En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 13: LO QUE DESPERTÓ DENTRO
Alessandra despertó con la luz del sol entrando por las cortinas y la sensación de que algo en ella había cambiado para siempre.
No era el sello. El sello ya no estaba. Era algo más profundo. Algo que había estado durmiendo desde antes de que ella naciera y que ahora, por fin, abría los ojos.
Se incorporó en la cama y miró sus manos. Ya no brillaban. Pero debajo de la piel, algo se movía. Algo vivo. Algo que esperaba.
Las sombras descansaban a sus pies, quietas, pero diferentes. Ya no eran solo sombras. Eran parte de ella. Como si siempre hubieran estado esperando este momento para dejar de ser un eco y convertirse en su voz.
Cerró los ojos y respiró hondo. El aire entró en sus pulmones con una claridad que no recordaba. Podía sentir todo: la madera de la cama bajo sus manos, la luz del sol en su rostro, la presencia de la casa despertando a su alrededor. Y algo más. Algo que venía del jardín. Algo que la llamaba.
Se levantó sin pensar. Sus pies descalzos tocaron el suelo de madera, y las sombras se movieron con ella, como si fueran una extensión de su cuerpo.
No se vistió. No se peinó. Bajó las escaleras con el cabello suelto y la bata de dormir, sintiendo que nada de eso importaba. Había algo que necesitaba ver. Algo que necesitaba hacer.
En la cocina, Fiorella la vio pasar con los ojos abiertos.
—¿Al? ¿Qué haces?
Alessandra no respondió. Salió al jardín sin detenerse. El aire estaba fresco, la tierra húmeda bajo sus pies, y el roble se alzaba en la orilla del lago como un faro.
Aeron estaba junto al árbol. La miró acercarse sin decir nada, como si supiera que este momento no necesitaba palabras.
Alessandra se detuvo frente al roble. Las raíces se extendían bajo sus pies, y la corteza era áspera bajo sus manos. Pero no era solo eso. Era algo más. Algo que venía de adentro.
—¿Qué hago? —preguntó, sin mirar a Aeron.
—Lo que tengas que hacer.
Cerró los ojos. Las sombras a su alrededor se movieron, suaves, como si también estuvieran esperando. Y entonces lo sintió.
No era un sonido. No era una luz. Era una memoria. Algo que no había vivido pero que estaba en su sangre. Algo que venía de muy lejos, de muy atrás, de las mujeres que habían venido antes que ella.
“Por fin”, susurró una voz que no era humana, que no era el viento, que no era nada que hubiera escuchado antes. Pero que conocía. Como se conoce una canción que no se escucha desde la infancia. “Por fin estás aquí.”
Alessandra abrió los ojos. El árbol estaba brillando. No como la noche anterior, no como cuando el sello se rompió. Era una luz más suave, más profunda, que venía de las raíces, del tronco, de las ramas. Una luz que la envolvía, que la reconocía, que la aceptaba.
—¿Qué soy? —preguntó en voz alta, aunque no sabía a quién.
—Lo que siempre has sido —respondió Aeron.
—No sé lo que es.
—Ya lo vas a saber.
Puso las manos sobre la corteza. El árbol latía bajo sus dedos, un latido antiguo, profundo, que se mezclaba con el suyo. Y entonces lo vio.
No con los ojos. Con algo más.
Vio a una mujer de cabello oscuro y ojos grises como los suyos, arrodillada junto a un árbol pequeño, plantando una semilla con sus propias manos. Vio a otra mujer, años después, protegiendo ese árbol con un círculo de piedras que brillaban con una luz antigua. Vio a otra, y a otra, y a otra. Una línea de mujeres que se extendía hacia atrás, hacia un tiempo que no podía medir, todas con los mismos ojos grises, todas con la misma sangre, todas protegiendo el mismo árbol.
Y al final de la línea, se vio a sí misma.
Abrió los ojos con las manos temblando. Las sombras a su alrededor se movían suaves, como si también hubieran visto.
—¿Qué fue eso? —preguntó, con la voz quebrada.
—Tu historia —dijo Aeron—. La de tu línea. La que te han estado contando desde que naciste, pero nunca pudiste escuchar.
—¿Por qué me la muestran ahora?
—Porque estás lista.
Alessandra se giró hacia él. En la luz del sol, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que ya no le daba miedo.
—¿Lista para qué?
—Para saber quién eres. Para aceptar lo que puedes hacer. Para dejar de tener miedo.
