"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El precio de la intrusión
El sonido del clic de la puerta al cerrarse retumbó en los oídos de Alessandra como un disparo. Damian no se movió de la entrada; se quedó allí, con la camisa abierta en el cuello y esa mirada gris que parecía atravesar su armadura de orgullo.
—¿Qué haces en mi despacho, Alessandra? —Su voz era baja, peligrosa, el tipo de calma que precede a la tormenta.
—Buscaba la verdad —respondió ella, obligándose a sostenerle la mirada aunque sus piernas temblaran—. Buscaba saber por qué estás tan agotado y por qué mi padre te llamó hoy. ¿O es que vas a negarme que se está aliando con los Falier?
Damian entrecerró los ojos. Dio un paso hacia ella, y luego otro, obligando a Alessandra a retroceder hasta que sus muslos chocaron contra el borde del escritorio de roble.
—Mi hermana habla demasiado —siseó él, acortando la distancia hasta que Alessandra pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Sí, tu padre está intentando jugar a dos bandas. Cree que los Falier lo ayudarán a recuperar sus barcos, sin entender que esos carniceros solo lo usarán como carnada para llegar a mí. Y a ti.
—Él me quiere —insistió ella, aunque la duda sembrada por Irina le quemaba el pecho—. Es mi padre. Solo está desesperado.
Damian soltó una carcajada amarga y apoyó ambas manos en el escritorio, a cada lado del cuerpo de Alessandra, atrapándola. Se inclinó tanto que sus frentes casi se tocaban.
—Tu padre solo quiere su estatus, Alessandra. Eres hermosa e inteligente, pero para él, sigues siendo una moneda de cambio. Si los Falier te ponen la mano encima, no te tendrán en una suite de lujo; te usarán para enviarme mis propias rutas en pedazos.
Alessandra sintió un nudo en la garganta. La cercanía de Damian era abrumadora. Podía ver la fatiga en las sombras bajo sus ojos, pero también un deseo crudo que él no podía ocultar del todo. El odio que ella sentía se estaba mezclando con una atracción traicionera que la asustaba más que los propios Falier.
—Dijiste que entrar aquí tenía un precio —susurró ella, tratando de recuperar el aliento—. ¿Qué quieres, Damian? ¿Otra regla estúpida? ¿Más sumisión?
Damian bajó la mirada a los labios de Alessandra por un segundo eterno antes de volver a sus ojos.
—El precio es la transparencia total —dijo él, su voz volviéndose un murmullo oscuro—. A partir de mañana, no solo estarás a dos metros de mí. Asistirás a cada reunión, escucharás cada trato y firmarás cada documento que yo te ordene. Vas a ver la cara real de Giorgio Cavalli y de los hombres con los que se ha aliado.
Él levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el cuello de Alessandra con el pulgar, justo donde su pulso latía desbocado.
—Ese es tu castigo: te voy a quitar la venda de los ojos. Te voy a mostrar que el hombre al que llamas enemigo es el único que está evitando que te conviertas en un cadáver a manos de los Falier. Y cuando te des cuenta de que no tienes a nadie más que a mí... —él se inclinó y le susurró al oído—, vendrás a este despacho y me pedirás que te proteja. Por tu propia voluntad.
Alessandra sintió un escalofrío recorrer su columna. Él no quería su cuerpo por la fuerza; quería su rendición mental. Quería que ella misma rompiera su promesa de "preferiría ahogarse antes que pedirle algo".
—Nunca te pediré nada —desafió ella, aunque su voz sonó menos firme de lo que deseaba.
—Ya veremos, cara —respondió Damian con una sonrisa gélida—. La noche es joven, y los Falier son muy impacientes. Ahora, vuelve a tu habitación antes de que decida que el precio de esta noche sea algo mucho más... personal.