✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Orgullo maternal
El callejón del barrio de los tintoreros los recibió con un aire espeso que, al menos, cortaba el fétido olor de las alcantarillas. El cielo de Kala-Zul ya estaba completamente iluminado por un sol amarillo que calentaba los techos de arcilla, pero los cuatro viajeros no podían disfrutar de la mañana. El lodo negro de las cloacas cubría sus botas, sus túnicas de lino marrón estaban manchadas de grasa subterránea y el aroma a descomposición que desprendían sus ropas era tan fuerte que un mendigo se habría alejado de ellos.
—Vaya… —murmuró Ettore, tapándose la nariz con una mano mientras sacudía su chaleco—. He limpiado establos en mi aldea, he marchado bajo la lluvia con la Orden, pero esto… esto es otra categoría de tortura. Huelo a muerte y a verduras podridas.
Marcos miró sus propias manos sucias, manteniendo su fijeza habitual.
—Si caminamos dos calles más con este aspecto, los guardias no van a necesitar perros rastreadores para encontrarnos, Lin. Los obreros de este barrio están limpios de grasa, solo huelen a tinte de lana. Somos una antorcha de peste.
El príncipe Vetmi, que también estaba cubierto de barro hasta las rodillas, señaló hacia una esquina donde el callejón se abría a una calle más amplia.
—Cerca de la plaza de los telares hay una posada llamada El Telar Roto. El dueño es un hombre "sordo" que solo se interesa por el dinero y las pieles de oveja. Si le pagamos bien, no hará preguntas sobre el olor. Además, las lavanderías comunales del barrio están conectadas al patio trasero. Podemos conseguir agua caliente.
Lin introdujo la mano bajo su chaleco con cuidado, asegurándose de que el diario de Norman estuviera seco dentro de su morral protector. Al sentir la calidez de la marca dorada en su palma, el capitán asintió con firmeza.
—Llévanos ahí, Vetmi. Necesitamos quitarnos esta suciedad antes de que el palacio de piedra gris reciba la alerta por los espías caídos. Marcos, mantén los ojos abiertos. Ettore, guarda esa ballesta bajo la manta y no hables con nadie.
Caminaron a paso rápido, pegándose a las paredes de arcilla de las casas. El barrio de los tintoreros era un lugar bullicioso, lleno de grandes calderos de piedra donde el agua hervía con tintes de color azul, rojo y violeta. Los obreros, con los brazos teñidos de colores hasta los codos, cargaban fardos de lana y fustas de madera, demasiado ocupados en sus tareas como para prestar atención a cuatro hombres vestidos con lino marrón viejo.
Al llegar a El Telar Roto, un edificio bajo de adobe con una puerta de madera carcomida, el olor a cordero asado y a cerveza barata tapó un poco su propia peste. El posadero, un anciano de ojos pequeños y una cicatriz que le cruzaba la oreja izquierda, estaba sentado detrás de una barra de madera rústica, contando monedas de cobre.
Lin no perdió tiempo. Se acercó a la barra y dejó caer tres pesadas monedas de oro sobre la madera. El sonido metálico hizo que el posadero levantara la vista de golpe.
—Queremos la habitación del rincón, comida abundante y cuatro tinas de agua clara hirviendo en el patio trasero —ordenó Lin, hablando con una voz profunda que rozaba la amenaza—. Ahora mismo.
El viejo miró las monedas de oro, luego miró el barro negro que goteaba de las botas de Lin y finalmente miró el rostro serio de Marcos. Tragó saliva y escondió el oro bajo su delantal con una rapidez de ladrón.
—Suban… suban por la izquierda —dijo el posadero con voz temblorosa—. Les llevaré el agua al cobertizo de lavado en cinco minutos. No he visto nada, no sé quiénes son.
La Habitación número seis era pequeña, con cuatro jergones de paja seca y una ventana estrecha que daba a los techos de arcilla del mercado. Sin embargo, el verdadero paraíso los esperaba en el cobertizo del patio. Cuatro tinas de madera inmensas estaban llenas de agua humeante que el posadero y un sirviente joven habían cargado a toda prisa.
El baño no fue un acto de relajación, fue una necesidad de supervivencia. Lin, Ettore, Marcos y Vetmi se sumergieron en el agua caliente, frotando su piel con jabón de grasa de cabra y arena fina para arrancar el lodo de las cloacas. El agua clara de las tinas se volvió negra en cuestión de segundos, pero la sensación de alivio fue absoluta.
