El Hospital Bernet siempre ha sido un lugar de segundas oportunidades… pero también de secretos que nunca sanaron.
Después de años lejos, Claudia Borges regresa para trabajar como interina, acompañada de su pequeña hija. Todos creen que la niña es hija de Agustín Murillo, su novio fallecido en un accidente.
Todos… menos alguien.
El doctor Osmán Bernet, hermano gemelo de Agustín, carga con un estigma que no merece: fue señalado como el villano de la historia, el que “arruinó” la relación de su hermano, el que siempre estuvo un paso detrás. Pero solo él conoce la verdad… o parte de ella.
Porque aquella noche en que Agustín la abandonó enferma, fue Osmán quien la cuidó.
Fue Osmán quien la sostuvo bajo el agua tibia.
Fue Osmán quien escuchó su llanto, su fiebre, su ruego…
Y fue a él a quien Claudia entregó su cuerpo sin saber que no era Agustín.
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Momento de rehacer su vida.
La pantera era su reflejo. No estaba ahí por casualidad; quizás era la que cuidaba su espalda.
Esa noche se puso un buzo y se dejó caer en la cama, con el pecho descubierto. Durmió boca abajo, como si aquel animal lo protegiera incluso en sueños.
Se quedó dormido minutos después.
Por otro lado, Claudia llegó a casa y acostó a su hija en la cama. La pequeña se había dormido en el camino. Claudia la arropó con cuidado, le dio un beso y luego salió a la sala.
—Papá…
En ese momento, el señor Ezequiel leía un libro. Lo dejó a un lado y dijo:
—Dime, hija mía.
—Hay algo que no te he dicho.
Claudia sirvió té para dos y se sentó frente a él.
—Recibí una herencia… bueno, aún no la he aceptado, pero con todo esto creo que lo haré.
—¿Hija, de qué hablas? ¿Quién va a heredar algo? Nuestras familias siempre fueron muy humildes.
—Lo sé, papá. Todos nuestros familiares eran como tú: trabajadores y honrados.
—Gracias, hija.
—Fue el tío de Agustín y del doctor. No me conocía, pero después de pensarlo he llegado a una conclusión: lo hizo para hacerle la vida imposible al señor Patrick.
—Hija, nunca te he enseñado a recibir nada así de fácil.
—Lo sé, padre. No sabes cuánto te agradezco todo lo que hiciste por mí. Sin embargo, si las cosas no mejoran, lo haré… aceptaré todo.
—¿Todo, hija? —preguntó Ezequiel, pensando que no debía ser gran cosa.
—Ese señor me dejó una villa, todos sus autos, mucho dinero y acciones del hospital.
—¿Es en serio…? —Ezequiel se dejó caer contra el respaldo del sofá.
—Tal como lo oyes. Si acepto, seré muy rica, pero el dinero no compra la felicidad.
—Tienes razón. No deberías aceptar nada de ellos.
—Por eso no lo he hecho. Pero, como dije, si es necesario, aceptaré.
Claudia comenzó a darle vueltas al asunto.
Esa noche se fue a dormir, pero recordó aquel tatuaje. Nunca había visto a Agustín con la espalda descubierta; sin embargo, el día que estuvieron juntos, la imagen de aquella pantera había quedado grabada en su mente.
También recordó esa noche de pasión.
Agustín, te extraño tanto.
Casi podía sentir de nuevo aquella sensación tan placentera. Se sintió acalorada y, de pronto, pensó en Osmán.
Su imagen apareció en su mente. Él siempre usaba la bata abierta, dejando ver la camisa… y casi su figura completa.
Es tan guapo como su hermano.
Se sonrojó.
No. Osmán está prohibido. Además, tiene novia. Yo también debería rehacer mi vida, darme una segunda oportunidad.
Claudia cerró los ojos y, cuando los abrió, ya era de día.
