Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo IX: El brillo del triunfo
Kendra tenía miedo de hacerse una prueba de embarazo, porque no quería saber el resultado, aunque en el fondo ya sospechaba cual era el resultado, porque ella siempre fue muy regular.
—Puedo terminar con esto y nadie tiene por qué enterarse —se susurró a sí misma.
A pesar de sus palabras ella descubrió que era provida y sin importar las circunstancias de su concepción, ese ser que se estaba gestando en su interior era su hijo y fue la primera vez que descubrió que podía proteger a alguien más que a sí misma.
Esa noche salió muy tarde y Axel la observaba por el retrovisor, le llamó la atención que su jefa tenía los ojos enrojecidos y se notaba que estaba muy deprimida, quería preguntarle si le pasaba algo, pero el silencio de Kendra se lo hizo imposible.
—Necesito ir a una farmacia — dijo ella con una voz trémula y dudosa.
Axel se detuvo en la más cercana y cuando se ofreció a bajar para comprar lo que fuera que necesitara, ella negó con la cabeza y treinta minutos después ella regresó al auto abrazando una bolsa de plástico transparente, y por desgracia esta no ocultaba su contenido.
Cuando Axel vio que se trataba de varias pruebas de embarazo bajó la cabeza pensando con decepción que su jefa había logrado su cometido, y negó con la cabeza porque también supo que el precio que pagaría Kendra sería devastador porque no solo lastimaría a su hermana sino porque ella misma también terminaría lastimada.
—Vamos a casa... por favor —suplicó Kendra, apretando la bolsa contra su pecho como si fuera lo único que la mantenía entera.
Esa noche en la privacidad del baño de su habitación Kendra descubrió que en efecto estaba embarazada lo que no comprendía era como había ocurrido porque siempre usaron protección, sin embargo, ese día descubrió que los métodos anticonceptivos podían fallar, estaba devastada y no sabía qué hacer.
—No puede ser… no puede ser … no puede ser … —se repetía una y otra vez.
Kendra se encontraba sentada en el suelo del baño, sintiendo que el mundo se le caía encima, y lloraba desesperada cuando la puerta se abrió de golpe.
—¿Por qué no has venido a cenar? —preguntó Ifigenia.
Ifigenia entró al baño sin llamar, invadiendo el espacio personal de Kendra y al ver la prueba de embarazo en la mano de Kendra, su rostro no mostró preocupación ni consuelo, sino un descarado brillo de triunfo.
—¡Sabía que tendrías éxito! —gritó Ifigenia con alegría— Con esto, Ángel no tendrá más opción que romper el compromiso y cancelar la boda con tu hermana.
Kendra intentó hablar, y decirle que no estaba lista para ser madre, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, estaba agobiada y sentía que nadie le preguntó su opinión, y antes de que pudiera reaccionar su madre le arrebató su teléfono y con mucha frialdad tomó una fotografía del positivo y de forma arbitraria, se la envió a Ángel.
—¡No lo hagas mamá! ¿Qué estás haciendo? —balbuceó Kendra, cubriéndose el rostro con las manos.
—No me mires así —replicó Ifigenia, guardando el teléfono con una sonrisa satisfecha— Con el tiempo me lo vas a agradecer, porque estás asegurando tu futuro y el de esta familia.
Kendra se quedó en silencio, sabiendo que este era el final de la felicidad de Keila y de cualquier rastro de integridad que le quedaba.
Entre tanto René no paraba de escribirle, y ella sabía que debía confrontarlo, y decirle la verdad, solo que no encontraba las fuerzas.
—¿En qué momento mi vida se convirtió en este desastre? —susurró mientras escuchaba el sonido de los pasos de su madre mientras se marchaba.
Ángel soltó su teléfono cuando leyó el mensaje, porque estaba impresionado, sin embargo, sonrió porque después de todo, siempre fue su intención salir con Kendra, ya que era la “supuesta heredera” del emporio familiar.