—Creo que he vuelto a nacer —susurró Ettore, echando la cabeza hacia atrás en la madera de la tina mientras el vapor le limpiaba el rostro—. Capitán, juro que si volvemos a entrar a una alcantarilla, pediré que me ejecuten en la plaza antes de tocar el lodo.
Marcos, que se estaba limpiando una pequeña herida del hombro que el espía le había dejado, soltó una risa corta.
—No te quejes, Ettore. Al menos el agua está caliente. El príncipe Vetmi ha aguantado el olor sin soltar una sola lágrima de corte.
Vetmi, que estaba en la tina del rincón, se limpiaba el cabello castaño con energía. Su piel, blanca y fina, contrastaba con las cicatrices de los tres guerreros, pero sus ojos oscuros mostraban una comodidad nueva.
—En el palacio de mi padre los baños son de mármol y huelen a rosas, Marcos. Pero les aseguro que este cuenco de madera vieja sabe a gloria después de haber tenido a un asesino de la Oscuridad a centímetros del cuello.
Lin fue el último en salir. Se secó con un lienzo de lino limpio y se vistió con una muda nueva de ropa civil que el posadero les había comprado en el mercado de la esquina: una túnica sencilla de color grisáceo, de las que usaban los tejedores de lana, y un pantalón de tela basta. Cuando regresaron a la habitación, el viejo ya les había dejado sobre una mesa rústica una bandeja inmensa con carne de cordero asada, pan de centeno tierno, cebollas dulces y una jarra de agua clara de pozo.
Comieron con un hambre feroz, en silencio, disfrutando del sabor de la comida caliente tras días de raciones secas de campaña. Vetmi devoraba el pan con una sencillez que hacía que Ettore sonriera con orgullo maternal.
—Comes como un granjero, príncipe —bromeó Ettore, pasándole un trozo de carne—. Si tus hermanos mayores te vieran ahora, pensarían que el norte te ha corrompido el protocolo.
Vetmi tragó el bocado y miró al arquero con seriedad.
—Mis hermanos mayores comen con cubiertos de plata mientras planean cómo envenenar al que tienen al lado, Ettore. Prefiero mil veces este pan duro con ustedes que un banquete de oro en Yalnizlik.
La paz de la comida duró muy poco.
Marcos, que se había mantenido cerca de la ventana vigilando los movimientos de la calle inferior, se tensó de golpe. Su mano bajó al mango de su machete pesado, que ahora descansaba oculto bajo un fardo de ropa limpia.
—Lin… tenemos movimiento en la plaza de los telares.
Lin se puso en pie de inmediato, acomodándose el chaleco de cuero rústico. Se acercó a la ventana junto a Marcos y Ettore. Abajo, el bullicio normal de los tintoreros se había transformado en un silencio tenso. Los obreros se apartaban hacia las paredes de las casas, bajando la cabeza con un miedo que Lin reconoció al instante.
Por la calle principal, avanzando con una lentitud que infundía terror, una columna de cincuenta soldados de la Guardia de Hierro avanzaba a caballo. El brillo de sus armaduras negras y pesadas era inmaculado, y los estandartes del halcón negro de Erke flotaban al viento. Pero lo que realmente hizo que el aire de la habitación se congelara fue el hombre que cabalgaba al frente.
Era un guerrero de una estatura descomunal, de hombros tan anchos que hacían ver pequeña a su montura de batalla. Vestía una armadura de placas negras con detalles de espinas de hierro en las hombreras, y su rostro estaba cubierto por un casco cerrado que solo dejaba ver dos rendijas gélidas. En su espalda cargaba una maza inmensa, cuyo pomo de hierro estaba manchado de una costra oscura.
Al ver esa figura, Vetmi palideció de golpe, retrocediendo tres pasos de la ventana hasta chocar con la pared de arcilla. Sus manos empezaron a temblar de un miedo real.
—Es él… —susurró Vetmi, y su voz apenas fue un hilo de aire—. Es Armoton.
Lin se giró hacia el príncipe, sus ojos volviéndose afilados como cuchillas.
—¿Quién es Armoton, Vetmi? Habla claro.
—Mi hermano mayor —respondió Vetmi, tragando saliva con dificultad—. El primer bastardo de la corona. Es el general de la Guardia de Hierro y el hombre más cruel de toda la meseta. En el palacio lo llaman "El Verdugo". Él no pelea por fe, ni por la Orden; pelea porque ama el sonido de los huesos rompiéndose. Si él está devuelta en Kala-Zul, es porque el Consejero Val le ha entregado el mando de la cacería.
Ettore miró por la ventana, viendo cómo los soldados de Armoton empezaban a desplegarse por las esquinas del mercado, revisando las carretas con brusquedad.
