Ella renace en un personaje que odió de la última novela que estaba leyendo.. ahora está decidida a cambiar su destino..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
**Todas la novelas son independientes**
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Tienda de Modas 2
El día de la inauguración de la tienda Ryder, Josie estaba tan nerviosa que había despertado antes del amanecer.
Y eso era grave.
Porque en su vida pasada había sido capaz de ignorar tres alarmas consecutivas con talento profesional.
Pero esa mañana no pudo dormir más.
Estaba demasiado ansiosa.
Demasiado emocionada.
Demasiado aterrada.
Caminaba de un lado a otro en su habitación mientras las doncellas intentaban arreglarla.
—¿Y si nadie viene?
—Vendrán, my lady.
—¿Y si odian los vestidos?
—No los odiarán, my lady.
—¿Y si alguien se desmaya porque puse bolsillos?
Las doncellas ya estaban acostumbradas a frases extrañas.
Simplemente seguían trabajando.
Cuando finalmente llegó frente a la tienda, Josie sintió que el corazón le iba a salir del pecho.
El lugar estaba precioso.
Las ventanas brillaban bajo la luz de la mañana.
Los vestidos estaban perfectamente acomodados.
Las flores decoraban la entrada.
Y sobre la puerta estaba el elegante letrero..
Tienda de Modas Ryder.
Josie se quedó mirándolo unos segundos.
[…Es real.]
El conde Ryder estaba junto a ella, elegantemente vestido y absolutamente orgulloso.
Parecía un hombre listo para presumir de su hija hasta el final de sus días.
—Todo saldrá bien
Josie tragó saliva.
—¿Y si no?
El conde la miró como si hubiera dicho una locura.
—Es imposible.
Y honestamente…
Eso ayudó más de lo que ella esperaba.
Las puertas se abrieron.
Y comenzó el caos.
Pero un caos maravilloso.
Las primeras clientes entraron curiosas.
Luego llegaron más.
Y más.
Y más.
Muy pronto la tienda estaba llena.
Nobles observando telas.
Jóvenes probándose vestidos.
Señoras comentando diseños.
Costureras corriendo discretamente de un lado a otro.
Josie prácticamente flotaba de nervios.
Escuchaba conversaciones mientras intentaba fingir calma.
—¡Es mucho más cómodo!
—¿Notaste las mangas?
—La caída de la tela es preciosa.
—Y sigue siendo elegante.
—¡Tiene bolsillos!
Ese último comentario casi la hizo llorar de felicidad.
[POR FIN ALGUIEN ENTIENDE LA IMPORTANCIA DE LOS BOLSILLOS.]
Incluso varias nobles quedaron fascinadas porque podían moverse mejor con aquellos vestidos.
Una mujer giró sorprendida frente al espejo.
—Puedo respirar…
Josie casi quiso abrazarla.
Las ventas comenzaron rápidamente.
Más rápido de lo que esperaba.
Y cuanto más avanzaba el día, más emoción crecía dentro de ella.
Porque las personas realmente estaban felices.
No fingiendo.
No siendo educadas porque ella fuera hija de un conde.
Realmente felices.
Tocaban las telas con admiración.
Sonreían frente a los espejos.
Hablaban emocionadas entre ellas.
Y Josie…
Josie sentía algo cálido en el pecho cada vez que veía eso.
[Porque esto lo hice yo.]
No Ethan.
No una novela.
No el destino.
Ella.
Cuando finalmente la tienda cerró al final del día, todas las trabajadoras estaban agotadas.
Pero felices.
Muy felices.
El taller entero parecía lleno de energía.
Incluso algunas costureras estaban emocionadas hablando entre ellas.
—Vendimos muchísimo.
—La gente amó los diseños.
—¡Lady Josie tenía razón!
Josie seguía procesando todo.
Todavía parecía un sueño.
Hasta que llegó el momento de revisar las cuentas.