—Me quedé dormida…
De inmediato se levantó a preparar el desayuno. Los pensamientos de la noche anterior la habían hecho reflexionar. Necesitaba despejar su mente, así que hizo planes para ese día. Envió su hoja de vida a varios hospitales y, al caer la tarde, se despidió de su hija y de su padre.
Tenía una cita cerca del hospital Bernet.
Una hora después…
—Clau…
Manuel llegó sonriendo, con un ramo de rosas rojas.
—Son para ti. Aunque ninguna es tan hermosa como tú.
—Gracias, están muy lindas —respondió Claudia con un suspiro profundo.
—¿Sucede algo?
—No… es que tengo una respuesta.
Aquellas palabras tensaron al pediatra.
—Claudia, deberías pensarlo mejor —pensó Manuel, temiendo ser rechazado por sexta vez.
—Acepto… acepto ser tu novia.
La decisión lo dejó helado.
—¿Escuché bien? ¿Me has dicho que sí?
Ella asintió. Y Manuel hizo lo que tanto había anhelado: la abrazó y la besó.
Claudia se sintió incómoda. No lo aceptó porque le gustara; necesitaba sacar a Agustín de su corazón y creía que así lo lograría… pero no sería tan sencillo.
Ya que no huía solo de ese recuerdo, y para terminarla de hacer, Osmán apareció justo a tiempo para ser testigo de aquel beso.
Osmán se detuvo en seco.
La escena frente a él se le clavó como una astilla: Manuel rodeando a Claudia, sus labios aún demasiado cerca de los de ella. No necesitó más para entenderlo todo… o creer que lo entendía.
El pecho le ardió.
No era rabia, no del todo. Era algo peor: una presión sorda, incómoda, que le comprimía los pulmones y le hacía respirar con dificultad.
Así que era verdad…
Había llegado tarde. Otra vez.
Su mente intentó ser racional, como siempre lo había sido en el quirófano, pero su cuerpo lo traicionó. El corazón comenzó a latir con fuerza, tan rápido que por un segundo temió que Claudia pudiera escucharlo.
Sintió un nudo formarse en el estómago, una mezcla amarga de celos y pérdida que no estaba preparado para reconocer.
—Claudia…
Su voz salió más grave de lo habitual. No era la voz del médico seguro, sino la de un hombre herido.
—No sabía que ustedes tenían una relación.
No sabía… o no quise saber, pensó.
—Así es, doctor —respondió Manuel con firmeza, como si marcara territorio.
Aquellas palabras fueron el golpe final. Osmán apretó la mandíbula.
Le dolió admitirlo, pero en ese instante no vio a Manuel como un colega, sino como a alguien que le había arrebatado algo que jamás se atrevió a reclamar.
Claudia palideció. Por un segundo pareció perder el equilibrio, y Osmán estuvo a punto de avanzar, de sostenerla, de olvidar todo. Pero se contuvo.
Siempre se contenía.
—No lo sabía —dijo al fin, forzándose a sonar sereno—. Espero que sean muy felices juntos.
Por supuesto que mentía.
Cada palabra le raspó la garganta al salir.
—Hasta hoy lo acepté —añadió Claudia, y Osmán sintió cómo esa frase se le hundía directo en el pecho.
Hasta hoy…
Entonces había existido una posibilidad. Una mínima, silenciosa posibilidad que él nunca se permitió explorar.
—No me digas… —murmuró, alzando una ceja.
Ese gesto, tan suyo, ocultaba una tormenta. Nadie veía el esfuerzo que hacía por mantenerse en pie, por no decir su nombre de otra manera, por no confesar que desde hacía tiempo ella ocupaba un espacio peligroso en su vida. Y hasta ahora puede verlo.
—Supongo que tuvo una buena razón —añadió, con una ironía apenas perceptible.
—Quizás… amor.
La palabra resonó en su mente mucho después de que el silencio se instalara entre los tres.
Amor.
Osmán entendió entonces que había perdido algo que nunca tuvo…
Y que aun así, le dolía como si se lo hubieran arrancado.
los padres nunca deben tener favoritos 😭😭😭😭😭😭