—Cincuenta guardias de hierro y un general de maza pesada… Esto ya no es una patrulla de frontera, capitán. Están montando un cerco en la ciudad.
Marcos analizó la formación enemiga con su mente fría de veterano.
—Armoton es un estratega de asedio, Lin. No ha venido a registrar casa por casa de forma aleatoria. Está cerrando las salidas de la ciudad. El soldado que huyó del puente y la falta de informes de los espías de las alcantarillas le han dado la ubicación exacta del perímetro. Piensa que estamos atrapados dentro de Kala-Zul.
Lin se mantuvo firme en el centro de la habitación. Sintiéndose fuerte gracias a la pureza del agua del baño y al calor del diario de Norman contra su pecho, el capitán no dejó que el pánico de Vetmi contagiara la estancia.
—Mantendremos el perfil bajo —sentenció Lin con una voz de acero—. No vamos a movernos de esta habitación mientras el sol esté arriba. Armoton busca a tres cazadores del norte y a un príncipe de túnica azul. Ahora somos tejedores de lana y obreros del tinte. Si mantenemos la calma, sus guardias pasarán de largo por esta taberna de mala muerte.
Vetmi miró a Lin, buscando la seguridad de su postura rígida.
—Mi hermano no es como los capitanes del puente, Lin. Él no busca oro, busca sangre. Si sospecha que una posada oculta algo, ordenará quemar el edificio con todos adentro para no perder tiempo en registros.
—Entonces nos aseguraremos de que no sospeche nada, príncipe —respondió Lin, poniéndole una mano pesada y protectora sobre el hombro—. Estás a salvo con nosotros. Ettore, limpia las ballestas y ten las saetas listas debajo del jergón. Marcos, vigila la puerta trasera del patio. Si la Guardia de Hierro intenta entrar a este hostal, les enseñaremos que las sombras del norte también saben morder en las calles del sur.
Ettore asintió, su sonrisa pícara regresando a sus labios aunque sus dedos se movían con una rapidez profesional para ocultar las armas.
—Entendido, capitán. Perfil bajo. Seremos los tejedores más silenciosos de la meseta. Pero si ese grandulón de la maza entra por esa puerta… juro que le meteré una saeta por la ranura del casco antes de que pueda levantar su hierro.
La tarde avanzó sobre Kala-Zul con una tensión asfixiante. El sonido metálico de las herraduras de los caballos de la Guardia de Hierro resonaba constantemente en las calles de arcilla inferiores, rompiendo el bullicio del mercado. Los gritos de los soldados interrogando a los comerciantes de lana entraban por la ventana estrecha de la habitación número seis, recordando al grupo que la muerte caminaba a solo unas piedras de distancia.
Lin se sentó en el suelo de madera, cerca del rincón oscuro. Sacó el diario de Norman de su pechera de cuero civil, tomó la pluma y comenzó a escribir la entrada de esa tarde, buscando en la tinta el anclaje para su tormenta interna:
“Hemos logrado limpiarnos del lodo de las cloacas, rubio. Ahora vestimos como tejedores de este barrio de Kala-Zul. Las túnicas me quedan un poco ajustadas, pero Ettore dice que parezco un verdadero obrero de la lana. El peligro ha aumentado, Norman. El hermano mayor de Vetmi, un monstruo de armadura negra llamado Armoton, ha entrado en la ciudad con jinetes de hierro. Están cerrando las calles y buscando nuestro rastro. El Consejero Val sigue moviendo sus hilos de serpiente desde el palacio de piedra gris. El aire de esta habitación está cargado de miedo, pero tus escudos se mantienen firmes en la penumbra. No voy a dejar que Armoton toque a este chico ni que detenga nuestra marcha hacia el sur. Tu marca dorada sigue latiendo en mi mano, un calor constante que me dice que tu luz me acompaña en medio de estos pasillos de arcilla. Duerme tranquilo en tu Manantial; tu caballero vigila tu diario en el corazón del enemigo”.
Lin guardó el cuaderno cerca de su corazón. Miró a Vetmi, que descansaba en el jergón vigilado por la seriedad protectora de Marcos, y luego miró a Ettore, que mantenía la ballesta lista bajo la manta.
La hidra de la Orden de la Luz seguía mostrando sus dientes a través de los bastardos de Erke, pero las tres capas grises, vestidas con el anonimato del lino, estaban listas para jugar el juego del sigilo, esperando el momento justo para romper el cerco y continuar su marcha triunfal hacia el Faro que los esperaba en el fin del mundo.
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