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LA HERMANDAD DEL AMO

LA HERMANDAD DEL AMO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Fantasía épica / Completas
Popularitas:46
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Trinidad Raquel Reig Mateu

Dos amigos, un destino marcado por la sangre y una búsqueda desesperada. Cuando su amiga de la infancia desaparece sin dejar rastro, Joan y Ralph deberán despertar el poder oculto de sus linajes. Desde las sombras de la Hermandad del AMO hasta los secretos prohibidos de civilizaciones ancestrales, descubrirán que la realidad es solo un velo... y que para rescatar a quien aman, primero deben aceptar quiénes son en realidad.
En el juego del AMO, la lealtad es un mito y la sangre es la única moneda. ¿Estás listo para cruzar el umbral?

NovelToon tiene autorización de Maria Trinidad Raquel Reig Mateu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 7 LA NOCHE DE LOS COLMILLOS

Se levantó de la cama, se vistió y con chulería le tiró con desprecio un par de billetes de 50 dólares. Se colocó la chaqueta, abrió la puerta para salir. Se encendió un cigarro al que dio una calada con precisión.

Salió del club de alterne cuando vio a dos de sus guardaespaldas apoyados en el capó de su Cadillac negro. Algo que pareció molestarle transmitiendo con gran ninguneo.

- Os he dicho mil veces que no sois merecedores de tocar mi precioso Cadilac.

- Frank tenemos a la chica, los chicos la están reteniendo cerca del parque JFK. – le dijo el más veterano.

- ¿Y qué hacéis aquí tarados? Deberíais ir allí, no me fío de esos inútiles, siempre empeoran las cosas y me toca dar la cara por ellos. – su voz ronca y llena de reproche salía acompañada del humo del cigarro.

- Bruno nos ordenó que no te dejáramos solo. Cumplimos órdenes.

- ¡Maldito cabrón! – dijo entre dientes tirando el cigarrillo al suelo con mucha rabia. Subió al coche junto a los otros dos.

Al ver a la joven en el suelo, con la chaqueta desgarrada y el rostro marcado por los arañazos, los tres se acercaron alarmados. —Lo siento, no te he visto —se disculpó la joven con voz dulce.

Mientras los chicos escudriñaban las sombras buscando al agresor, la chica entreabrió los ojos. Al ver el rostro de la joven, una chispa de esperanza brilló en su mirada y se aferró a ella, temblando de forma incontrolable.

- Sally, ayúdame... por favor —susurró antes de hundirse en sus brazos.

El nombre de "Sally" hizo que los tres amigos se intercambiaran una mirada de absoluta sorpresa. No hubo tiempo para preguntas; el eco de unos pasos pesados y gritos cargados de odio rompió el momento. Los agresores aparecieron corriendo, blandiendo armas y rodeándolos con prepotencia.

- ¡Devolvernos a esa chica! —rugió uno de ellos.

La joven se ocultó, aterrada, en el pecho de Annie, quien la envolvió en un abrazo protector mientras se incorporaban de pie. Los cuatro se mantuvieron unidos, formando un bloque sólido frente a la amenaza.

- Y ¿por qué tendría que hacerlo? —desafió Joan con voz firme.

- Porque le pertenece a mi jefe.

- Las mujeres no son propiedad de nadie —replicó Ralph con un tono cargado de ironía—. Si tu jefe la quiere, que venga él mismo a conquistarla como un hombre, en lugar de mandar mandriles incultos.

El insulto apenas terminó de salir de sus labios cuando el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de un coche negro. Del vehículo bajaron tres individuos. El conductor, con una chulería insultante, dio una última calada a su cigarrillo antes de arrojar la brasa al suelo y soltar el humo frente a sus hombres. Al verlo, la chica entró en una crisis de ansiedad, pero el abrazo férreo de Annie logró contener su colapso.

- Sois unos inútiles. No me servís para nada —sentenció el jefe con frialdad absoluta antes de abrir fuego contra sus propios subordinados.

Los dos amigos reaccionaron al unísono, colocando su cuerpo como escudo de las chicas y ocultando sus rostros con sus brazos para evitarles la visión de aquella carnicería. El líder, flanqueado por sus dos guardaespaldas restantes, apuntó su pistola hacia el grupo.

- Entregadme a esa puta si no queréis el mismo destino malditos desertores Dracons — amenazó, y desviando su mirada lujuriosa hacia Annie, añadió — Y también a esa delicia de morenita.

- Ven a por ellas si eres tan hombre... —le retó Ralph.

El jefe, subestimando, hizo un gesto a uno de sus sicarios:

- Ve a por...

No pudo terminar la frase. Ralph, con una agilidad explosiva, corrió lanzando una patada fulminante que impactó de lleno en el rostro del líder, mandándolo al suelo. Antes de que los guardaespaldas pudieran reaccionar, Ralph esquivó un puñetazo, atrapó el brazo del primer atacante y, mediante una impecable llave de judo, lo proyectó por el aire hasta estamparlo contra el parabrisas de un coche cercano.

Sin detenerse, se volvió hacia el último hombre. Bloqueó su ataque con los antebrazos y le propinó tres golpes quirúrgicos en puntos vitales que lo dejaron inerte en el acto. Finalmente, Ralph se acercó al líder, que intentaba levantarse conmocionado, y lo levantó por el cuello de la camisa.

- No te acerques a Annie ni a esta muchacha —le advirtió con una voz gélida que prometía dolor eterno—. O te juro que lo único viril que tienes te lo cortaré y te lo pondré de corbata.

Tras soltarlo, el hombre cayó al suelo, perdiendo el conocimiento por el impacto y el miedo. Regresó al lado de sus amigos, Annie seguía abrazando a una temblorosa muchacha que empezó a llorar por la tensión pasada al verse protegida.