Y ahí apareció la antigua Valeria.
La mujer que había vivido calculando gastos toda su vida.
Sentada frente a la mesa, comenzó a revisar números cuidadosamente.
Ingresos.
Costos de telas.
Materiales.
Pago de salarios.
Decoración.
Transporte.
Todo.
El conde observaba desde cerca mientras ella calculaba con total seriedad.
Finalmente Josie terminó.
Miró el resultado.
Y se quedó quieta.
La ganancia realmente no era enorme.
Especialmente considerando la fortuna de la familia Ryder.
Probablemente…
El conde gastaba más en un almuerzo elegante con sus socios.
Y sin embargo…
Las manos de Josie comenzaron a temblar.
Porque aquello era diferente.
Muy diferente.
Ese dinero…
Era suyo.
Suyo de verdad.
Ganado por algo que ella había creado.
Por algo que había imaginado.
Diseñado.
Construido.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas antes de que pudiera evitarlo.
El conde se alarmó inmediatamente.
—¿Qué ocurre? ¿Hubo pérdidas?
—¡No!
Ella negó rápido mientras se reía entre lágrimas.
—No es eso…
Miró otra vez las cuentas.
Y sintió un nudo enorme en el pecho.
[Por primera vez…]
En su vida pasada había trabajado muchísimo.
Pero siempre había sentido que sobrevivía.
Corriendo de un lado a otro.
Cansada.
Agotada.
Y ahora…
Ahora estaba allí sentada viendo el resultado de algo nacido de sus propias ideas.
No importaba si la cantidad no era gigantesca.
No importaba si seguía siendo una aristócrata absurdamente rica.
Eso tenía valor porque lo había conseguido ella.
Josie se cubrió un poco el rostro mientras intentaba no llorar demasiado.
—Es mi primer dinero…
El conde la observó en silencio.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa llena de orgullo.
Porque entendió perfectamente por qué su hija estaba emocionada.
Se acercó lentamente y apoyó una mano sobre su cabeza.
—Lo hiciste muy bien, Josie.
Ella levantó la mirada.
Los ojos todavía húmedos.
Y el anciano sintió el corazón apretarse un poco.
Porque nunca había visto a su hija tan feliz por algo propio.
No por atención.
No por romance.
No por alguien más.
Por ella misma.
Josie volvió a mirar las cuentas.
Y sonrió entre lágrimas.
[Puede que no sea mucho para los Ryder…]
Pero eso no importaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
Sentía que había construido algo con sus propias manos.
Esa noche, después de revisar las cuentas por quinta vez solo para convencerse de que eran reales, Josie permaneció sentada en silencio mirando las monedas y billetes sobre la mesa.
Su primera ganancia.
Su dinero.
Todavía le parecía increíble.
El conde seguía acompañándola, observándola con esa expresión suave y orgullosa que últimamente aparecía cada vez que ella hablaba de la tienda.
Y entonces Josie pensó en algo.
Algo pequeño.
Simple.
Pero importante para ella.
Levantó lentamente la cabeza.
—Padre…
—¿Sí, querida?
Ella sonrió un poco, todavía emocionada.
—Quiero usar mi primera ganancia para invitarlo a tomar el té.
El conde quedó completamente quieto.
Josie incluso se preocupó un segundo.
[¿Dije algo raro?]
Pero entonces vio cómo los ojos del anciano se humedecían apenas.
Muy poquito.
Aunque intentó disimularlo aclarando la garganta.
—¿A mí?
—Sí.
Ella se rio suavemente.
—Quiero hacerlo yo.
El conde la miró unos segundos en silencio.
Y en ese momento sintió algo extraño en el pecho.
Algo cálido.
Porque llevaba años dándole todo a Josie.
Vestidos.
Joyas.
Viajes.
Caprichos.
Todo.
Pero aquella era la primera vez que su hija quería regalarle algo nacido de su propio esfuerzo.
