Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 16: El precio de la lealtad
Dos días después, Daniel desapareció.
No de la forma dramática de antes, con el silencio y la distancia. Desapareció físicamente, del mapa, de los lugares donde solía estar.
Valeria lo esperó en la entrada de la universidad a las siete de la mañana, como habían acordado. A las siete y media, empezó a preocuparse. A las ocho, el pánico era una bestia que le oprimía el pecho. Daniel nunca llegaba tarde. Era tan puntual que se podía ajustar el reloj por él.
Llamó a su teléfono. Apagado.
Envío un mensaje. Sin respuesta.
Corrió hacia el departamento de Daniel, ignorando las reglas de "zonas concurridas" que ellos mismos habían establecido, atravesando calles y esquinas con el corazón latiéndole en la garganta. Cuando llegó, la puerta estaba abierta. Solo un poco, una rendija que revelaba la oscuridad del interior.
—¿Daniel? —llamó, empujando la puerta.
El apartamento estaba revuelto. No destruido, pero alterado. Los libros que siempre estaban apilados con precisión ahora estaban desordenados. La taza de la mañana anterior todavía estaba en la mesa, con restos de café seco. Y en el suelo, junto al sofá, estaba la mochila de Daniel. Abierta. Vacía.
Valeria sintió que las rodillas le cedían.
—No, no, no... —murmuró, cayendo junto a la mochila.
Una nota estaba clavada en la pared, sostenida por un alfiler. Un papel blanco, simple, con una caligrafía que reconoció al instante. La misma de la carta. La misma de los mensajes.
"Los objetos que nos rodean a veces nublan nuestro juicio. He ofrecido a tu amigo una oportunidad que no podía rechazar. Una beca completa para estudiar en el extranjero. Un futuro brillante. A cambio de un poco de espacio. No me obligues a hacer ofertas más... permanentes. A."
La nota cayó de sus manos. Alejandro había secuestrado a Daniel. No físicamente, quizás, pero sí lo había hecho desaparecer. Lo había comprado, o amenazado, o enviado lejos. Había encontrado su punto débil y lo había explotado.
La rabia llegó como una ola de fuego, quemando el miedo, quemando la cautela. Valeria se puso de pie con una fuerza que no sabía que tenía. Sacó su teléfono y marcó el número que había memorizado, el número que aparecía en los mensajes, el número que nunca había llamado.
Contestaron al segundo tono.
—Valeria —dijo la voz de Alejandro, suave, melosa, satisfecha—. Qué agradable sorpresa. Esperaba tu llamada.
—¿Qué le hiciste? —preguntó ella, sin preámbulos, con una voz que no parecía suya—. ¿Dónde está Daniel?
—¿Daniel? Ah, te refieres al joven con potencial. Un chico inteligente, hay que admitirlo. Aceptó una oferta muy generosa para continuar sus estudios en arquitectura. En Europa, creo. Un programa de intercambio exclusivo. Se fue esta mañana.
—Estás mintiendo. Él no se iría así. No sin avisarme.
—¿No? Todos tenemos un precio, Valeria. El suyo era un futuro que nunca podría haber tenido de otra manera. ¿Quién soy yo para negarle esa oportunidad? Es más, le hice ver que su presencia cerca de ti era... un obstáculo. Para ambos. Para tu desarrollo, y para el acercamiento que tú y yo necesitamos.
—Eres un monstruo.
—Soy un hombre práctico. Y un hombre paciente. He esperado mucho tiempo, Valeria. Puedo esperar más. Pero mientras espero, prefiero que no haya... distracciones.
—Voy a ir a la policía. Voy a contarles todo.
—Adelante. ¿Qué vas a decirles? ¿Qué ofrecí una beca a un estudiante talentoso? ¿Qué un joven decidió seguir su sueño en Europa? No hay crimen en la generosidad, querida. Y el contrato que él firmó es legal e impecable. Puedes revisarlo si quieres. Está en su escritorio.
Valeria sintió que el mundo le daba vueltas. Alejandro tenía razón. No había crimen visible. Solo una serie de "coincidencias" favorables que él había orquestado con la precisión de un cirujano.
—Te odio —susurró ella, con todas las fuerzas de su alma.
—El odio es una emoción fuerte —respondió él, sin inmutarse—. Y las emociones fuertes queman rápido. Preferiría que no malgastaras la tuya en eso. Pronto entenderás que todo lo que hago, lo hago por nosotros. Para que podamos ser lo que estamos destinados a ser.
—Nunca. Escúchame bien, Alejandro Rivas. Nunca voy a ser tuya. Ni por dinero, ni por amenazas, ni por "generosidad". Preferiría morirme.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, una risa suave, casi paternal.
—Mi querida Valeria. Estar conmigo es como morir, según tú. Y aquí estás. Creo que ambos sabemos que hay cosas peores que la muerte. Pero no te preocupes. No voy a lastimarte. Solo voy a esperar. Y mientras espero, voy a limpiar el camino. Uno a uno. Hasta que no te quede nadie más que yo.
La llamada se cortó.
Valeria se quedó de pie en el apartamento vacío, con el teléfono todavía en la mano, temblando de una rabia y un terror que amenazaban con consumirla. Daniel se había ido. Alejandro lo había enviado lejos, lo había borrado de su vida con la facilidad con la que se mueve una pieza de ajedrez.
Pero mientras las lágrimas caían por sus mejillas, una nueva determinación se formó en su interior. Alejandro pensaba que había ganado. Pensaba que, al eliminar a Daniel, la había debilitado, aislado.
Se equivocaba.
Porque ahora Valeria no solo tenía miedo. Tenía odio. Y el odio, como él mismo había dicho, era una emoción fuerte. Una emoción que podía usarse como combustible.
Salió del apartamento con pasos firmes, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Tenía que encontrar a Laura. Tenía que idear un nuevo plan. Un plan que no fuera solo defensivo.
Alejandro quería una guerra.
Pues bien, una guerra iba a tener. Quizá no había mucho que Valeria pudiese hacer en ese mismo instante, pero no dejaría las cosas así, no le daría la satisfacción de verla caer y rendirse ante él.