- ¿Dónde vives? – le preguntó Annie.

- Al final de la calle, el edificio color gris. – dijo con voz temblorosa.

Ralph regresó junto al grupo, sacudiéndose el polvo de las manos con un gesto de desdén hacia los cuerpos tendidos en el asfalto. El silencio regresó a la calle, solo interrumpido por el llanto contenido de la joven. Joan, con una suavidad que contrastaba con su imponente presencia, ayudó a la chica a sentarse en un banco cercano, mientras Annie se arrodillaba frente a ella, buscándole la mirada.

- Ya pasó —susurró Annie, tomando sus manos temblorosas—. Estás a salvo con nosotros.

La chica levantó la vista, todavía con las lágrimas surcando los arañazos de sus mejillas. Al ver de nuevo el rostro de Annie bajo la luz de las farolas, volvió a estremecerse.

- Gracias... gracias, Sally —balbuceó con voz quebrada.

Annie sintió un escalofrío. Intercambió una mirada cargada de confusión con Ralph y Joan antes de volver a centrarse en la joven.

- Me llamo Annie —dijo con delicadeza—. Pero me has llamado Sally dos veces. Dime, ¿eres Vicky?

La muchacha parpadeó confundida, como si estuviera despertando de un sueño pesado. Recorrió los rasgos de Annie: la forma de sus ojos, la curva de su sonrisa, incluso el tono de su voz.

- Sí, perdona es que os parecéis tanto... —contestó la chica, cuya voz empezaba a recuperar algo de fuerza—. Sally era mi mejor amiga, compartíamos piso. Ella... ella fue la primera que me protegió del acoso de mi jefe y estos matones.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Ralph se tensó al escuchar la mención del acoso.

- De eso hace tres semanas, su desaparición coincide justamente con la ausencia de mi jefe en el trabajo — continuó la joven, bajando la vista. — Ella plantó cara a Bruno Martínez y a Frank Coppola, no sé cómo lo hizo, pero con rápidos movimientos les arrebató sus propias armas para luego amenazarles con ellas.

Annie palideció al invadirla un miedo real, por pensar que su hermana pudiera estar en verdadero peligro. En cambio, los chicos se miraron asombrados al escuchar el nombre del jefe.

- Es justo lo que me contó mi hermana antes de que perdiéramos el contacto—murmuró Annie, casi para sí misma. - unos días antes de desaparecer, me contó, que, su amiga Vicky sufría acoso y por eso la invitó a compartir piso con ella. Pero no esperaba que su jefe fuera un mafioso. Chicos, por favor ayúdenme a encontrar a mi hermana que no soportaría perderla.

- Tienes mi palabra de que la rescataremos, pero tu debes regresar a casa esto se está complicando —intervino Joan, apretando el hombro de la joven con firmeza.

Vicky se mantuvo encogida en el banco, con los hombros hundidos y la mirada saltando frenéticamente de Ralph a Joan. Sus sentidos estaban en alerta: cualquier movimiento brusco de los chicos la hacía respingar, como si esperara un golpe o un nuevo agarre violento. La paranoia le susurraba que el peligro no había terminado, que quizás estos hombres eran solo otro tipo de captores.

Sin embargo, al sentir el tacto suave de Annie limpiando sus heridas, algo en su pecho empezó a distenderse. Miró fijamente a Annie, buscando los rasgos de Sally en ella, y fue ahí donde el miedo empezó a ceder terreno a una extraña seguridad.

- No tienes que saltar cada vez que nos movamos —dijo Ralph con voz profunda pero inusualmente suave, manteniéndose a una distancia prudencial para no abrumarla—. Estás en territorio amigo ahora.

- Así es Vicky, estos chicos son buenos amigos, se trata de Joan y de Ralph amigos de la infancia de mi hermana. Los considera sus propios hermanos.

Vicky soltó un suspiro tembloroso, el primero que no sabía pánico. Se dio cuenta de que Joan no la miraba con la lascivia del jefe, sino con una preocupación genuina, casi fraternal.

Por primera vez en meses, la tensión de sus músculos se aflojó. Seguía asustada, el trauma de los arañazos y la chaqueta rota seguía fresca, pero el hecho de estar frente a la hermana de Sally y sus amigos le dio algo que el jefe le había robado hacía mucho tiempo: esperanza.

- Gracias... — susurró Vicky, dejando que su peso descansara por fin contra el respaldo—. No tengo muchos amigos que peleen para defenderme sin nada a cambio.

- Te acompañamos a casa – le dijo Annie poniéndose de pie y ayudándola a levantarse.

Los cuatro continuaron el camino bajo las luces de las farolas, la chica se arropaba con su chaqueta rota, aún temblaba de nerviosismo, Annie también la arropaba con su cálido y dulce abrazo. Logrando que sus temblores disminuyeran. Llegaron al edificio. Una vez dentro del piso, la joven les invitó a pasar. Aunque no lo decía, pero deseaba mantener un rato más su compañía y protección. Pues tras lo sucedido tenía mucho miedo a quedarse sola. Al llegar a su casa, la muchacha dominada por una paranoia que le erizaba la piel les suplicó que no la dejaran sola. La noche se sentía como una boca hambrienta y solo se sentía a salvo bajo la protección de los tres amigos.

Sentados en la penumbra del salón, comenzó a relatar con voz quebrada la última vez que había visto a Sally. Justo cuando las piezas del puzle empezaban a encajar, el silencio se hizo añicos. Por las ventanas y desde las sombras del techo, irrumpieron los Ninja Dracon. Ataviados con armaduras oscuras y movimientos sobrenaturales, se lanzaron sobre ellos sin mediar palabra.

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