Sin embargo, de alguna manera una parte de él sentía afecto por Keila, el problema era que su esterilidad si le afectaba más de lo que admitía y la presión de su madre era demasiada, así que de forma muy fría tomó una decisión.
—Lo siento, Keila, pero el asunto de tu esterilidad es demasiado para mí —se dijo a sí mismo.
Tomó su teléfono y con manos temblorosas debido a la adrenalina le escribió a Kendra “no te preocupes voy a hacer lo correcto, mañana voy a hablar con Keila para cancelar la boda”.
Kendra leyó el mensaje y soltó una carcajada amarga pensando en cómo un infiel como Ángel podía hacer lo correcto, aunque ella no era una mejor persona, así que solo le respondió “Por lo menos no le cuentes a mi hermana aún sobre mi embarazo”.
A la mañana siguiente Kendra con un semblante frío se sentó a la mesa y comió su desayuno en silencio, por momentos observaba a su hermana y pensaba en la ironía del momento, ella se veía tan radiante hablando sobre sus planes de boda e ignoraba la triste verdad de que su prometido ese día le rompería el corazón.
Cuando subió al auto el ambiente se sentía muy pesado porque Axel la observaba con el ceño fruncido, porque no pudo dormir bien pensando en que Kendra podría estar embarazada de su cuñado y eso le causaba mucho conflicto interior.
—Parece que no durmió bien señorita Barreto—le dijo Axel con tono acusador.
—No estoy para tus bromas, Axel, solo conduce — advirtió ella, apretando su bolso contra su vientre.
Kendra pensaba en que no deseaba casarse con Ángel, ni quería el odio de su hermana, mucho menos el desprecio de su padre ni que todos la llamaran “la otra” por el resto de su vida, pero por desgracia ahora esta era su nueva realidad.
Sabía que debía ir al obstetra, pero por desgracia su especialista tenía una lista de espera y su cita era dentro de dos semanas.
—Parece que hoy está muy hormonal —comentó Axel con insolencia.
—¡Juro que, si me haces enojar, te despido! —estalló Kendra, descargando toda su frustración sobre él.
—Claro—respondió Axel sin inmutarse, mirándola por el retrovisor —Es mejor desquitarse con el que supone es más débil que admitir sus propios errores.
—¡No sé porque te gusta tanto hacerme enojar! —gritó ella, sintiéndose desnuda ante su insolente mirada.
—Señorita Barreto … usted conoce a mucha gente poderosa, pero pocos se atreven a decirle cuando está equivocada.
—¡No te creas tan importante! —gritó Kendra.
Kendra en el fondo sabía que Axel era la única persona que le decía la verdad, y eso era precisamente lo que más le dolía.
Por suerte no tenía síntomas de su embarazo más allá de estar deprimida, y el resto del día estuvo ocupada en elaborar informes y planificar estrategias, también comenzó a revisar sus fondos personales porque una mujer astuta siempre tiene un plan de contingencia y para su asombro los números eran muy alentadores.
—¿Qué pasaría si simplemente desaparezco? —susurró, acariciando su vientre aún plano.
Por un momento, la idea de huir de su madre, de Ángel y de su propia culpa le pareció una salida lógica, pero una parte de ella se sentía muy aterrada, se había esforzado tanto para heredar el emporio familiar que no le parecía justo.
Era muy tarde cuando regresó a casa y esta vez notó que Axel estaba en silencio, con su mandíbula tensa, lo que ella ignoraba es que había ido al juzgado a una audiencia de su divorcio y Marisol fue ese día con su amante para intentar humillarlo.
—¿Por qué Ángel me hace esto? —preguntó Keila con un llanto desgarrado.
Cuando Kendra entró a su habitación se dio cuenta de que las paredes no eran tan gruesas como suponía, porque se escuchaban los lamentos de Keila y lo peor es que ella sabía el motivo, se tapó los oídos pero de igual manera se filtraban sus sollozos, además de que los empleados murmuraban de que la boda estaba cancelada y que el cobarde de Ángel no le dio ningún motivo.
—¡Qué hombre tan cobarde! —admitió Kendra, sintiendo un nudo en su estómago.