Y eso lo hacía sentir absurdamente feliz.
Demasiado feliz.
El anciano sonrió lentamente.
Una sonrisa sincera.
Emocionada.
—Entonces aceptaré encantado.
Josie sonrió todavía más.
Y al día siguiente salieron juntos.
Sin gran escolta.
Sin enormes preparativos.
Solo padre e hija.
Josie eligió un pequeño salón de té elegante cerca del centro.
No era el más lujoso de la ciudad.
De hecho, comparado con la mansión Ryder probablemente parecía sencillo.
Pero tenía ventanales bonitos, flores frescas y un ambiente cálido.
Y eso le gustó.
Cuando entraron, varias personas reconocieron inmediatamente al conde Ryder y a lady Josie.
El dueño casi entra en pánico intentando atenderlos personalmente.
Pero Josie solo sonrió.
—No se preocupe, solo venimos a tomar el té.
El hombre parecía a punto de llorar de alivio y terror al mismo tiempo.
Los llevaron a una mesa junto a la ventana.
Josie observó el lugar con una sonrisa tranquila.
Y el conde la observó a ella.
[Hace mucho no la veía disfrutar algo tan simple…]
Porque antes Josie siempre parecía distraída.
Incluso en reuniones elegantes.
Incluso en fiestas.
Como si estuviera esperando algo que nunca llegaba.
Pero ahora…
Ahora estaba allí mirando emocionada una carta de postres.
—Padre, tienen pastel de fresas.
El conde sonrió.
—Entonces pidámoslo.
Josie negó inmediatamente.
—No, hoy invito yo.
Y el anciano sintió otra punzada emocional en el pecho.
Pidieron té.
Pequeños pastelitos.
Galletas.
Nada exagerado.
Nada especialmente costoso.
Pero aun así…
Josie estaba radiante.
Y eso hacía que todo se sintiera especial.
Mientras tomaban té, ella comenzó a hablar emocionada sobre nuevos diseños.
Sobre ideas para invierno.
Sobre telas más suaves.
Sobre colores.
El conde honestamente entendía muy poco.
Pero escucharla así lo hacía feliz.
Muy feliz.
Porque su hija tenía sueños ahora.
Metas.
Algo que llenaba su corazón más allá de un romance doloroso.
Josie partió un pequeño pastel y lo probó.
Sus ojos brillaron.
—¡Está delicioso!
El conde probó el suyo también.
Y sinceramente…
No era el mejor pastel que había comido en su vida.
Había probado postres muchísimo más caros.
Más refinados.
Más exclusivos.
Pero mientras observaba a Josie sonriendo frente a él…
Pensó algo que jamás diría en voz alta.
[Nunca he probado algo tan dulce.]
Porque aquella comida tenía algo distinto.
No era lujo.
No era dinero.
Era cariño.
Era su hija usando las primeras ganancias obtenidas con su propio esfuerzo para compartir un momento con él.
Y eso volvía todo especial.
Josie siguió hablando mientras sostenía su taza.
—Cuando gane más dinero quiero expandir el taller.
El conde sonrió suavemente.
—Lo lograrás.
Ella lo miró un segundo.
Y entonces se dio cuenta de algo.
En la novela original…
Josie Ryder había pasado tanto tiempo persiguiendo amor romántico que casi nunca compartía momentos así con su padre.
Y era una pena.
Porque el conde Ryder realmente la amaba muchísimo.
Josie sintió el corazón cálido.
[Qué suerte tuve…]
Porque había muerto.
Sí.
Pero también había encontrado una familia.
Una oportunidad.
Y una vida que, poco a poco, empezaba a sentirse realmente suya.
El conde tomó otro trozo de pastel mientras la escuchaba hablar.
Y pensó, con total sinceridad, que jamás olvidaría aquella tarde sencilla donde su hija lo invitó a tomar el té con el primer dinero ganado por ella misma.