—Tengo miedo.
—Lo sé. Pero no dejas que te detenga. Eso es lo que te hace diferente.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era el calor de siempre. Era algo más. Algo que no sabía nombrar, pero que la hacía sentir viva.
—Enséñame —dijo—. Enséñame a controlar esto. Para que cuando vuelvan, no tenga que lastimar a nadie.
Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo.
—Eso es lo que iba a proponerte.
El resto del día lo pasaron junto al lago.
Aeron le enseñó a respirar primero. A sentir la magia bajo la piel sin dejarla salir. A reconocerla como parte de ella, no como algo externo que debía controlar.
—No es una bestia que domar —dijo, mientras ella tenía los ojos cerrados y las manos apoyadas en la tierra—. Es parte de ti. Como los brazos, como las piernas. No peleas con ella. La aceptas.
—¿Y si no puedo?
—Ya puedes. Solo que no lo sabes.
Alessandra abrió los ojos. Las sombras a su alrededor se movían suaves, respondiendo a su respiración.
—¿Cómo haces tú? —preguntó—. Con tu lobo. ¿Cómo lo controlas?
Aeron se sentó frente a ella, con las piernas cruzadas, la mirada fija en el lago.
—No lo controlo. Aprendí a escucharlo. A entender lo que necesita. A veces quiere correr, cazar, estar libre. Otras veces quiere estar quieto, esperar, proteger. No es una batalla. Es una conversación.
—¿Y si no me gusta lo que dice?
—Entonces le preguntas por qué. Y si tienes razón, te escucha. Porque también es parte de ti. Y lo que tú quieres, él también lo quiere.
Alessandra cerró los ojos otra vez. Las sombras se movían bajo sus párpados, danzando al ritmo de su corazón. Y por primera vez, no trató de callarlas. Las escuchó.
No hablaban con palabras. Pero sentían. Sentían su miedo, su esperanza, su deseo de no lastimar a nadie. Y en respuesta, le mostraron algo. Una imagen. Un recuerdo que no era suyo.
Una mujer de ojos grises, de pie frente a un ejército de sombras, con las manos levantadas y la luz brotando de su pecho. No estaba peleando. Estaba protegiendo. Y detrás de ella, su gente. Su familia. Su manada.
Alessandra abrió los ojos con las manos temblando.
—Vi algo —dijo—. Una mujer. Como yo. Protegiendo a los suyos.
—Era tu tatarabuela. La que hizo el pacto con los lobos. La que prometió que una de nosotras rompería la maldición.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque también la vi. Cuando era joven. Cuando vine a este lugar por primera vez. El árbol me la mostró. Me dijo que algún día llegaría su descendiente. Que tendría los mismos ojos. La misma sangre. Y que yo iba a estar aquí para protegerla.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Y si no soy como ella? ¿Y si no puedo hacer lo que ella hizo?
Aeron se acercó. Tomó sus manos entre las suyas.
—No tienes que ser como ella. Tienes que ser como tú. Y tú eres más fuerte de lo que crees. Porque ella tenía un ejército. Tú tienes algo más.
—¿Qué?
—Un corazón que aprendió a sentir.
Por la tarde, Clarissa y Fiorella salieron al jardín. Trajeron mantas y comida, y se sentaron junto al lago, como si fuera un día de campo en lugar del día después de un ataque.
—No podemos vivir con miedo —dijo Clarissa, repartiendo sándwiches que nadie había pedido—. Si nos encerramos, ganan ellos.
—Eso suena a algo que diría la abuela —dijo Fiorella, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—Porque la abuela tenía razón. En muchas cosas.
Alessandra las miró. En la luz de la tarde, con el cabello al viento y las manos ocupadas, sus hermanas parecían más fuertes de lo que recordaba. No eran las niñas que había protegido toda su vida. Eran mujeres. Mujeres que también estaban despertando.
—¿Cómo están? —preguntó—. Con la magia. Con todo esto.
Clarissa fue la primera en responder.
—Rara. Pero bien. Como si hubiera estado esperando esto sin saberlo.
Fiorella tardó más. Cuando habló, su voz era más baja.
—No sé. A veces siento cosas que no quiero sentir. Veo cosas que no quiero ver. Pero luego me acuerdo de que ustedes están aquí, y no me siento tan sola.
Alessandra tomó su mano.
—No estás sola. Nunca lo has estado.
Fiorella apretó sus dedos. En sus ojos marrones había lágrimas que no quería dejar caer.
