En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Carmen regresó en ese momento con un cubo de agua y un montón de trapos limpios. Jimena dejó la discusión para después y se puso a trabajar. Aplicó compresas frías en la frente de Lucía, luego en la de Ana, luego en los otros tres. Mientras tanto, Carmen le iba dando los nombres, las edades, los días de evolución.
—Lucía tiene cuatro años. Su madre murió en el parto, la cuida una tía que está entre los adultos aislados. Ana tiene siete, sus padres están sanos, pero no pueden verla porque Mateo no deja que nadie se acerque. Los pequeños son mellizos, tres años, sus padres… —Carmen hizo una pausa—. Sus padres murieron el año pasado en un ataque de los Cazadores, desde entonces los cuida todo el mercado.
Jimena sintió un nudo en la garganta. Tres años, la misma edad que la niña. Había perdido a sus padres y ahora estaba allí, luchando por no unirse a ellos.
—¿Y el quinto? —preguntó, señalando al niño que yacía más apartado, con los brazos cruzados sobre el pecho como si se estuviera protegiendo.
—Mateo —dijo Carmen, y su voz se quebró ligeramente—. Le pusieron ese nombre porque nació el día que Mateo llegó al mercado. Su madre murió en el parto, desde entonces, Mateo —el líder— lo cuida como si fuera suyo.
Jimena miró hacia la puerta, donde Mateo aún estaba, observando en silencio. Su rostro era inexpresivo, pero sus manos, apoyadas en los marcos de la puerta, estaban tan tensas que los nudillos se le habían vuelto blancos.
—¿Por qué se fue? —preguntó Jimena en voz baja, para que solo Carmen la oyera—. Podría haberse quedado.
—No sabe estar quieto cuando no puede hacer nada —respondió Carmen, con una mezcla de cariño y resignación—. Prefiere estar en la barricada, o en el almacén, o haciendo cualquier cosa que no sea mirar cómo se mueren los niños.
—Eso no es liderazgo, eso es huir.
—Para ti es huir, para él es sobrevivir. Si se queda aquí viendo cómo se mueren los niños sin poder hacer nada, se rompe. Si él se rompe, el mercado se rompe con él.
Jimena no respondió. Apretó la compresa sobre la frente de Lucía y sintió cómo la niña se movía, cómo sus labios resecos murmuraban algo ininteligible.
—Agua —pidió Lucía, con una voz que apenas era un susurro.
Jimena la incorporó con cuidado, apoyando su espalda en su brazo, y le acercó un cuenco con agua hervida ya fría. Lucía bebió a sorbos pequeños, tosió, bebió un poco más.
—Tranquila, pequeña. Vas a estar bien.
—Mamá… —murmuró Lucía, y volvió a cerrar los ojos.
Jimena la dejó suavemente sobre la colchoneta y se quedó un momento mirándola. Su rostro era puro hueso y piel, las mejillas hundidas, las ojeras violáceas. Le recordaba a los niños del hospital, aquellos que llegaban cuando ya no había nada que hacer.
—No voy a dejar que te mueras —susurró, aunque sabía que Lucía no podía oírla.
Carmen se arrodilló a su lado y le tocó el brazo.
—¿Crees que podemos salvarlos?
—No lo sé, pero lo voy a intentar.
—¿Qué necesitas?
—Antibióticos, los que traje no serán suficientes para todos, algunos están caducados. Necesito más y también necesito un lugar donde preparar las medicinas. Un espacio limpio, con buena luz, donde pueda trabajar sin que me molesten.
—Te prepararemos algo —dijo Carmen, con una determinación que Jimena no esperaba—. Mateo dijo que usáramos la antigua oficina del gerente. Está arriba, es pequeña, pero tiene mesa y luz.
—Bien. Llévame allí.
Antes de seguir a Carmen, Jimena se detuvo un momento para darle instrucciones: vigilancia de la fiebre cada hora, compresas frías si subía de treinta y nueve, avisarla inmediatamente si Lucía empeoraba.
—¿Confías en ella? —preguntó Mateo, que había vuelto a aparecer en la puerta mientras Jimena recogía su mochila.
—No la conozco —respondió Jimena, sin rodeos—. Sin embargo, es la única que ha estado cuidándolos hasta ahora. Por otro lado, los niños siguen vivos, eso es más de lo que muchos pueden decir de sus cuidadores.
Mateo asintió, por un momento, Jimena vio algo en sus ojos que no era dureza. Era cansancio, sí, pero también algo parecido a la esperanza.
—Te llevo a la oficina —dijo—. Ven.
Atravesaron la plaza central, donde un grupo de hombres y mujeres ultimaban los preparativos para la cena comunitaria. Jimena observó cómo se organizaban, cómo cada uno parecía tener un rol asignado: unos pelaban patatas, otros partían leña, otros vigilaban a los niños que correteaban alrededor del pozo. Era fascinante y aterrador al mismo tiempo.
—¿Siempre ha sido así? —preguntó—. Tan… organizado.
—No, al principio fue el caos. La gente se peleaba por la comida, por las mantas, por cualquier cosa. Hubo muertos.
—¿Y cómo lo solucionaste?
—Con reglas, reglas claras y consecuencias. El que no quiere seguirlas, se va. El que intenta imponerse por la fuerza, se enfrenta a mí.
—¿Y nunca has tenido que enfrentarte a nadie?
Mateo se detuvo en seco y se volvió hacia ella. Sus ojos negros brillaban con una intensidad que hizo que Jimena contuviera el aliento.
—Muchas veces. Cada vez dejo un poco de mí en esas batallas, pero sigo, porque si no lo hago yo, lo hará otro y ese otro puede ser peor.
Jimena sostuvo su mirada. Sintió que el corazón le latía más rápido, no supo si era miedo o algo completamente distinto.
—Debe ser duro —dijo—. Tomar esas decisiones.
—Lo es. Pero más duro sería no tomarlas y ver cómo todo se desmorona.
...****************...
...Mateo...
...Jimena...
...Roxana...
...Iván...