Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Entre paredes que guardan secretos
El edificio donde vivía Valeria estaba en una de las zonas más sofisticadas de la ciudad, tenía líneas modernas, ventanales infinitos y un vestíbulo tan elegante que muchos lo usaban como fondo para sus fotografías de redes sociales. Pero para ella no era un símbolo de estatus; era simplemente un lugar donde podía dejar caer el peso del mundo y permitirse respirar con libertad.
Cuando abrió la puerta del departamento, escuchó música pop a un volumen discutiblemente alto.
Y eso solo significaba una cosa. No estaba sola.
—¡Valeria, mi sol salvaje! —exclamó una voz grave y varonil desde la cocina—. Ven aquí inmediatamente, que necesito contarte el chisme del día.
Valeria soltó un suspiro divertido que se transformó en una sonrisa inevitable.
—Samuel, por favor… apenas acabo de entrar.
Samuel apareció desde detrás de la barra, vestido con shorts de satén color vino y una camiseta antigua que decía “Drama Queen — edición limitada”. Le brillaban los ojos, como si siempre tuviera una anécdota lista para salir disparada de su boca.
—Soy abogado, no mago… pero debería serlo para entender tu horario laboral —se quejó, extendiendo los brazos para abrazarla.
Ella aceptó el abrazo, uno de los pocos que permitía.
Samuel era su familia. El único que lo había sido desde el principio.
Se habían conocido en un orfanato gris y ruidoso donde los días parecían más largos que los años. Él tenía doce años cuando ella llegó con diez, era pequeña, desconfiada y demasiado callada. Él fue quien la protegió, el que robaba galletas a escondidas para dárselas, quien la defendía cuando algún niño la molestaba por ser bajita y regordeta. Y también fue él quien cuando fue mayor, al salir de ese lugar, prometió volver por ella.
Y cumplió.
Estuvo esperándola en la puerta cuando ella cumplió dieciocho años con una mochila, dos helados y un:
“Vamos, nena, el mundo nos espera.”
Valeria dejó su cartera sobre el sillón.
—A ver dime, de que trata ese chisme que tienes para contarme —dijo, desenrollándose la bufanda.
—Ah…Bueno, pues resulta que el tipo del piso de abajo le ha sido infiel a su esposa con la recepcionista del edificio de enfrente —Samuel puso expresión dramática, apoyando un codo en la mesada, Valeria frunció los labios conteniendo una sonrisa. Su amigo era el ser más chismoso que había conocido.
—¿Quien? ¿El que trabaja en el Banco?
—¡Ese mismo! El alto y musculoso de cabello oscuro, ojos café y trasero de infarto.
—¡Wow! Esa si que es una buena descripción —dijo ella sonriendo.
—Pero eso no es lo peor —acotó él.
—No, ¿y qué es lo peor? —indagó ella.
—Que al parecer la recepcionista estaba con su esposa también —respondió Samuel, haciendo una mueca de sorpresa.
—Eso sí que no me lo esperaba... Quien lo hubiera imaginado.
—¡Nadie! así como nadie imagina que un abogado tan respetado como yo es gay y que una arquitecta tan reconocida como tú eres adicta al sexo.
—Yo no soy adicta al sexo —dijo ella estirándose como un gato luego de haberse quitado los zapatos.
—Si lo eres y de eso tenemos que hablar —replicó él y continuó antes de que ella refutara o peor aún que huyera. —De tu vida sexual. O más exactamente… tu completo desapego emocional
Valeria levantó una ceja.
—¿Otra vez con eso?
—Siempre. Hasta que te enamores. O hasta que el mundo se acabe, lo que ocurra primero.
Ella rodó los ojos, pero Samuel continuó sin piedad.
—¿Quieres saber por qué me preocupa? Porque tienes la capacidad de enamorar a un bloque de mármol, Valeria. Pero te acuestas con medio mundo y no dejas que ninguno te toque el corazón.
Valeria se levantó y se sirvió un vaso de vino.
—No necesito que nadie me toque el corazón.
—¡Exacto! —exclamó él, señalándola—. ¡Ese es el problema! Mira, yo te apoyo en todo, pero no puedo evitar preguntarme si estás huyendo de algo.
Ella bebió un sorbo, tranquila.
—¿De qué estaría huyendo?
—De sentir, cariño. De sentir algo real.
Valeria apoyó el vaso suavemente sobre la barra y suspiró.
—Yo sé exactamente lo que hago, Sam. Y no tengo tiempo para dramas románticos. Tú mejor que nadie sabes que me costó mucho llegar hasta aquí como para permitir que algo o alguien me distraiga.
Samuel, pese a su verborrea habitual, suavizó la expresión.
Ese era otro lado de su personalidad, uno que solo aparecía cuando la preocupación ganaba.
—No hablo de distraerte, Val —dijo bajito—. Hablo de que mereces algo más que cuerpos y noches sin nombre.
Ella se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada.
—Lo que merezco es seguir siendo libre. Nadie me va a decir cómo vivir.
Samuel sonrió, resignado.
—Eres tan terca que me dan ganas de abrazarte y pegarte al mismo tiempo.
—Solo abrázame —dijo Valeria, y él lo hizo.
Compartieron un abrazo cálido, genuino.
De esos que solo sucedían cuando nadie los veía.
Minutos después estaban sentados en la isla de la cocina, cenando pizza y riendo del programa que tenían de fondo. Afuera, la ciudad seguía rugiendo; adentro, la calma era otra.
—Ah, casi lo olvido el sábado te voy a llevar a un antro nuevo que te va a encantar —dijo Samuel, dándole un mordisco a su porción de pizza y cambió de tema—. Hoy vi a un chico en el gimnasio que estaba de película. Músculos por todas partes. Me dieron ganas de pecar dos veces.
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó Valeria mientras revisaba su teléfono.
—Porque a diferencia de ti, yo sí me enamoro —respondió Samuel, ofendido—. Y además, porque creo que es hetero, aunque uno nunca sabe.
Valeria rió.
—Eres imposible.
—Y tú inalcanzable. Nada mal para un par de huérfanos que se hicieron un futuro solos.
Ella inclinó un poco la cabeza.
A veces olvidaba lo lejos que habían llegado.
—¿Sabés qué? —dijo Samuel, señalándola con el control remoto—. Algún día va a aparecer alguien que te va a mover el piso. Y yo voy a estar aquí sentado, con pochoclos, disfrutando cada segundo.
Valeria sonrió con seguridad absoluta.
—Eso no va a pasar.
Samuel apoyó la cabeza en su hombro.
—Ay, mi amor… si tú supieras lo equivocada que estás.
Ella no respondió.
Pero dentro de su pecho, algo se movió. Leve.
Como una advertencia.
Y sin saberlo, Valeria estaba a solo días de cruzarse con la única persona que podría poner en riesgo su mundo tan meticulosamente ordenado.