—Lo sé. Por eso no me fui. Por eso me quedé.
—¿Quisiste irte?
—Al principio. Cuando me enteré de todo esto. De la magia. De los lobos. De la abuela. Quería irme, volver a la ciudad, a mi vida normal. Pero luego pensé en ustedes. En que iban a estar aquí, solas, enfrentando todo esto sin mí. Y no pude.
—No ibas a estar sola —dijo Clarissa—. Estábamos nosotras.
—Lo sé. Pero yo también quería estar. Porque ustedes son mi familia. Y la familia no se deja atrás.
Alessandra sintió que algo se rompía dentro de ella. No el sello. Algo más. Algo que había estado esperando este momento desde que tenía memoria.
—Las quiero —dijo, y las palabras salieron ásperas, como si llevaran mucho tiempo atascadas en su garganta—. Las quiero a las dos. Siempre las quise. Pero no sabía decirlo.
Clarissa y Fiorella la miraron. Por un momento, ninguna habló. Luego, las dos se abalanzaron sobre ella al mismo tiempo.
El abrazo fue torpe, desordenado, con brazos enredados y cabellos en la cara. Alessandra sintió las lágrimas de Clarissa en su hombro, la risa ahogada de Fiorella en su oído, y algo que no había sentido en años.
Casa.
Cuando el sol se puso detrás de las montañas, Aeron la encontró en el banco de piedra junto al lago. Las sombras descansaban a sus pies, y la luz del atardecer pintaba el agua de naranja y rosa.
—¿Estás bien? —preguntó, sentándose a su lado.
—Más que bien. Por primera vez, creo que estoy bien de verdad.
—¿Qué pasó?
—Mis hermanas. Me dijeron que se quedaron por mí. Que no querían que estuviera sola. Y yo… —Hizo una pausa—. Les dije que las quería.
—¿Y cómo te sentiste?
—Asustada. Pero también libre. Como si hubiera estado cargando algo muy pesado toda mi vida y de repente lo hubiera soltado.
Aeron tomó su mano.
—Eso es el amor. No duele cuando lo sueltas. Duele cuando lo guardas.
Alessandra lo miró. En la luz del atardecer, sus ojos dorados parecían estar ardiendo con un fuego suave.
—¿Tú también lo guardaste? —preguntó—. ¿Todo este tiempo?
—Doscientos años. Cada día, cada noche, cada luna llena. Pensando en ti. En cómo serías. En si algún día iba a conocerte. En si ibas a querer quedarte.
—¿Y ahora? ¿Ahora qué piensas?
Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos, con esa suavidad que Alessandra empezaba a necesitar como el aire.
—Ahora pienso que valió la pena. Cada día. Cada noche. Cada luna. Valió la pena.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo. Se dejó caer contra su pecho, sintiendo su corazón latir junto al suyo, sintiendo que el mundo, por fin, estaba en su lugar.
—No sé qué va a pasar —susurró—. Con el aquelarre. Con la maldición. Con todo esto.
—No importa.
—¿Cómo que no importa?
—Porque lo que sea que pase, vamos a enfrentarlo juntos. Tú y yo. Tus hermanas. Mi manada. No vas a estar sola. Nunca más.
Alessandra cerró los ojos. Las sombras a su alrededor se calmaron, quietas, en paz. Y por primera vez en su vida, supo lo que era sentirse en casa.
Esa noche, cuando las estrellas brillaban sobre el valle y la luna se reflejaba en el lago, Alessandra se quedó en la terraza con sus hermanas. Aeron estaba en el jardín, junto al roble, vigilando. Pero ya no lo veía como un guardián. Lo veía como parte de su vida. Alguien que había estado esperando, como ella, sin saberlo.
—¿Crees que va a estar todo bien? —preguntó Fiorella, con la voz cansada.
—No lo sé —respondió Alessandra—. Pero creo que vamos a estar bien. Juntas.
Clarissa sonrió. En la luz de la luna, sus ojos avellana brillaban.
—Eso es suficiente. Por ahora, es suficiente.
Las tres se quedaron en silencio, mirando las estrellas. Las sombras de Alessandra descansaban a sus pies, y el viento traía el aroma del lago, de los árboles, de la tierra.
Por primera vez en mucho tiempo, Alessandra Montenegro Valerius no tenía miedo del futuro.
Porque sabía que, pase lo que pase, no iba a enfrentarlo sola.