverse con agilidad: pantalones de tela resistente, botas ajustadas y una chaqueta con múltiples bolsillos.

Mientras ella se equipaba, el búnker se convirtió en un hervidero de actividad. Sora, Yuuta y Naoko trabajaban en una cadena humana improvisada para trasladar los suministros. Las armas, desde los cuchillos de caza hasta las herramientas más pesadas, fueron organizadas en una repisa metálica cerca de la entrada, listas para ser tomadas en un segundo.

La comida se almacenó en el cuarto de refrigeración pasiva que sus padres habían diseñado. Al entrar en esa habitación, el aire se sentía notablemente más gélido; el sistema de aislamiento era impecable.

—Asegúrense de que las latas más viejas queden al frente —instruyó Saori mientras pasaba por el pasillo.

Al llegar a su habitación personal, se detuvo frente al armario. La dueña original del cuerpo poseía una colección interminable de vestidos caros y telas delicadas que ahora le parecían reliquias de un mundo extinto. Saori no tenía nada en contra de la moda, pero en este nuevo escenario, un vestido era solo una trampa de seda que podía enredarse en sus piernas mientras huía. Priorizó los pantalones y las prendas térmicas, dejando atrás la mayoría de la ropa de gala. Sin embargo, al fondo del armario, ocultas tras unas cajas de zapatos, encontró lo que buscaba: tres cajas más de provisiones que ella misma había escondido semanas atrás.

—Llévense esto también —ordenó, entregando las cajas a Sora.

Antes de salir, Saori revisó su mochila. Tenía las cámaras y los audífonos, pero su mente ya estaba calculando el siguiente paso. Sabía que, aunque el búnker era una maravilla de ingeniería, carecía de suministros médicos avanzados. En la enfermería del instituto había un kit de trauma profesional y antibióticos de amplio espectro que no se conseguían en ninguna farmacia local. Además, recordaba que en la oficina del director se guardaba un mapa detallado del alcantarillado de la zona, una ruta de escape que la novela mencionaba como vital si la superficie se volvía intransitable.

—Iré primero al instituto —declaró Saori, ajustando el cuchillo en su cadera.

—¿Al instituto? —Sora se detuvo con una caja en los brazos, con el rostro pálido—. Saori, eso es meterse en la boca del lobo. Hay cientos de estudiantes allí.

—Necesitamos los suministros médicos de la enfermería y el mapa de las alcantarillas de la oficina central —respondió ella, con una mirada gélida que cortó cualquier protesta—. Si nos encerramos aquí sin medicinas, una simple infección nos matará más rápido que los zombies. Es ahora o nunca, antes de que el caos sea total.

Sora apretó los dientes, pero no pudo refutar su lógica. Saori le dio una última mirada a sus hermanos, grabándose sus rostros por si algo salía mal, y cruzó el umbral hacia la superficie.

Saori cruzó el umbral de la puerta y el aire denso del exterior la golpeó de inmediato. El silencio del vecindario era artificial, una calma tensa rota únicamente por el eco lejano de la autopista. Los gritos y el estruendo de las colisiones rebotaban contra las fachadas de las casas vacías, transformando los sonidos de la civilización en un lamento metálico que erizaba la piel.

—Saori, ¿me escuchas? —la voz de Sora vibró en su oído, clara gracias al auricular.

—Te escucho —respondió ella en voz baja.

Se detuvo frente a un poste de luz y pegó el primer disco metálico. El dispositivo parpadeó una vez en verde antes de mimetizarse con la superficie. Repitió la acción cada diez metros, moviéndose como una sombra entre los jardines delanteros.

Mientras avanzaba, un perro callejero pasó trotando junto a un grupo de tres infectados que se tambaleaban cerca de una boca de incendio. Los monstruos, con la piel grisácea y las mandíbulas desencajadas, ni siquiera giraron la cabeza ante el animal; sus oídos estaban afinados únicamente para captar el ritmo errático de una respiración humana o el roce de una bota contra el pavimento.

Realmente agradezco las reglas de este mundo, pensó Saori, observando cómo los zombies ignoraban al perro. En la novela original, el autor estaba más preocupado por el desarrollo del harem del protagonista que por crear monstruos infalibles. Esa negligencia narrativa era ahora su mayor ventaja: estos seres eran ciegos, se guiaban solo por el oído y, por alguna razón biológica inexplicable, no consideraban a los animales como presas.

Sin embargo, la visión en el suelo le recordaba que no había margen para el error. Pasó junto a los restos de lo que parecía haber sido un vecino. El cuerpo estaba inerte, pero no se levantaría: su cráneo había sido aplastado por el impacto de un vehículo.

Cualquier cadáver con la cabeza destrozada permanece muerto, recordó ella. Era la regla de oro. Si el cerebro se apagaba por trauma físico, el virus perdía su hueso.

Dentro del búnker, Sora observaba los monitores con los puños apretados. A su lado, Yuuta miraba fijamente una de las pantallas secundarias que mostraba la calle. Sora había intentado alejarlo, pero el niño se mantuvo firme.

—No le digas a Saori, hermano —susurró Yuuta, con una madurez que dolía—. No quiero que me protejan de la verdad. Si el mundo se acabó, necesito saber cómo es.

Sora asintió en silencio, compartiendo ese secreto prohibido con el pequeño mientras la voz de Saori volvía a sonar en el receptor.

—Creo que, por ahora, los alrededores están despejados —informó ella, ajustando la correa de su mochila—. Me desviaré por un momento.

—¿A dónde te diriges? —preguntó Sora, enderezándose en su silla—. El plan era asegurar el perímetro y volver.

—Voy al instituto. Necesito los antibióticos de la enfermería y el mapa técnico de las alcantarillas que el director guarda en su oficina. No podemos depender solo de la superficie.

Sora dejó escapar un suspiro cargado de frustración y miedo.

—Está bien... pero date prisa. Ten cuidado, por favor.

—Tú tranquilo y yo nerviosa —respondió Saori con una pequeña sonrisa que nadie vio—. Volveré pronto.

Se alejó de la zona segura, internándose en las calles que llevaban al instituto, donde el eco de los gritos empezaba a sonar mucho más cerca.

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